jueves, 21 de abril de 2011

EL OFICIO DE PENSAR



Mario Vargas Llosa inauguró la Feria del Libro y no ocurrió la catástrofe que algunos mediocres, obsecuentes e insensatos oficialistas pronosticaban.
El Predio Ferial de Buenos Aires no voló en mil pedazos, el Obelisco sigue en su lugar y no aparecieron hordas de intelectuales liberales intentando linchar nacionalistas.
El discurso de inauguración del Premio Nobel de Literatura llevó su marca en el orillo: fue contundente e irónico.
Algunos botones de muestra:
* "Leer nos hace libres, a condición de que podamos elegir los libros que queremos leer".
* "Los comisarios políticos han reemplazado a los inquisidores de antes".
* "Nazis, fascistas y militares han tratado de domesticar a lo largo de la historia a los pueblos... por suerte siempre han fracasado”.
Manifestaciones que no sorprenden a quienes conocen la obra de Vargas Llosa, donde la mayor parte de sus novelas critican, combaten y se burlan despiadadamente del poder y de los –supuestamente- poderosos.
Un funcionario gris, con discurso y anatomía de personaje kafkiano, Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, intentó impedir “junto a un grupo de intelectuales K” (me desayuno que existen; siempre pensé que eran términos antagónicos) que el gran autor peruano inaugurara la Feria del Libro, argumentando una serie de insensateces que, en un país serio, hubiesen provocado su inmediata remoción del cargo.
Aquí, confirmando que continuamos reñidos con la seriedad, hubo voces obsecuentes y cómplices que acompañaron a la del bibliotecario, pero la oportunista intervención de la Presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, hizo naufragar el intento de veto.
¿A quién se le ocurre tratar de silenciar a semejante ícono intelectual, para colmo reciente ganador del Premio Nobel de Literatura, nada menos que en el ámbito de la Feria del Libro?
De tan ridículo, cuesta creer que algunos pretendieran censurar a un escritor en un contexto democrático.
Desconozco si González escribió algún libro. Si lo hizo, además de torpe e intolerante, su actitud es inexplicable.
Cada libro que leemos nos cambia la mentalidad para bien. Aunque ese bien signifique revisar hoy nuestros pensamientos de ayer.  Que no significa en modo alguno cambiarse cada tanto  impúdicamente de camiseta, como aquél otro funcionario lenguaraz que dictaminó (vaya a saber investido de qué conocimiento en la materia) que tanto Vargas Llosa como  Fernando Savater “hablan pavadas”.
Si estos dos señores hablan pavadas, muchos pavotes (orgullosos de serlo) disfrutamos de sus  pavadas como formidables ejercicios del pensamiento.
Recuerdo la lectura de La tía Julia y el escribidor como una de las aventuras más fascinantes que emprendí  como lector. Con los años, sospecho que fue alimentando mi deseo de entrar de lleno en el oficio de escritor. Sí, escribí oficio. Así lo definía mi querido Osvaldo Soriano.
En la charla abierta que, luego de la lectura de su texto inaugural, mantuvo con el también escritor y periodista Jorge Fernández Díaz, Vargas Llosa confirmó la necesidad de trabajar disciplinadamente para producir algo que merezca llamarse literatura.
Habló de historia, de cuestiones autobiográficas, de lo importantes que fueron en su vida algunos libros (Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y también la correspondencia entre el autor y su amante, por ejemplo) y de política, como era de esperar.
Es un placer escuchar a Vargas Llosa. Tanto como leerlo, que es lo que muchos de los que lo critican o intentaron vetarlo no han hecho.
Eso podría inferirse de los diputados  Diana Conti y Adrián Pérez. Para la primera, el formidable hablador peruano escribió Las venas abiertas de América Latina, mientras el segundo le adjudicó la autoría de Cien años de soledad.
Sería conveniente recomendarles a Eduardo Galeano y a Gabriel García Márquez, respectivamente, que hablen con sus abogados para iniciar acciones legales.
El episodio dejó al descubierto los niveles de ignorancia que aquejan al político medio argentino.
Concepto que podría extenderse a ciertos intelectuales, que empequeñecidos por la presencia del gigante, terminan asustándose y tirando zarpazos al aire, en lugar de colocarse el overol y abocarse  –disciplinadamente- al oficio de pensar. Para lo cual es necesario reconocer que siempre habrá quienes piensan mucho y mejor que uno. Es una suerte: ¿acaso existe algo más estimulante que la posibilidad de aprender?
Tiro por la culata para quienes intentaron ensombrecer su presencia en Buenos Aires, el paso de Vargas Llosa dejó la impronta de un escritor y pensador que, con su obra y su palabra, continúa dejando al descubierto dobleces, mentiras y calamidades que prohijan la intolerancia, la cortedad de pensamiento, el autoritarismo.
Lo que más lamento es que Vargas Llosa partirá  a seguir pensando en otra parte y les dejará  la cuota de pantalla a los ignorantes de siempre.

