sábado, 29 de enero de 2011

REBELDE, SOÑADOR Y FUGITIVO


“Acaso cometo el pecado de vestir a los perdedores con el ropaje de los sueños”, dijo en el momento en que sus novelas se esfumaban vertiginosamente de los anaqueles de las librerías argentinas. Podría tratarse de una defensa ante los virulentos ataques de colegas que nunca toleraron ni su éxito ni la fidelidad de sus lectores. También, si se quiere, de una declaración de principios en la que –muy a su manera- el pecado terminaba convertido en virtud.
Desde hoy son catorce los años en que se extraña a Osvaldo Soriano (Mar del Plata, 6 de enero de 1943), un escritor imaginativo, provocador, capaz de macerar la alquimia perseguida por todo narrador: la que consigue entretener, promover la reflexión y conmover.
Autor de una de las mejores primeras novelas que se recuerden, Triste, solitario y final (1973), donde se arriesgó a involucrarse como personaje junto a sus amados Stan Laurel, Oliver Hardy y el detective Philip Marlowe (creado por Raymond Chandler), lo que en otro autor hubiera resultado insolente, en Soriano rozó la genialidad.
Alérgico a los totalitarismos, hizo escala en Bélgica primero y en Francia después, durante los años de plomo de la Argentina. En el exilio se forjaron No habrá más penas ni olvido (1978), implacable vivisección del gen peronista de los ’70, y Cuarteles de invierno (1980), notable metáfora de la última dictadura vernácula, sin tics ni clichés, en la que dos perdedores en debacle (un cantor de tangos y un boxeador) rebuscan en los bolsillos sus últimos sueños.
La desopilante A sus plantas rendido un león (1988) se atrevió a redoblar la apuesta en cuanto a audacia: la Guerra de Malvinas como eco en medio de una revuelta en un inexistente país africano, donde un falso cónsul, Faustino Bertoldi, siente estallar su argentinidad.
En Una sombra ya pronto serás (1990), entre humor, nostalgia y poesía, puede bucearse en la dicha y la tragedia de ser argentino. Un ingeniero en informática sin nombre y un italiano apócrifo son las llaves para una magistral novela de ruta, en la que los protagonistas, a falta de efectivo, apuestan sus ilusiones en una partida de truco. O donde los caminos, sin señales, conducen a ninguna parte.
El ojo de la patria (1992), con su prócer momificado revivido por un chip, y un espía porteño en medio de la operación Milagro Argentino, antecedió a su novela más riesgosa y autobiográfica: La hora sin sombra (1995). Exquisita manifestación de madurez literaria, Soriano volcó en ella, sin pudores, sueños de infancia, el recuerdo de su madre y el reencuentro con la que siempre fue, en vida y obra, la figura trascendental: su padre.
Hubo cuatro libros con artículos periodísticos, cuentos y evocaciones: Artistas, locos y criminales (1984); Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988), Cuentos de los años felices (1993) y Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996), donde aprovechó, entre otras cosas, para ajustar cuentas con los detractores del fútbol (deporte que jugó y amó), dejando como herencia a un inefable entrenador, el Míster Peregrino Fernández, o el relato de El penal más largo del mundo.
“Un autor debe estar a la altura de sus personajes”, me aseguró en un bar porteño, una calurosa tarde de principios de los ’90. Porque este hombre que detestaba la frivolidad y aborrecía la ostentación, firmó contratos millonarios pero frente a su casa de la Boca estacionaba un Dogde 1.500. “En mi barrio no hay lugar para otro coche que no sea ése”, explicaba.
Desde ya.
Bertoldi, Rocha o Galván no lo hubieran permitido.

