martes, 15 de marzo de 2011

DESMESURADAMENTE BELLA


Siempre sostuve que el humor es el mejor camino para hablar de las cosas más serias. Si, además, se le agrega una pizca de nostalgia, algunos toques surrealistas y desmesuras varias, el cóctel puede resultar atractivo.

El concierto (título que respeta el original) lo es, pese a constantes vaivenes en su progresión dramática que, en el balance final, quedan atenuados por la potencia de su historia y la conmovedora moraleja que subyace en su interior: el pasado no se repite, pero cada uno de nosotros puede ajustar cuentas con él para concretar el sueño más ansiado.

En este caso, el del protagonista, un director de orquesta ruso obsesionado por Tchaikovsky, a quien el régimen de Leonid Brezhnev degrada a oficial de limpieza por una supuesta defensa de sus músicos judíos.

Casi treinta años después, en virtud de la mencionada moraleja, y en el mejor estilo de las películas de los grandiosos Mario Monicelli o Dino Risi (dos tanos de oro), el postergado director –engaño mediante- emprende la reorganización de su dislocada orquesta con el objetivo de tocar en París, ocupando el lugar de los músicos del Bolshoi. Un disparate, aunque efectivo y atractivo, toda vez que las trama lo presenta como una travesura reparadora de viejas amarguras e injusticias.

Toda aquél que tenga, haya tenido o desee tener relación con el arte en cualquiera de sus facetas, disfrutará de El concierto como de la más hermosa visión de un crepúsculo.

A pesar de sus efectismos, que los tiene, su potencia, su vitalidad y la acendrada defensa de los sueños en un mundo que se agrieta y desangra en la amargura y la frustración, potencian los méritos de una película de ésas que aparecen de vez en cuando.

La secuencia final, con la interpretación casi completa de esa obra maestra impar que es el Concierto Nº 1 para Violín y Orquesta de Piotr Ilich Tchaikovsky, con una puesta en escena impactante y varias cámaras al servicio de la misma, eriza la piel y acaricia el alma.

Sugiero mandar al diablo el Manual del Espectador Cinematográfico, abstenerse de leer cualquier crítica local (la mayoría, por no escribir todas, son insustanciales, precarias e ilegibles) y tirarse en palomita hacia el interior de cualquier sala que proyecte El concierto.

Después me cuentan.

lunes, 14 de marzo de 2011

ALGO PERSONAL


Siendo muy pequeño, luego de ver Los inútiles, de Federico Fellini, intuí que entre el cine italiano y yo habría algo personal, al margen de lo estrictamente genético que mi apellido revela.

Pranzo di Ferragosto (Almuerzo de Ferragosto), ridículamente bautizada en la Argentina como Un feriado particular, es una película luminosa, grácil, de una ternura inconmensurable.

Gianni es un sesentón soltero que vive en un pueblito con su madre anciana. No espera nada de la vida que no sea la rutina que impone cuidar a su progenitora y la posibilidad de degustar un buen vino blanco cada vez que la ocasión lo permite.

Cuando por distintas circunstancias, calores de Ferragosto mediante, tres ancianas más se incorporen por unos días a la casa familiar, la vida de Gianni se alterará levemente, casi sin molestias, sólo para poner de manifiesto que las miserias humanas afloran con una preocupante facilidad en un buen número de personas.

El propio Gianni, a quien también le cabe el sayo, deberá aceptar, casi a regañadientes, convertir su hogar en una suerte de geriátrico por unas horas, a cambio de conmutación de deudas varias.

Prescindiendo del histrionismo exasperado propio de algunas corrientes cinematográficas italianas, apostando al medio tono, a la imagen amable y a una ternura en fondo y forma, Pranzo di Ferragosto construye una formidable fotografía sobre un tema que el cine aborda cada vez menos: la vejez.

A los 60 años (el film es de 2008), luego de varios trabajos en el medio, Gianni Di Gregorio asume esta primera película como director, coguionista y protagonista. En los tres roles demuestra mesura, buen gusto y un cálido sentimentalismo.

Tal vez por los acentos de clima y puesta, por esa delicadeza en las miradas y en los gestos captados por una cámara curiosa pero nunca invasiva, el estilo de Di Gregorio recuerda al gran Ettore Scola en sus películas más intimistas, como ¿Qué hora es?, aquella en la que Marcello Mastroianni y Massimo Troisi eran padre e hijo.

Pranzo di Ferragosto son setenta y cinco minutos de calidez, humor y esperanza. Con ese sello de calidad que los italianos manejan con maestría.