lunes, 11 de abril de 2011

EL DOLOR DE YA NO SER


Inevitablemente, hay momentos en la vida en los que el tango es el único aliado.
“La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.
Leo los foros de páginas webs varias y compruebo cómo, amparados en el cobarde anonimato de un nick, personas que temblarían de miedo ante la sola posibilidad de firmar esas mismas líneas con nombre y apellido, denuestan a diestra y siniestra a sus odiados de turno.
Desde hace un tiempo, se enseñorea por la Argentina una censurable tendencia a la descalificación del que no se acerca a nuestro pensamiento. Mucho tiene que ver el oficialismo en el crecimiento exponencial de esta cultura del odio. No porque sea intrínsecamente perverso, sino porque la dualidad, el maniqueísmo, el conmigo o contra , le resulta funcional a su política egoísta y prebendaria.
En nuestro país cada vez se piensa menos. O se piensa mal. O se piensa peor.
Y, muchísimas veces, ni siquiera se piensa.
Cualquier excusa es buena para tirar un par de golpes: una encerrona de tránsito, una diferencia de camisetas o divergencias ideológicas.
Los que no se atreven a volver reales esos instintos violentos, los subliman virtualmente. Se insultan, se descalifican y se ofenden entre sí, sin oponer una sola idea.
Unos son ladrones, los otros no saben gobernar; estos son ignorantes, aquellos elitistas. Nos volvimos especialistas en griteríos banales que no llegan a la categoría de discusión.
Este penoso descenso cultural se confirma en la escritura de los foristas web: horrores de ortografía, nombres propios mal escritos, verbos conjugados con dislexia. Aseguro que Jorge Luis Borges no sobreviviría a la lectura de uno solo de estos foristas, aunque seguramente se divertiría mucho.
Cada día que perdemos en no discutir qué somos y hacia dónde vamos; cada hora que desperdiciamos en no tratar de desentrañar por qué la muerte se instaló entre nosotros ante la pasividad social; cada minuto que no nos alarmamos porque en esta Argentina -literalmente- hay gente que muere de hambre, estamos, por acción u omisión, firmándole un cheque en blanco a esta dirigencia pestilente que subsidia la pobreza para tomar rehenes políticos, y pretende imponer el pensamiento único a través de patéticas teletrincheras como “6,7,8”, que además de ser un producto espantoso resulta carísimo para el erario público.
En tanto nos acostumbremos a que nos traten como lelos, se nos rían en la cara afirmando que no pasa lo que pasa, estaremos convalidando el modelo donde los cobardes foristas de la web se creen émulos de Einstein –aunque dudo que lo conozcan- y un grupo de forajidos morales se arrogan una representatividad que no tienen, pero que saben comprar.
La única manera que conozco de evitar ese estado de cosas es pensando, ubicando en contexto los hechos, analizando, yendo más allá de aceptar que estamos fenómeno porque hay récord de ventas de autos cero kilómetro.
Hubo una época, que afortunadamente conocí, en la que a mucha gente le interesaba más comprar un buen libro que un blackberry; años en los que Woody Allen medía más que Tinelli; días en los que algunos dirigentes políticos eran respetados por una condición esencial: su honestidad.
Hoy no se piensa en eso. Ni en eso ni en algo que, aún lejanamente, tenga que ver con eso.
“Alguna gente no piensa jamás. Yo me torné una celebridad pensando dos o tres veces por semana”, aseguró  hace muchísimos años el genial George Bernard Shaw.
En la Argentina 2011, escasean las celebridades.

