viernes, 10 de agosto de 2007

CARITAS


Hace un par de días, en un programa de FM en el que colaboro por vía telefónica y que conduce una amiga, empecé a construir mi despedida.
Deploro la palabra “crítico”. Me considero un periodista que, ocasionalmente, comenta películas. En este caso, hablé de “Tocar el cielo”, de Marcos Carnevale, a la que ubiqué dentro de un cine argentino popular que contrasta con el molde imperante en nuestros cineastas más jóvenes.
Concretamente: en lugar de fotocopiar modelos de marginalidad, y deleitarse con excesos delictivos y festines con estupefacientes, la película de Carnevale propone algunas preguntas que considero interesantes.
Por ejemplo: ¿Vivimos como queremos o como podemos? Si, como sabemos, la vida es casi un suspiro, ¿no podríamos transitarla un poco mejor y más livianos? ¿Qué legitima hoy en día a una familia? ¿Una rejunte de vínculos sanguíneos o una asociación de voluntades amistosas en las que no entra la careteada? ¿La piedad y el entendimiento no constituyen resonancias elevadas del amor?
Me emocionó el simbolismo naif de los globos: con forma de delfines e inflados con helio, los protagonistas los lanzan al cielo con un papel adosado al hilo y un deseo escrito en él.
Marcos Carnevale me contó que es una ceremonia que realiza todos los años con un grupo de amigos.
Para algunos, seguramente una cursilería. Si la emoción es cursi, entonces anótenme en ese club.
Además de Temperley, soy socio de “Luna de Avellaneda”, “Cinema Paradiso”, “Mediterráneo”, “El hijo de la novia”, “Dos estrellas y un café” y “El gran pez”, por citar algunos ejemplos de mis filiaciones cinematográficas.
Exponentes de lo que yo considero un cine popular.
Enemigos de divagues elitistas sin talento, como los que cultivan varios directores argentinos, que cosechan premios en festivales europeos, pero en la Argentina son una buena cura para el insomnio.
En la mitad de mi comentario, la conductora lanzó su primera perla: “Sabemos que, en materia de cine, la opinión es subjetiva”.
Lástima que André Bazin o Césare Zavattini no estén vivos para abrevar de tamaña revelación.
Al poco tiempo, lanzó la segunda: “Carolina No Sé Cuánto, que está aquí junto a nosotros, no opina lo mismo que vos. Pero, bueno, ya llegará el momento para que diga lo suyo”.
Desciendo de sicilianos, por lo cual la explosión era inminente. No tengo el gusto de conocer a Carolina No Sé Cuánto. En este minúsculo universo que es el periodismo y, mucho más, el “especializado” en cine, jamás la había oído nombrar.
Lejos estoy de creerme la reencarnación de Francois Truffaut, pero entiendo que casi treinta años de ejercicio profesional alimentan algunos derechos adquiridos.
Por ejemplo, que se respete mi opinión. Que, por otra parte, como tal, siempre es subjetiva. En cine o en la materia que sea. Y que Carolina No Sé Cuánto, en lugar de hacer “caritas” en el estudio, empiece a transpirar la camiseta y a instruirse mucho más allá de las modas imperantes.
Doble contra sencillo que si le mencionan a Griffith piensa en una disco o una marca de ropa. Difícil que asocie el apellido con “El nacimiento de una nación”.
Carolina No Sé Cuánto, como muchos otros “críticos”, imagina que un ejército de oyentes, televidentes o lectores está esperando, como el arquero frente al ejecutor del penal, que ella emita su juicio inapelable sobre la película.
Buena o mala (aunque se trate de categorías morales, impropias para una obra de arte), cinco estrellitas, cuatro dedos, tres asteriscos, dos butacas.
Me fastidia y me fatiga este matrimonio espeluznante entre la ignorancia y el arribismo. Y me irrita hasta niveles intolerables. Mis maestros me enseñaron que antes de opinar es preciso saber.
Actualmente, el saber no ocupa ningún lugar. Mucho menos en la cabeza de una buena cantidad de “opinadores”.
Aunque el vendaval estuvo a punto de desatarse cuando la conductora lanzó su inquietud menos refinada: “¿A qué llamás cine popular?”, me preguntó en un tono peligrosamente fronterizo con la chicana.
Un inoportuno corte de energía eléctrica interrumpió oportunamente el diálogo. Mi teléfono inalámbrico emitía un sonido gutural que mantuvo durante una hora, lapso que Edesur nos reservó, a mi familia y a mí, para instruirnos sobre la utilidad de las velas.
De paso, evitó la catástrofe verbal y el fin de una amistad, que estas líneas se encargarán de dinamitar. Existen mujeres especialmente susceptibles.
Considero la honestidad como un postulado fundamental. Creo que “Tocar el cielo” es una película honesta y conmovedora. Me llevó a repensar vínculos, revisar añejas intolerancias, despabilar sueños herrumbrados.
Todo esto conseguí decirlo antes que Edesur me impusiera un forzoso silencio de radio.
Imagino que, en ese momento, Carolina No Sé Cuánto dejó de hacer “caritas” en el estudio.
Carlos Algeri

2 comentarios:

Rubèn dijo...

Venía medio dormido a cumplir con mi rutina de trabajo, viajando como vaca al matadero en el metro de primer mundo que supimos conseguir...Encuentro tu nota del viernes y me doy cuenta que no ando sólo predicando el jamborè de de cosas que es este país, en donde la Kultura K es una versión aggiornada de los terribles ´90. En fin Carlos un baño de realidad para empezar la semana. Gracias, el abrazo de siempre. Rubén

Por Carlos Algeri dijo...

Gracias, Rubèn. Quizà no sea lo mejor despertar con estas cosas, pero mucho peor es quedarse dormido mientras ellas suceden.
Un gran abrazo. Carlos.