martes, 22 de diciembre de 2009

TODO SIGUE PEOR


Falta un día para cumplir un mes desde la última nota publicada.
¿Por qué el silencio? No sé muy bien. Acaso por el hastío de estar repitiendo temas: gobernantes que no escuchan (o no quieren hacerlo), opositores que hablan y se quedan en eso, más muerte que asusta y acobarda, cada vez menos alegría (y eso que se vienen las fiestas).
Por momentos tengo la sensación que la Argentina es un país resignado a aceptar su condición de sufriente fracasado.
En casi un mes de silencio en el blog, moviéndome en otros ambientes sin dejar de captar sensaciones (¿cómo hace un escritor y periodista para conseguirlo?), mi percepción se agudizó.
Escucho: “Por poco menos que esto, en Francia dan vuelta el país”. Es cierto. Y acá ocurren iguales o peores cosas que en Francia y nadie da vuelta el país.
Ni siquiera lo intenta.
¿Es necesario aclarar que lo de “dar vuelta el país” es en sentido figurado, metafórico, simbólico? Peco de obvio para no activar el detector de “destituyentes”. Por este lado van mal, muchachos.
Todavía no salgo de mi asombro sobre el bochorno del pasado 10 de diciembre. Un ex presidente y la Presidenta a pura discusión telefónica: “Bajen al recinto”, ordena ella. “Si bajamos, ganan ellos y después vienen por todo”, argumenta él.
Aunque luego el hombre bajó al recinto y tuvo que respetar un acuerdo previo (cosa que debe haberlo indigestado por varios días), me queda la duda: ¿Qué es ése todo por el que va a ir la oposición? ¿El patrimonio nacional es de alguien? ¿Fue usurpado? Respuesta teórica según la Constitución: no. Respuesta práctica según la realidad argentina 2009: sí.
La Presidenta pronostica un 2010 donde la venta de automotores será tan espectacular como los fuegos de artificio de fin de año.
Analizando las escuálidas cifras del plan canje de automotores, que ella misma anunciara hace unos meses, con los habituales bombos y platillos de la cadena nacional de la que tan enamorada está, uno duda del pronóstico.
El ministro de Economía afirma que las arcas oficiales no podrían estar más sólidas. Pero los compromisos con los acreedores se afrontan con las reservas. No hay que ser diplomado en Chicago para sospechar que algo no anda bien.
El Jefe de Gabinete frena a la Policía para que no cumpla con una orden judicial, aunque reivindica la Constitución. La Presidenta exige que el Poder Judicial sea prescindente del poder económico. El Poder Judicial se enoja con ambos pero no esboza una autocrítica a partir de la cual se pueda edificar una reforma que, a muchos funcionarios de ese poder, pareciera no convenirles.
El ex presidente, verdadera alma política en pena, anda paseándose por los rincones denunciando desestabilizaciones, planes macabros y objetivos ruines trazados por la oposición, en lugar de asumir que, desde el 10 de diciembre, deberá comandar una minoría.
El patagónico está dispuesto a tapar el sol con las manos, a vender humo en cuotas, o a tratar de fumar debajo del agua, para disimular algo absolutamente común en la vida cotidiana: haber perdido.
Para él, perder es morir (políticamente hablando). Nada más fundamentalista ni antidemocrático que ese pensamiento.
Entonces, para seguir disimulando, lo reta a duelo a Duhalde; y por Duhalde responde su esposa, Hilda “Chiche”, a quien le contesta Reutemann, quien a su vez sintió que Hilda “Chiche” le mojó la oreja.
Gente grande, aunque no parezca.
Mientras tanto, Moyano hijo bloquea plantas petroleras, aumentan los piquetes porteños (ya nadie sabe por qué), se vino el tarifazo en el transporte de larga distancia y sospechamos que seguirán otros en los demás servicios. Todos convenientemente disimulados en esa suerte de siesta social que se da entre las fiestas y las vacaciones de los que pueden tomarlas y salir.
Los comunicadores pronostican un 2010 políticamente “caliente”. El ciudadano común está cada vez más (peligrosamente) desinteresado con lo que pasa, y siente que nadie lo escucha ni lo entiende. Ni siquiera las personas que él votó en 2009 para que lo escucharan y entendieran.
Los argentinos no sabemos perder.
Le pasa a la Presidenta, al ex presidente, a la oposición y a los hinchas de fútbol.
En La Plata, simpatizantes de Estudiantes pintan frases contra Messi porque festejó el golazo del triunfo del Barcelona en la final del Mundial de Clubes, en lugar de reconocer la superioridad del rival y los méritos de los muchachos comandados por Alejandro Sabella, que con un juego destacable fueron borrando, en parte, la ignominia futbolística de aquellas épocas de un equipo al que algunos consideraban con “mística copera” y yo una horda de salvajes, mentores fundamentales del antifútbol argentino.
Somos así.
Nos vamos de vacaciones a una casa para dieciseis personas en Mar del Plata, que pagamos a la romana con la familia unita, comemos fiambre durante quince días, y a la vuelta mentimos: “Punta del Este estuvo genial. No hay como un chalet íntimo para disfrutar del descanso”.
Al cansancio de esta época del año, creo que le sumo la fatiga de ser argentino. Esa que proviene de creer que estás de vuelta de donde nunca llegaste; de convencerte que sos mejor que aquel que, si compitiera con vos, te dejaría en zona de descenso directo; de comerte todos los amagues y pensar que siempre te quedás con la pelota.
Somos los únicos que podemos cambiar esta historia.
Pero siempre estamos esperando que lo haga otro.