jueves, 31 de marzo de 2011

LOS UNOS Y LOS OTROS


Los hechos tienen la incuestionable virtud de desnudar la realidad.
El confuso y vergonzoso episodio del bloqueo a los diarios Clarín  y –en menor cantidad de horas- a La Nación confirman lo sabido: al gobierno kirchnerista le importa un rábano la libertad de prensa y de opinión.
En su afiebrada, planificada y funcional paranoia política pone el escenario en estos términos: o se está con el gobierno o se está contra él.
Es verdad que Clarín mantiene un conflicto de años con un grupo de trabajadores, pero también lo es que éstos reclamaron refuerzos al sector menos indicado.
Fiscales que solicitaron el cumplimiento de la ley se encontraron con la negativa de la funcionaria del área para hacer cumplir la medida.
Un acto inadmisible para la salud democrática de una República que –hoy- la Argentina no es.
Entre las voces periodísticas que escuché condenando la medida, rescato al siempre lúcido Jorge Lanata, enfrentado históricamente con el Grupo Clarín, pero dispuesto a defender –pese a sus disidencias ideológicas- una libertad fundamental para la República democrática.
Lanata priorizó el interés común por sobre la conveniencia personal. Y así lo hizo saber.
Es sencillo: sin libertad no hay periodismo ni trabajo para los periodistas.
Y ahondó: actualmente existen periodistas trabajando a desgano en medios adictos al gobierno. Los comprendió, pero no los justificó.
Hace rato que mi respeto intelectual por uno de los fundadores de Página/12 viene en alza.
En la otra punta del espinel, El Locutor Oficial, como se lo conoce desde hace un tiempo en ciertos medios independientes, presentó su renuncia a una asociación de periodistas, que repudió los hechos.
Quisiera entenderlo como un acto de sinceridad: nada tenía que hacer allí.
Sin embargo, ocupa un lugar como tal conduciendo un programa bochornoso desde su título –que desestima de plano cualquier posibilidad de disenso-, que mide apenas poco más de un punto de rating, aunque reciba una jugosa pauta publicitaria oficial, al igual que el canal paraestatal que lo transmite, que apenas supera los cuatro puntos en el total de las mediciones diarias.
Desde esa tribuna cómplice, no se priva de bajar línea partidaria, invitar voces oficialistas, señalar con el dedo a los infieles al modelo, ni mucho menos de contar las costillas de los monopolios, siempre enredados en maquiavélicas –y reales- componendas corporativas.
El tema radica en qué entidad moral se le puede adjudicar a un fiscal que, luego de más de dos décadas de combate contra el que consideraba el diablo en la casa matriz del fútbol argentino, al día siguiente de la estatización de las transmisiones de los partidos, dijo en su programa de radio, palabras más, palabras menos: “Si ahora tuviera que recibirlo como a San Martín en su caballo blanco después de cruzar la cordillera, no tengo ningún problema”.
No me lo contaron ni lo leí: lo escuché en directo.
El Locutor Oficial comenzó a perder oyentes a raudales y yo a ganar varias apuestas simbólicas: nunca compré su personaje altivo, pretendidamente culto, obscenamente exhibicionista, fatuamente refinado y componedor.
Y –para mi gusto- engolado y sobrevalorado relator.
Durante años insistí ante amigos y familiares: “Algo en este tipo no me cierra”.
Entre las cosas por las que siento genuino orgullo figura mi intuición.
Quedará para el misterio cuál es el motivo que empujó a este bon vivant a abrazar la causa K, supuestamente progre y defensora de los humildes, tan lejanos a él como París de Buenos Aires.   
El sabio Krishnamurti aseguraba que si uno formula correctamente la pregunta, en ella está implícita la respuesta.
Vale probar.
Krishnamurti es infalible.
Como era previsible, Lanata –inteligente y consumado provocador- retó a duelo dialéctico al Locutor Oficial.
Pero, como también podía preverse, el desafiado arrugó.
Nadie en su sano juicio acepta un debate de ideas del que emergerá chamuscado.
En la misma semana, como un agravio más a la inteligencia de algunos argentinos, en la Universidad de La Plata se distinguió al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, por su contribución a la comunicación.
En treinta años ininterrumpidos que llevo ejerciendo el periodismo, recién me entero que cerrar  más de una treintena de radios y silenciar voces opositoras en televisión debe tomarse como una contribución a la comunicación.
O mis maestros en la profesión me enseñaron mal, o no comprendí la lección.
El tema va más allá de la anécdota con Clarín, el rigor conceptual de Lanata, el sinuoso derrotero del Locutor Oficial, o la afrenta al libre pensamiento.
La pregunta es: ¿cuánto más tendremos que soportar?
Retomemos la recomendación de Krishnamurti y formulemos correctamente la pregunta.
La respuesta puede resultar escalofriante. 