El mismo que advertí, sin saberlo, cuando hace tantísimos años vi por primera vez una película italiana, sin imaginar todo lo bueno que vendría después.

miércoles, 23 de febrero de 2011

INCORRECTOS


La incorrección social es mi marca distintiva.

Desde niño, me las compuse para hacer todo lo contrario de lo que se esperaba de mí.

Cuando apareció en mi vida eso que algunos llaman uso de razón, comencé a sospechar que la literatura, el cine y el fútbol iban a ser importantes compañeros de ruta.

El tiempo demostró que no me equivoqué.

Sí la pifiaron aquellos que esperaban un nerd o un Calculín; o los otros, que auguraban un intelectual precoz.

Mi primer regalo importante fue una pelota de fútbol marrón, de cuero, que quedó inmortalizada en una foto color sepia en la cual se me ve con un flequillo estilo Carlitos Balá, sentado en el piso del patio de mi casa de Villa Galicia, en Temperley, atesorando el balón como si fuera un lingote de oro.

La intuición siempre fue uno de mis fuertes.

Hubo dos regalos importantes que llegaron después: primero, una novela –cuyo título olvidé- de Robert A. Heinlein, un magnífico autor de ciencia ficción, y luego un libro que me resultó iniciático: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

En ambos, sobre todo en el segundo, el desafío del hombre ante ese gran interrogante que es la vida me generó preguntas e inquietudes fascinantes.

En medio de las lecturas, gastaba la pelota de cuero marrón contra una de las paredes del lavadero, relatando a voz en cuello un campeonato imaginario de fútbol, con equipos y planteles ad hoc.

¿A quién puede sorprenderle que muchos años después me convirtiera en conductor de radio?

De los equipos imaginarios, saltaba sin problemas a la realidad de los potreros de Villa Galicia: jugaba de delantero, con buen olfato para el gol.

Los goleadores siempre fueron apetecidos a la hora de elegir. En el pan y queso de principios de la década del ’60, nunca pasaba del tercer nombre elegido. Se sabe: goles son amores.

Los sábados por la tarde que, por alguna extraña razón –muy extraña: un temporal que obligara a suspender la fecha, por ejemplo- no íbamos con mi viejo a ver a Temperley, de local o de visitante, devoraba las cinco películas de Cine de Súper Acción en Canal 11, acrecentando mi sueño de convertirme con el tiempo en director de cine.

En 1992, escribiendo y dirigiendo Volver a soñar, hice el posgrado de tantas horas de Cine de Súper Acción, de unos cuantos goles en los potreros de Villa Galicia e innumerables tardes de tablón alentando al Cele.

Una suma de cosas, porque –eso lo comprendo ahora- la esencia de un escritor no consiste en exiliarse de por vida en una biblioteca, como creen algunos estudiantes y docentes de la Facultad de Filosofía y Letras, que conocen al dedillo citas prescindibles de autores difusos, pero no tienen ni remota idea de quién es el entrenador del Barcelona, y, mucho menos, han gozado viendo esa maravillosa manifestación de arte popular que es ver jugar a Messi y sus compañeros.

La cabeza funciona bien cuando la alimenta el corazón.

Acaso por esos rincones puede encontrarse alguna definición más o menos certera de la pasión.

Una ley no escrita en el mundillo literario sostiene que quien no publica su primer libro antes de los 30 años, difícilmente será escritor. Sospecho que la teoría la blanden desde Filosofía y Letras.

Publiqué Plomo en las alas, mi primera novela, a los 42 años.

Quizá fue posible porque vengo de la Universidad del Tablón.

A los egresados de esa casa de bajos estudios se nos permiten ciertas licencias.

No escribo ni hablo para agradar, discuto con vehemencia y con pasión hasta de temas como el fútbol, que para algunos es absolutamente subalterno.

En todas las épocas hubo gente que nunca entendió nada de la vida.

Todo lo que sé o creo saber sobre la vida se lo debo al fútbol”.

No lo dijeron ni Pep Guardiola ni Ángel Cappa.

La definición es de uno los padres del existencialismo, Albert Camus, autor de gemas como El extranjero o La peste, quien jugaba de arquero e integró la Selección de fútbol de su Argelia natal.

Incorrectos como Camus hacen que la vida, que no tiene ningún sentido, valga la pena.

Federico Fellini, otro prolífico destructor de moldes, aseguraba que filmaba “siempre la misma película” y que los personajes de cada una de ellas “eran parientes entre sí”.

Hace poco, cuando cumplió 75 años, Woody Allen dijo que todavía esperaba “filmar una película genial”.

A los lesos de sesera los encandiló, en su momento, la relación de Allen con la hija de una de sus parejas, antes que genialidades como Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados, Interiores (¡Qué obra maestra!) o Match point, por citar joyas al voleo.