lunes, 23 de noviembre de 2009

LOS GUARDIANES DEL MODELO


Son hombres y mujeres que aseguran defender un modelo nacional (¿o nacionalista?) y popular (¿o populista?).
Se definen como democráticos, pero execran sin miramientos a quienes osen poner en duda la vocación patriótica y la transformación de la Argentina que el admirado (por ellos) matrimonio habría puesto en marcha desde hace seis años.
Repiten, como el peleador callejero o el ministro hiperparlante, el gastado discurso que -variantes más, variantes menos-, adjudica todas las calamidades propias a responsabilidades ajenas: la derecha, la prédica destituyente, los medios de comunicación, los monopolios o los famosos de la televisión.
En general, reivindican un pasado poco comprobable de militancia, lucha popular y fidelidad por una causa que ni siquiera pueden explicar con claridad. Son idénticos a sus mentores.
Unos pocos participan de alguna que otra marcha, pero la mayoría consume hectolitros de mate, mientras escucha con militante atención la radio AM más oficialista.
Periodistas infieles a la causa u oyentes descarriados sufrirán la ira de estos insignes revolucionarios, bramando en el contestador telefónico de la producción de los programas para poner orden.
Suelen confundir inconformismo con resentimiento e imaginar que, entre los palos de la yerba mate, se abren camino por la Sierra Maestra, blandiendo sus armas para combatir al enemigo.
Compran, sin revisar ni la fecha de envase ni de vencimiento, el discurso vacío e incoherente de quienes aseguran luchar contra la pobreza y amasan fortunas personales dignas de figurar en la revista Forbes.
No existe familiar, amigo o conocido que no sea merecedor del escarmiento en caso de contrariar el dogma innegociable.
Anacrónicos, patéticos y contradictorios, están decididos a embestir contra todo aquello que ponga en peligro el triunfo final, que (de producirse) será de unos pocos y ni siquiera los contará entre los festejos.
Pontifican como sabihondos y se oponen rabiosamente a admitir un solo error.
Jamás reconocerán que la pantomima que sostienen y protagonizan se alimenta de un odio absurdo, absolutamente funcional para quienes se aseguraron el botín, aun a costa de dividir a una sociedad sin reflejos y a una oposición política desmembrada y confundida.
Fieles a sus líderes, seguirán en la lucha, a la espera de esa jornada jubilosa que nunca llegará, y que los encontrará abandonados, frustrados y resentidos, intentando el camino de vuelta desde la Sierra Maestra, en medio de los palos de la yerba mate.