miércoles, 23 de marzo de 2011

CONTIGO


En aquellos años de Radiolandia, TV Guía y Pantalla Gigante jamás me propuse comprobar si esos ojos –gigantescos y alertas- que me observaban desde una de las paredes de mi cuarto eran de color violeta.

Entre otras cosas, porque la página arrancada de una revista (no recuerdo cuál) y pegada con cinta skotch, era en blanco y negro.

Recuerdo que en esa etapa en que la autopista de la niñez se cruza con la de la adolescencia, conducía sin respetar velocidades máximas, ni colocarme el cinturón de seguridad, y sacándole una lengua stoniana a las señales de tránsito de la prudencia.

A esa edad, las únicas señales que uno respeta son las del cuerpo.

Para mí, la vida pasaba por el cine. Todo lo que ocurriera fuera de una sala o no estuviera relacionado con actores, actrices, películas o directores, pertenecía a esa gelatinosa zona gris que algunos llamaban realidad.

A ella la conocí gracias al cine.

Antes, pasaron curvilíneas y desconocidas siluetas suecas, o abundancias itálicas de una belleza feroz.

Pero cuando llegó ella –ni se les ocurra preguntarme en qué película, pues no me acuerdo- experimenté el escozor de estar ante alguien inigualable, diferente.

El rostro aterciopelado, la mirada electrizante, el escote delicadamente impúdico.

Fue Cleopatra para siempre. Y nos rendimos alelados ante su envolvente sensualidad, su latente y salvaje misterio.

Mi primo Joaquín no fue inmune al embrujo. En su conmovedora Una de romanos recuerda: “Si estrenaban Cleopatra y pedían el carnet, yo iba con corbata y pomada que cura el acné”.

Durante el rodaje lo conoció a él, que pulverizó nuestras bisoñas y alocadas chances. Y todo estalló: la pasión y dos matrimonios que se convirtieron en uno.

Como con cualquiera de los conductores suicidas de la existencia, hubo paz en el cine y revuelo fuera de él. Rencillas, regalos costosos para suturarlas, rumores de separación y luego el divorcio, profusamente promocionado por los medios.

Me costaba creer que él, un tipo refinado y con vocación nunca consumada de escritor, se resignara a perderla.

Hubo una segunda vuelta matrimonial, pero con el mismo final. De todas formas, siguieron en contacto permanente. Habrá que creer en eso que dicen, que el amor lo resiste todo.

Pocos días antes de morir, él le escribió una carta solicitando –como cualquier hombre que se precie de amar- una nueva oportunidad. Lo pidió con todas las letras: deseaba “volver a casa”.

Unos cuantos años y cartas antes, él le había escrito, seguramente inspirado por la desesperación: "Si me dejas, tendré que matarme. No hay vida sin ti".

Se entiende.

“Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren".

Es un placer tener un primo como Joaquín, que sabe explicar poéticamente cuestiones tan complejas.

Imagino que después de la partida de él -a quien la vida le cumplió inesperadamente la advertencia epistolar-, Cleopatra comenzó a sentirse desconsoladamente sola.

Cuando abandoné las autopistas juveniles para desembocar en las avenidas de la adultez, empecé por respetar las velocidades máximas, prestando atención a las señales de tránsito y me abroché el cinturón de seguridad.

El recorte en blanco y negro fue devorado por la humedad de la pared de una habitación que ya no era mía, y muchas noches inciertas reclamo por aquellos ojos que me encendían una afiebrada y alocada ilusión.