Morbosos e ignorantes componen la mayor parte de los habitantes del planeta Tierra.

El buen Woody prefirió los lunes de saxo a las mieles fatuas de una Academia de Hollywood hipócrita, melosa y reaccionaria, que con cada Oscar pretendía ensayar un abrazo del oso a su genialidad.

“A las buenas costumbres nunca me he acostumbrado”, canta mi primo Joaquín, ése que se dice primo del Nano.

Cuando la mayoría –de la que escapo como de la peste- coincide conmigo o yo con ella, desconfío.

De mí.

Algunos amigos me fustigan porque sostengo que proteger a los ciudadanos de ser asaltados o asesinados no es una cuestión ideológica, sino un elemental derecho humano.

Mis amigos –oficialistas- me acusan de no ser progre.

Ellos, que dicen serlo, no trepidan en defender gente acusada de robarle al Estado y a los ciudadanos, a quienes no protegen de los asesinos ni de la corrupción, que estos nefastos personajes -que mis amigos oficialistas defienden- promueven y alimentan.

Y además, como si fuera poco, temo que estos amigos puedan llegar a votarlos.

Ahora, los progres vienen así.

En mis dos primeras novelas abordé tangencialmente -hace muchos años, cuando no estaban de moda- tópicos que hoy son vilipendiados, pues no faltan ni en el libro de la dama ni en el guión del caballero.

Los años de la dictadura del Proceso o el exilio son figuritas repetidas en parvas de novelas, y guiones de cine y televisión.

Tengo el derecho a dudar si están allí por convicción ideológica de los autores, por pragmatismo a la hora de gestionar financiación oficial, o simplemente por oportunismo.

Mis amigos -oficialistas- pensarán que cada línea que escribo estoy menos progre.

A mí me importa un rábano lo que piensen de mí, lo que pone de peor humor a mis amigos (oficialistas o no, progres o reaccionarios) y también a quienes no son amigos, pero me leen o escuchan.

Mientras la mayoría dedica horas a sabihondas conferencias de café, se aburre en trabajos que odia y se queja porque se endeudó hasta el cuello para cambiar el auto que compró el año pasado, yo hago lo que más me gusta: escribir.

Que es, justamente, la conducta de aquélla hormiga rebelde que capturaba la atención de Robert Altman: salirme de la fila.

Como Guardiola, Cappa, Camus, Fellini, Joaquín, el Nano y Woody.

Con la inconmensurable diferencia de talento que me separa de ellos.

Pero con la misma convicción.

LUGAR COMÚN


Para quienes me conocen y me leen, no es novedad que uno de mis principales objetivos a la hora de escribir es gambetear los lugares comunes.

Sin embargo, no conviene dejarse tentar por extremismos. De ninguna índole.

Pasar las 4.000 visitas en un blog que, según me cuenta la información del web master, tiene numerosos lectores, entre otros países, en la Argentina, México, España, Italia, Estados Unidos, o en lugares insospechados –por los menos para mí- como los Países Bajos, es motivo de orgullo.

Orgullo. No vanidad, que se entienda bien.

Hay quienes se sienten identificados con lo que escribo y me lo hacen saber.

Hay quienes no y también, respetuosamente, me lo han comunicado. Y hasta hemos intercambiado ideas enriquecedoras.

Si alguno lo hizo en forma irrespetuosa, no lo reconozco ni siquiera en la mera estadística.

Un irrespetuoso es, en sí mismo, un tipo que insulta su inteligencia y la del prójimo.

Afortunadamente, en Cibercaminos abundan lectores sensibles y respetuosos, y otros que no sé qué característica tendrán, pero a los que también alcanza esta insoslayable e inevitable expresión de lugar común, que no por ello deja de ser –en este caso- valiosa y sincera.

Muchas gracias.

A todos.

martes, 15 de febrero de 2011

EL FIN DE LOS PRINCIPIOS


Recuerdo que hace unos años, en una histérica entrega de Premios Martín Fierro, un grupo de actrices y actores vernáculos se desgañitaban al grito de ¡Somos actores, queremos actuar! o ¡Aguante la ficción!

Puños crispados y ojos brillosos complementaban el justo reclamo de trabajo de uno de los gremios con mayor desocupación de la Argentina. La mayoría de los medios periodísticos se hicieron eco de la velada, fundamentalmente por la notoriedad de quienes blandían tales reivindicaciones.

No se me ocurre que se tratara de una difusión solidaria del gremio periodístico, cuyo índice de desocupación también es alarmante.