martes, 10 de noviembre de 2009

HABLA, HABLA, Y NO PARA DE HABLAR


Habla, habla, y no para de hablar.
Fusilamientos mediáticos, goles secuestrados, plan canje de calefones en cadena nacional.
La pobreza molesta si es televisada. ¿Si no es televisada no existe? Razonamiento poco “cinéfilo”. ¿O tenía razón Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”?
Si se cuestiona la inseguridad, allí subyace una campaña de la derecha.
No se puede hablar de la falta de timón, pues estaríamos frente a una prédica destituyente.
Entonces, ¿todo está genial y no nos damos cuenta?.
“La envidian porque es linda e inteligente”, opina un peleador callejero cuyos elogios son salvavidas de plomo.
¿Envidia? ¿Linda? ¿Inteligente? Mejor, la Gran Coco Basile: “No comments”.
Mientras tanto, habla, habla, y no para de hablar.
¿Incontinencia verbal? ¿Retórica estéril?
Ambas cosas.
Y un aplazo en gramática: “denostan al estado”. Tal vez la intención fue decir “denuestan al estado”. Vieja verdad: los libros no muerden. Y las conjugaciones verbales son implacables.
No hay subtes, la calle es un pandemónium de irascibles conspiradores, en auto o a pie, que desearían embestir furiosamente a quien se le cruce en el camino.
A veces lo consiguen.
No importa.
Hay que reorganizar los partidos políticos, aunque no se sepa qué hacer con los otros partidos “reorganizados”: el Fútbol Para Todos que, según parece, no lo va a pagar ninguno.
Tinelli, Susana y Mirtha opinan y, automáticamente, son descalificados.
Protestan porque tienen plata, dicen.
Lo bueno es que quienes los descalifican no la tienen.
¿O sí?
Los ricos no pueden opinar y a los pobres no hay que mostrarlos por televisión.
La clase media, que es la que queda, se gasta los dedos escribiendo imprecaciones antioficialistas en los foros de la web.
No hay que creerles. Los destituyentes no descansan. Una dosis diaria de “Seis en el siete a las ocho” y otra semanal de “Televisión Registrada”, y ahí verán lo que es bueno para los que, parece, no son tan buenos.
Habla, habla, y no para de hablar.
Y le hace coros uno de los muchachos del elenco estable: denuncia una conspiración desestabilizadora, da nombres y apellidos.
¿Es responsable en este momento crear semejante clima de temor? ¿O habrá que jugarle unos boletos (ojalá que no) a una maniobra maquiavélica y autovictimizante?
El subsidio por hijo (eufemismo que se coloca en lugar de “pobreza”) muestra a los pobres sometidos a la indignidad de la demagogia.
Alguna madre, entonces, se quiebra y llora.
Pero, atención, no hay que creerle: lo hace frente a una cámara de televisión. Los fusiles mediáticos están siempre al acecho.
Muerte, delito, paranoia, incompetencia, irritación social, diarios a domicilio por avión, exabruptos, secretarios enriquecidos, patrimonio sospechoso (y sospechado), corrupción desembozada e intolerable, represión a los “obscenos” desnudistas de la Plaza, un corte por aquí, un piquete por allá.
Algo parecido a la locura.
El “desborde emocional” del entrenador patrio y la jueza discriminadora es contagioso. Y no hay vacuna.
¿Entonces?
Habla, habla, y no para de hablar.
¿Alguien escucha?