La vida fuera de las salas de cine es insoportablemente tediosa.

“Hasta que aquella bici de mi niñez se fue quedando sin frenos y en la peli que pusieron después nunca ganaban los buenos”.

Sí, primo; otra vez tus versos son demoledoramente certeros.

Hoy que no conduzco por avenidas, ni mucho menos por autopistas; ahora que soy –a veces- sólo un desganado peatón, me enteré de la noticia.

Justo ahora.

Y entonces me arrepiento de no haber guardado el recorte, de resignarme a ser peatón, de tener que soportar el agravio que en las pelis que pusieron después nunca ganen los buenos.

martes, 15 de marzo de 2011

DESMESURADAMENTE BELLA


Siempre sostuve que el humor es el mejor camino para hablar de las cosas más serias. Si, además, se le agrega una pizca de nostalgia, algunos toques surrealistas y desmesuras varias, el cóctel puede resultar atractivo.

El concierto (título que respeta el original) lo es, pese a constantes vaivenes en su progresión dramática que, en el balance final, quedan atenuados por la potencia de su historia y la conmovedora moraleja que subyace en su interior: el pasado no se repite, pero cada uno de nosotros puede ajustar cuentas con él para concretar el sueño más ansiado.

En este caso, el del protagonista, un director de orquesta ruso obsesionado por Tchaikovsky, a quien el régimen de Leonid Brezhnev degrada a oficial de limpieza por una supuesta defensa de sus músicos judíos.

Casi treinta años después, en virtud de la mencionada moraleja, y en el mejor estilo de las películas de los grandiosos Mario Monicelli o Dino Risi (dos tanos de oro), el postergado director –engaño mediante- emprende la reorganización de su dislocada orquesta con el objetivo de tocar en París, ocupando el lugar de los músicos del Bolshoi. Un disparate, aunque efectivo y atractivo, toda vez que las trama lo presenta como una travesura reparadora de viejas amarguras e injusticias.

Toda aquél que tenga, haya tenido o desee tener relación con el arte en cualquiera de sus facetas, disfrutará de El concierto como de la más hermosa visión de un crepúsculo.

A pesar de sus efectismos, que los tiene, su potencia, su vitalidad y la acendrada defensa de los sueños en un mundo que se agrieta y desangra en la amargura y la frustración, potencian los méritos de una película de ésas que aparecen de vez en cuando.

La secuencia final, con la interpretación casi completa de esa obra maestra impar que es el Concierto Nº 1 para Violín y Orquesta de Piotr Ilich Tchaikovsky, con una puesta en escena impactante y varias cámaras al servicio de la misma, eriza la piel y acaricia el alma.

Sugiero mandar al diablo el Manual del Espectador Cinematográfico, abstenerse de leer cualquier crítica local (la mayoría, por no escribir todas, son insustanciales, precarias e ilegibles) y tirarse en palomita hacia el interior de cualquier sala que proyecte El concierto.

Después me cuentan.

lunes, 14 de marzo de 2011

ALGO PERSONAL


Siendo muy pequeño, luego de ver Los inútiles, de Federico Fellini, intuí que entre el cine italiano y yo habría algo personal, al margen de lo estrictamente genético que mi apellido revela.

Pranzo di Ferragosto (Almuerzo de Ferragosto), ridículamente bautizada en la Argentina como Un feriado particular, es una película luminosa, grácil, de una ternura inconmensurable.

Gianni es un sesentón soltero que vive en un pueblito con su madre anciana. No espera nada de la vida que no sea la rutina que impone cuidar a su progenitora y la posibilidad de degustar un buen vino blanco cada vez que la ocasión lo permite.

Cuando por distintas circunstancias, calores de Ferragosto mediante, tres ancianas más se incorporen por unos días a la casa familiar, la vida de Gianni se alterará levemente, casi sin molestias, sólo para poner de manifiesto que las miserias humanas afloran con una preocupante facilidad en un buen número de personas.

El propio Gianni, a quien también le cabe el sayo, deberá aceptar, casi a regañadientes, convertir su hogar en una suerte de geriátrico por unas horas, a cambio de conmutación de deudas varias.

