jueves, 23 de abril de 2009

EL GRAN TEST


“El dengue no es una responsabilidad del Ministerio de Salud; el culpable es el mosquito”, aseguró la responsable del área sanitaria en el Chaco, Sandra Mendoza, esposa del gobernador Jorge Capitanich.
Imaginamos ya los oficios judiciales que estarán ordenando los miembros de la Suprema Corte de Justicia, Carmen Argibay y Eugenio Zaffaroni, para que se detenga y se ordene el debido proceso, con las garantías constitucionales correspondientes, para todo mosquito que sobrevuele por el territorio argentino.
Argibay y Zaffaroni consideraron que el tema de la inseguridad está amplificado por los medios de prensa. Igual razonamiento tiene la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner. Esta coincidencia de opiniones es, por supuesto, fruto de la casualidad. Sólo un “conspirador” podría pensar que se trata de una estrategia común entre el poder político y el judicial, que debiera ser independiente.
Además, pedir mayores garantías públicas y protestar por la indefensión en que vivimos los argentinos es un argumento de la “derecha” que, por lo visto, está creciendo a pasos agigantados en nuestra tierra. De todos modos, no hay que preocuparse: se trata de “una sensación de inseguridad”, según el Ministro de Justicia, Aníbal Fernández.
El mismo funcionario que pidió que se aplique el derecho de admisión a los barrabravas en la cancha de Boca Juniors, donde el local jugó con River Plate, con el telón de dos banderas (una por cada barra) donde se criticaba al grupo “Clarín”.
Sospechoso hasta ahí.
Alarmante si, como se dijo, fueron hombres del ministerio de Fernández quienes se conectaron con los barras de Boca para financiar la exhibición de la bandera. Los xeneixes bravíos tuvieron cien mil buenas razones para mostrar su disconformismo con la empresa de la señora de Noble.
Con los de River Plate, a quienes les entregaron idéntica cantidad de razones, el contacto habría sido a través de Carlos Kunkel, el diputado hiperkirchnerista que simpatiza con los de Núñez, barrio en el que se violan mujeres sin que la policía (que está bajo la órbita de Fernández) tenga la menor pista al respecto. ¿O será que existe una “sensación de violación”?
El ex presidente Néstor Kirchner consiguió que la Justicia fijara su residencia en Olivos y, de esta forma, quedó habilitado para presentarse como candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Que haya vivido la mayor parte de su vida en Santa Cruz es apenas una anécdota. Ya lo dijo el propio Kirchner: “Si el partido me necesita”. ¿Qué partido?, podríamos preguntarnos, pero ésa es una pregunta “conspirativa”.
El recaudador bonaerense Santiago Montoya no tomó en cuenta que el partido necesitaba a Néstor y sugirió que el gobierno nacional debería buscar mayor diálogo con la gente, mostrarse más amplio a la hora de escuchar. A las pocas horas, lo echaron de su cargo en la provincia de Buenos Aires, donde pone la cara Daniel Scioli, pero gobierna Kirchner, ahora con mayor autoridad, con el domicilio ya fijado en suelo bonaerense.
Fiel a su historia, el kirchnerismo no deja de sorprendernos. En las elecciones del 28 de junio próximo habrá “listas testimoniales”, eufemismo en el que se escudan candidatos obsecuentes con Néstor, que encabezarán listas pero no asumirán si ganan.
Quien vote por el Frente Para la Victoria, no tendrá ni remota idea de a quién está votando, ya que no sabrá quién va a asumir.
Literalmente, aquí no hay metáfora alguna.
Hay quienes piensan que este maquiavélico intento tendrá un mal desenlace. “Les va a salir el tiro por la culata”, pronostican politólogos y dirigentes de la oposición.
Para colmo de males, el gobierno no gana para sustos.
El 31 de marzo pasado, el fallecimiento del ex presidente Raúl Alfonsín derivó en una inédita y multitudinaria demostración de reivindicación política y moral hacia un hombre honesto, palabra indigerible e inapropiada para la mayoría de la actual dirigencia.
Veinte años después de haber tenido que adelantar la salida del gobierno, Alfonsín fue venerado en el Congreso por siniestros personajes que hubiesen mejorado notablemente la educación cívica argentina, si en lugar de forzar rostros compungidos le hubiesen pedido perdón públicamente, aunque sea post mórtem, al otrora líder radical.
En las huestes patagónicas hay mucho temor que esta reivindicación de la honestidad política obre como la luz del sol sobre Drácula con los candidatos oficialistas, y que una mayoría de electores se transforme en una suerte de alter ego del doctor Van Helsing.
Si eso pasa, tendrán que despedirse de los sueños hegemónicos. De aquí hasta las elecciones intentarán seguir asustando con “Nosotros o el caos”, a una ciudadanía que no se atemoriza con amenazas retóricas, sino al salir o al volver a casa, al guardar o al sacar el auto, al salir del banco, al entrar o al salir del cine o el teatro, en su casa o fuera de ella.
Al tener que vivir, en definitiva.
Imaginemos por un momento que la opción fuese cierta. En este rincón, los gladiadores patagónicos. En el otro, el caos. ¿Esta dicotomía no es una tentación para fomentar la aparición de un mayoritario conglomerado caótico?
Hace un tiempo, en el discurso que se proyectó en el Luna Park, donde la Unión Cívica Radical le realizó un homenaje al que sus médicos le aconsejaron no asistir, Raúl Alfonsín pidió a los jóvenes que se comprometan con la política. Y, emocionado, imploró: “Tenemos que querernos más entre los argentinos”.
La frase no suena tan aristotélica como los discursos de la presidenta, ni tan irascible como la verba inflamada de su esposo, ni mucho menos patéticamente irónica como los exasperantes apuntes de Aníbal Fernández.
Fue un consejo pronunciado casi al final del camino, con la sabiduría y la visión que da el haber vivido, el haber transitado por la vida y por este suelo.
Los jóvenes tienen motivos para ser incrédulos con los políticos. Los adultos también.
Sin embargo, hubo un buen puñado de argentinos que, durante esos tres días inolvidables de un sepelio histórico, parecieron decir en silencio que sí, que es necesario más amor, mayor tolerancia entre nosotros, los argentinos.
Algún pelandrún (hay muchos) pensará que se trata de una cursilería o una apelación digna de pastores mediáticos.
La frase no es nueva pero es abrumadoramente certera: la inteligencia es limitada, la estupidez no.
Acaso el próximo 28 de junio se convierta en un gran test sobre qué grado de estupidez colectiva impera en la Argentina.

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