lunes, 2 de noviembre de 2009

SALAMES


Muchos tenemos la sensación, por no decir la seguridad, que en esta Argentina campea la injusticia, el miedo y la muerte.
Hace un tiempo, el más mediático de los ministros kirchneristas, Aníbal Fernández, dijo que en el país no existe inseguridad sino “una sensación de inseguridad”.
Lo dijo sin que se le moviera un solo pelo de su inefable bigote. Lo llamativo es que, en una nación seria, pero en la que mueren por día varios ciudadanos víctimas del delito, el ahora Jefe de Gabinete hubiese saltado como una llave térmica ante un exceso de tensión.
En un país serio, puede ser. Pero Fernández siguió, sus amigos del gobierno no lo amonestaron (seguramente hasta lo deben haber felicitado) y el quilmeño lenguaraz continuó con su retórica vacua, primero como Ministro del Interior, luego en la cartera de Justicia y Derechos Humanos, y ahora en la jefatura de Gabinete.
Algo tendría que preocuparnos más: la tolerancia ciudadana ante lo que, por lo menos, puede considerarse un agravio a la inteligencia de los argentinos.
En el círculo kirchnerista justifican las multidesignaciones de Fernández por su lealtad al matrimonio gobernante. ¿Para ejercer un cargo no será necesaria también una pizca de decoro y prudencia?
Este personaje arrogante, altanero y provocador, que trató de “vago” a Mauricio Macri, que cada tanto se trenza dialécticamente con Magdalena Ruiz Guiñazú en la mañana de Radio Continental, tiene la función de hablar en representación de un gobierno silente.
Los Kirchner son tan excéntricos que, primero Néstor y luego Cristina, tuvieron un vocero presidencial, Miguel Núñez, a quien los ciudadanos no le conocen la voz. Es verdad que Núñez renunció a su cargo hace un tiempo, aunque seguramente de haber permanecido como funcionario tampoco hubiese hablado, función primordial en todo el orbe para un vocero presidencial.
La última genialidad de Aníbal F. fue cuando dijo que en el Gobierno de la Ciudad “se están haciendo todos los salames” (mal construida sintácticamente la oración, ministro: lo correcto es decir “todos se están haciendo los salames”), en alusión al problema que enfrenta a la Policía Federal con el poder macrista, interna que tiene el tufillo de estar siendo atizada por el gobierno kirchnerista, al que le espanta la idea de una Policía Metropolitana autónoma.
Todo, en aras de viles y asquerosos intereses políticos. Mientras tanto, se mata, se viola, y se lastima gente en cualquier barrio de cualquier punto del país, sin que nuestros representantes hagan otra cosa que “hacerse los salames”.
No quisiera pensar que en lugar de “salames” pudieran ser cómplices. Sería mucho más grave. Se puede ser cómplice por acción o por omisión, por desidia o por incapacidad.
El reciente paso por el Taj Mahal no parece haber sacudido la sensibilidad presidencial. Cristina Fernández de Kirchner se preocupa más por abrazar en público a Milagro Sala, una suerte de comandante piquetera jujeña, que de prestar atención a la terrible sucesión de muertes que su gobierno errático e ineficaz no es capaz de frenar, y mucho menos de evitar.
Es verdad que los aviones no paran frente a un semáforo donde puede estar agazapada la muerte. Pero suponemos que la Presidenta lee los diarios y ve televisión, aunque se declare “cinéfila”.
Imaginemos que el problema de la inseguridad expone groseramente la falta de ideas y la incapacidad kirchnerista. Sobran ejemplos en el mundo para bucear de qué manera combatir el crimen. Con un poco de humildad e interés por la consulta, pueden avanzarse unos cuantos pasos hacia adelante.
Las cortinas de humo que se arrojan desde el oficialismo para no hacerlo son varias: el supuesto garantismo, la inimputabilidad de los menores o la creciente marginalidad, que alimentan fundamentalmente los gobiernos deshonestos.
Que la gilada se coma esas galletitas, mientras el oficialismo gana tiempo para diseñar la Reforma Política, movida tan imprescindible para la salud de la República como la Ley de Medios.
Señora Presidenta, doctor Kirchner, doctor Fernández: ¿Cuánto vale para ustedes una vida en la Argentina? O, dicho más crudamente: ¿Cuánto les importa a ustedes que muera tanta gente inocente a la que deberían brindarle seguridad? ¿Cómo se califica el accionar de quienes deben proteger a una sociedad y, en cambio, la sumen en la más profunda indefensión?
Y ustedes, provectos miembros de la Justicia, ¿también se “están haciendo los salames”? Si, con semejantes urgencias sociales, para la Suprema Corte de Justicia la prioridad es la despenalización por la tenencia de marihuana para uso personal, estamos en serios problemas.
¿Dónde están los jueces, los fiscales o los abogados, que bien podrían actuar de oficio en cualquiera de estos casos de inseguridad, e incluso exigir al gobierno que custodie la vida de los ciudadanos que solventan sus abultados sueldos?
No, claro. Es mejor “hacerse los salames”, seguir cobrando puntualmente el sueldo, mover algunos papeles de lugar durante la semana, quejarse por la falta de medios y esperar el ansiado día en que llegue la voluminosa jubilación por los servicios prestados a la sociedad.
Será el momento de abandonar el Juzgado, para pasar a disertar en el Colegio de Abogados más cercano a sus domicilios sobre alguna insípida modificación procesal. Ya estarán grandes (y cansados) para hacer lo que no hicieron cuando debieron hacerlo.
La pata de la mesa que falta es la Policía, sobre la que huelgan los comentarios. Un cóctel de incapacidad (nuevamente), corrupción y corporativismo nunca será sano para el cuerpo de una nación.
¿Y la oposición política? La definición de Roberto Pettinato en “Clarín” (disculpen ustedes, compatriotas kirchneristas) del viernes 30 de octubre es exquisita: “Una reflexión: ¿puede ser que tengamos un Gobierno que hace las mil y una para que la oposición se una contra ellos, y así y todo… no lo pueden lograr?
Textos como éste, desde el apolillado ideario kirchnerista (en el caso que existiese) pasará a ser considerado un “panfleto de derecha”, como si la vida humana debiera ser garantizada o defendida según su ideología.
Lo saben, pero prefieren “hacerse los salames”.
Es cierto que había una época en la que quienes se decían de derecha parecían acumular todos los pecados, mientras los que se reconocían de izquierda o de centro-izquierda, ofrecían, por lo menos, una cierta imagen de honestidad y decoro. Hoy, la codicia los unió en matrimonio.
Los hijos de esa pareja deambulan por esta sociedad indefensa, temerosa y a punto de ebullición.