Prescindiendo del histrionismo exasperado propio de algunas corrientes cinematográficas italianas, apostando al medio tono, a la imagen amable y a una ternura en fondo y forma, Pranzo di Ferragosto construye una formidable fotografía sobre un tema que el cine aborda cada vez menos: la vejez.

A los 60 años (el film es de 2008), luego de varios trabajos en el medio, Gianni Di Gregorio asume esta primera película como director, coguionista y protagonista. En los tres roles demuestra mesura, buen gusto y un cálido sentimentalismo.

Tal vez por los acentos de clima y puesta, por esa delicadeza en las miradas y en los gestos captados por una cámara curiosa pero nunca invasiva, el estilo de Di Gregorio recuerda al gran Ettore Scola en sus películas más intimistas, como ¿Qué hora es?, aquella en la que Marcello Mastroianni y Massimo Troisi eran padre e hijo.

Pranzo di Ferragosto son setenta y cinco minutos de calidez, humor y esperanza. Con ese sello de calidad que los italianos manejan con maestría.

El mismo que advertí, sin saberlo, cuando hace tantísimos años vi por primera vez una película italiana, sin imaginar todo lo bueno que vendría después.

miércoles, 23 de febrero de 2011

INCORRECTOS


La incorrección social es mi marca distintiva.

Desde niño, me las compuse para hacer todo lo contrario de lo que se esperaba de mí.

Cuando apareció en mi vida eso que algunos llaman uso de razón, comencé a sospechar que la literatura, el cine y el fútbol iban a ser importantes compañeros de ruta.

El tiempo demostró que no me equivoqué.

Sí la pifiaron aquellos que esperaban un nerd o un Calculín; o los otros, que auguraban un intelectual precoz.

Mi primer regalo importante fue una pelota de fútbol marrón, de cuero, que quedó inmortalizada en una foto color sepia en la cual se me ve con un flequillo estilo Carlitos Balá, sentado en el piso del patio de mi casa de Villa Galicia, en Temperley, atesorando el balón como si fuera un lingote de oro.

La intuición siempre fue uno de mis fuertes.

Hubo dos regalos importantes que llegaron después: primero, una novela –cuyo título olvidé- de Robert A. Heinlein, un magnífico autor de ciencia ficción, y luego un libro que me resultó iniciático: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

En ambos, sobre todo en el segundo, el desafío del hombre ante ese gran interrogante que es la vida me generó preguntas e inquietudes fascinantes.

En medio de las lecturas, gastaba la pelota de cuero marrón contra una de las paredes del lavadero, relatando a voz en cuello un campeonato imaginario de fútbol, con equipos y planteles ad hoc.

¿A quién puede sorprenderle que muchos años después me convirtiera en conductor de radio?

De los equipos imaginarios, saltaba sin problemas a la realidad de los potreros de Villa Galicia: jugaba de delantero, con buen olfato para el gol.

Los goleadores siempre fueron apetecidos a la hora de elegir. En el pan y queso de principios de la década del ’60, nunca pasaba del tercer nombre elegido. Se sabe: goles son amores.

Los sábados por la tarde que, por alguna extraña razón –muy extraña: un temporal que obligara a suspender la fecha, por ejemplo- no íbamos con mi viejo a ver a Temperley, de local o de visitante, devoraba las cinco películas de Cine de Súper Acción en Canal 11, acrecentando mi sueño de convertirme con el tiempo en director de cine.

En 1992, escribiendo y dirigiendo Volver a soñar, hice el posgrado de tantas horas de Cine de Súper Acción, de unos cuantos goles en los potreros de Villa Galicia e innumerables tardes de tablón alentando al Cele.

Una suma de cosas, porque –eso lo comprendo ahora- la esencia de un escritor no consiste en exiliarse de por vida en una biblioteca, como creen algunos estudiantes y docentes de la Facultad de Filosofía y Letras, que conocen al dedillo citas prescindibles de autores difusos, pero no tienen ni remota idea de quién es el entrenador del Barcelona, y, mucho menos, han gozado viendo esa maravillosa manifestación de arte popular que es ver jugar a Messi y sus compañeros.