Apagados los ardores de entonces, algunas cuestiones invitan a la reflexión. En la actualidad, desde programas que combaten la obesidad, pasando por ciclos de entretenimientos y hasta envíos decididamente periodísticos son conducidos por actores o actrices. En algunos casos, paradójicamente, por algunos de los que pusieron su garganta al rojo en aquél aquelarre bizarro mencionado al comienzo.

Puede que no me haya enterado, pero hasta el momento no conozco que ningún conductor televisivo o periodista del medio se haya encadenado a la Pirámide de Mayo al grito de ¡Soy conductor, quiero conducir! o ¡Soy periodista, quiero trabajar!

Los gremios que agrupan a los trabajadores de prensa, siempre atentos a su rosca interna y a ser funcionales a sus propias ambiciones, ni siquiera se ocupan del asunto.

En general, la llamada farándula declama una solidaridad y un respeto que encubren hipocresía y envidia. De mis treinta años de ejercicio ininterrumpido en el periodismo, pasé buena parte de ellos dedicado a la Cultura y el Espectáculo. Creo tener autoridad para escribir sobre el tema.

Un reconocido actor y productor que participó de varias campañas solidarias, fundió su productora luego de emitir una parva de cheques sin fondos, que tuvieron como destinatarios a numerosos colegas suyos, directores y guionistas.

Lejos de ser apartado del medio, increpado por sus compañeros o llevado ante la justicia, increíblemente fue premiado con un protagónico en una tira diaria que debutó en pantalla esta semana. Comentarios viperinos que nunca faltan sugieren que habría recibido una apetitosa suma por parte del gobierno para paliar su quebranto. Sugestivamente, se lo vio y se lo ve muy seguido en actos oficiales, que no siempre –casi nunca- tienen que ver con la cultura.

Tampoco hay por qué ser mal pensado. Puede que la militancia, un virus que anida desde hace un tiempo entre nosotros –casi siempre acompañado por favores-, haya contagiado a este talento argentino.

La misma militancia que, según otro prohombre de la escena nacional, lo llevó a volver de España, imbuido por el entusiasmo que le despierta la segunda independencia argentina y la necesidad de decir presente en el supuesto proceso de transformación de nuestro país.

La casualidad, que a veces existe, quiso que sea el encargado de presentar un ciclo de cine en el canal oficial.

Otras voces aseguran que su vuelta de España fue por un motivo menos patriótico y más terrenal: en la llamada Madre Patria no interesaban sus servicios.

En esta patética kermesse de desatinos, algunos autores se comportan a la altura de lo que son. La guionista de uno de los ciclos del actor-productor fundido reclamó la falta de pago de sus guiones vía Twitter.

Seguramente su juventud y su apego a las nuevas tecnologías alimentó una falsa y desmedida expectativa en la red social. Por lo general, una carta documento –herramienta a la que están apegados los autores con principios y dignidad- es el remedio más recomendable en estos casos.

Es probable que, de saberlo, haya preferido evitarlo, no sea cosa que en el futuro el medio televisivo le niegue trabajo. Aunque si no le preocupa cobrar, es evidente que no considera su labor como un trabajo.

Algo parecido a un pseudoproductor que conocí y que durante años mintió estar interesado en llevar a la pantalla grande una de mis novelas. Cada vez que hablábamos de reserva de derechos –o sea, de poner plata-, el interés se dilataba.

El mismo tipo contaba que presentó como guionista, junto con un grupo de amigos, un programa piloto a una reconocida empresa productora que, según su relato, al tiempo se apropió de algunos personajes para colocarlos en una telenovela de resonante suceso, que nada tenía que ver con la presentada por los muchachos.

En este caso no hubo Twitter, ni Facebook, ni mucho menos carta documento. El ambiente del espectáculo pierde la sonrisa cuando alguno de sus integrantes reclama por sus derechos.

Hoy, el sujeto dirige una empresa ligada con el gobierno, pomposamente anunciada como conectada a las industrias del espectáculo, sin que quien la dirige haya tenido el menor contacto con algún producto del medio, salvo el mencionado piloto, en el caso que haya existido.

El resentimiento y la decadencia de un actor reverberan con potencia. No entiendo la ingratitud de quienes hoy insultan y denuestan a colegas con los que departieron en el pasado sin ruborizarse, ni mucho menos esgrimiendo sus actuales y elevados principios morales, que los llevan a decir, por ejemplo, que hay gente de su gremio que defeca por la boca, expresión suavizada por el autor de esta nota, aunque la militancia exige (y espera) una metáfora más vulgar.

Estoy convencido que ninguno de nosotros puede tirar la primera piedra.

Es más: sugeriría que ni siquiera nos inclináramos a levantarla del suelo.