La cabeza funciona bien cuando la alimenta el corazón.

Acaso por esos rincones puede encontrarse alguna definición más o menos certera de la pasión.

Una ley no escrita en el mundillo literario sostiene que quien no publica su primer libro antes de los 30 años, difícilmente será escritor. Sospecho que la teoría la blanden desde Filosofía y Letras.

Publiqué Plomo en las alas, mi primera novela, a los 42 años.

Quizá fue posible porque vengo de la Universidad del Tablón.

A los egresados de esa casa de bajos estudios se nos permiten ciertas licencias.

No escribo ni hablo para agradar, discuto con vehemencia y con pasión hasta de temas como el fútbol, que para algunos es absolutamente subalterno.

En todas las épocas hubo gente que nunca entendió nada de la vida.

Todo lo que sé o creo saber sobre la vida se lo debo al fútbol”.

No lo dijeron ni Pep Guardiola ni Ángel Cappa.

La definición es de uno los padres del existencialismo, Albert Camus, autor de gemas como El extranjero o La peste, quien jugaba de arquero e integró la Selección de fútbol de su Argelia natal.

Incorrectos como Camus hacen que la vida, que no tiene ningún sentido, valga la pena.

Federico Fellini, otro prolífico destructor de moldes, aseguraba que filmaba “siempre la misma película” y que los personajes de cada una de ellas “eran parientes entre sí”.

Hace poco, cuando cumplió 75 años, Woody Allen dijo que todavía esperaba “filmar una película genial”.

A los lesos de sesera los encandiló, en su momento, la relación de Allen con la hija de una de sus parejas, antes que genialidades como Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados, Interiores (¡Qué obra maestra!) o Match point, por citar joyas al voleo.

Morbosos e ignorantes componen la mayor parte de los habitantes del planeta Tierra.

El buen Woody prefirió los lunes de saxo a las mieles fatuas de una Academia de Hollywood hipócrita, melosa y reaccionaria, que con cada Oscar pretendía ensayar un abrazo del oso a su genialidad.

“A las buenas costumbres nunca me he acostumbrado”, canta mi primo Joaquín, ése que se dice primo del Nano.

Cuando la mayoría –de la que escapo como de la peste- coincide conmigo o yo con ella, desconfío.

De mí.

Algunos amigos me fustigan porque sostengo que proteger a los ciudadanos de ser asaltados o asesinados no es una cuestión ideológica, sino un elemental derecho humano.

Mis amigos –oficialistas- me acusan de no ser progre.

Ellos, que dicen serlo, no trepidan en defender gente acusada de robarle al Estado y a los ciudadanos, a quienes no protegen de los asesinos ni de la corrupción, que estos nefastos personajes -que mis amigos oficialistas defienden- promueven y alimentan.

Y además, como si fuera poco, temo que estos amigos puedan llegar a votarlos.

Ahora, los progres vienen así.

En mis dos primeras novelas abordé tangencialmente -hace muchos años, cuando no estaban de moda- tópicos que hoy son vilipendiados, pues no faltan ni en el libro de la dama ni en el guión del caballero.

Los años de la dictadura del Proceso o el exilio son figuritas repetidas en parvas de novelas, y guiones de cine y televisión.

Tengo el derecho a dudar si están allí por convicción ideológica de los autores, por pragmatismo a la hora de gestionar financiación oficial, o simplemente por oportunismo.

Mis amigos -oficialistas- pensarán que cada línea que escribo estoy menos progre.

A mí me importa un rábano lo que piensen de mí, lo que pone de peor humor a mis amigos (oficialistas o no, progres o reaccionarios) y también a quienes no son amigos, pero me leen o escuchan.

Mientras la mayoría dedica horas a sabihondas conferencias de café, se aburre en trabajos que odia y se queja porque se endeudó hasta el cuello para cambiar el auto que compró el año pasado, yo hago lo que más me gusta: escribir.

Que es, justamente, la conducta de aquélla hormiga rebelde que capturaba la atención de Robert Altman: salirme de la fila.

Como Guardiola, Cappa, Camus, Fellini, Joaquín, el Nano y Woody.

Con la inconmensurable diferencia de talento que me separa de ellos.

Pero con la misma convicción.