jueves, 22 de octubre de 2009

EL EQUIPO DE NADIE


Confundidos como estamos los argentinos, hay cancha propicia para que cualquiera que sostenga, como yo, que la Selección Argentina de Fútbol que dirige Diego Maradona no sólo carece de línea de juego o estrategia alguna, sino que es la peor que me tocó ver en los muchos años que llevo siguiendo de cerca el fútbol, sea tildado de “antiargentino”.
Como si la nacionalidad sólo estuviera expuesta en las opiniones: a favor, los argentinos; en contra, los antiargentinos.
La Selección Argentina, que alguna vez fue definida como “el equipo de todos”, hoy, indiscutiblemente, no representa a nadie. Salvo a los mezquinos intereses personales de quienes manejan sus hilos con impunidad.
Seguramente deben ser buenos argentinos los que formaron la pléyade VIP que viajó en un avión de Aerolíneas Argentinas, entre los que se encontraría el titular de la empresa Mariano Recalde, Facundo Moyano, uno de los hijos de Hugo (el líder camionero no, pues le teme a los aviones), un legislador y algunos otros dirigentes de variada gama.
La nave cubrió el trayecto Buenos Aires-Montevideo y viceversa, el pasado miércoles 14 de octubre, cuando la selección nacional jugó con su similar uruguaya. Estos buenos argentinos fueron premiados, vaya a saber por qué, con un vuelo fuera de los servicios de rutina. La empresa intentó desmentir lo evidente: que se trató de un vuelo charter. En un acto ya por demás grosero, aseguró, además, que cada uno de los pasajeros habría pagado su pasaje.
El nivel de impunidad que impuso a la vida pública y política el kirchnerismo asquea, denigra cualquier rasgo de decoro y condena a los legítimos buenos argentinos a tolerar estos desatinos como lo más normal, cuando no lo son. Claro, no lo serían en un país civilizado, que respeta las instituciones democráticas. Pero esto sucedió en la Argentina, donde los que conspiran contra la patria son quienes critican un seleccionado de fútbol y no quienes saquean los dineros públicos y enlodan la Constitución Nacional.
En su columna de lanación.com, el periodista Cristian Grosso cita la opinión de algunos ex futbolistas y entrenadores entre los que se cuentan uno de los jugadores más completos (si no el más) de las últimas décadas, el holandés Johann Cruyff; el mejor entrenador argentino, César Luis Menotti y otro talentoso director técnico que se reconoce (y lo es) “discípulo” del Flaco, Ángel Cappa.
Inmensamente capacitados para opinar sobre el tema y con una evidente intención de construir positivamente, espero que no se los tilde de “antiargentinos” por expresar su pensamiento, incluidos José Pekerman y Diego Simeone, que también dan su parecer. Cito a continuación algunos párrafos de la nota:

"El fútbol es un juego de equipo por más calidad que tú atesores. Y para que ésta destaque, la gente que te rodea ha de hacer lo máximo para aprovechar lo mejor de ti. Argentina no lo hace con Messi y lo peor es que o no lo ven o no quieren verlo", analizó Johan Cruyff en su columna de El Periódico de Catalunya. Bajo el perseguido criterio de Maradona, al fabuloso volante holandés sería sencillo encontrarlo en el rubro "antiargentino". Pero otras voces, que comparten la nacionalidad con Maradona, también se han animado a saltar el círculo de obsecuencia. Con criterio constructivo, animados por la mirada del sentido común. Menotti, Simeone, Cappa y Pekerman, cuatro apellidos habilitados que eludieron la demagogia barata, la obediencia rastrera. Nombres que no les han temido a los latigazos de una lengua escabrosa.
"Esta selección de Argentina anduvo sin ideas, errante, turbulenta. Demasiado poco para tanta historia. Argentina está condenada a seguir de esta manera", advirtió César Luis Menotti en su espacio habitual para Global Media Service. Y se entregó a un futuro sombrío. "Diego no es el problema. O todo el problema. Yo lo veo capacitado; lleva toda la vida en el fútbol. Otra cosa, y la desconozco, es que sepa transmitir su propuesta a los jugadores", señaló Diego Simeone en una entrevista con el diario As, de España. Y al Cholo siempre hay que seguirlo con atención, nunca dice nada por casualidad. "Los últimos cruces revelan que no hay coherencia en el cuerpo técnico de la selección, lo cual es muy peligroso en un momento tan complicado como éste", observó Angel Cappa. Cuatro referencias con las que no hay obligación de coincidir, pero el ejercicio de al menos atenderlas no convendría desperdiciar.
José Pekerman, para el diario español El País, ofreció un análisis más abarcativo, que incluyó estructuras devastadas en el fútbol argentino. Una plataforma decadente a la que Maradona se asoció con su aporte demoledor. "Hemos regresado al modelo vigente en las décadas del 50, 60 y 70, cuando el fútbol nacional vivía en la autoindulgencia, librado a la improvisación y a la aparición espontánea de superdotados", apuntó el entrenador de la selección en la Copa de Alemania. Y también acentuó que "en Argentina predominan ahora la desconfianza en el trabajo y la rentabilidad sin esfuerzo".

Personalmente, me resulta mucho más enriquecedor leer a gente lúcida, que escuchar las enconadas, absurdas y afiebradas defensas sobre el ícono maradoniano que realizaron Luis D’Elía (“A Diego lo atacan por ser negro y villero”) y Alejandro Dolina, quien también se refirió, por cierto con mucha mayor entidad intelectual que el piquetero K, a un supuesto ataque clasista por el origen social de Maradona.
De todas formas, lo preocupante para Dolina debería ser compartir el podio con D’Elía. Aunque al autor de “Crónicas del Ángel Gris” no parece preocuparle demasiado.
Si se mensura lo que, en algún momento, significó Dolina para el panorama cultural argentino y lo que representa hoy la figura de D’Elía, la preocupación resulta genuina.

TODO TIENE QUE VER CON TODO


Nada es casual.
Y todo tiene que ver con todo.
El entrenador de la Selección Argentina, Diego Armando Maradona, tan arisco para con la prensa en general, a punto tal de denostarla con groserías luego de la inexplicable (futbolísticamente hablando) clasificación para el Mundial de Sudáfrica 2010, volvió a un estudio de televisión y no para reeditar “La Noche del 10”.
Es verdad que cuesta ubicar dentro del rótulo “programa periodístico” el esperpento “6 en el 7 a las 8”, magazine hiperkirchnerista que se transmite de lunes a viernes a las 20 por la Televisión Oficialista, en el que se presentó el ex jugador.
Ideado por Diego Gvirtz (futuro Gerente de Programación de Canal 7 y responsable de otro ciclo ultra K: “Televisión Registrada”), el envío reúne a seis personas, algunas de las cuales tienen o tuvieron algún roce con el periodismo. En ciertos casos, desde el punto de su formación, con resultados francamente desalentadores. Poco importa. Su función en este telefelpudo K es fogonear la Ley de Medios, presentar informes sesgados y capciosos sobre una realidad en la cual todos los críticos al kirchnerismo son viles desestabilizadores, o bien burlarse de quienes no piensan como sus patrones.
Para ironizar, conviene tener una estatura profesional y un ingenio que en estos personajes no se encuentra ni pidiéndole prestada la lupa a Sherlock Holmes.
Una buena movilera no siempre deviene eficaz conductora. Cuando se tienen indiscutibles cualidades para la difícil tarea de obtener información en ámbitos hostiles, ningún salario, por abultado que fuera, justifica rifar esas condiciones para ponerse al mando de un barco con proa fija, donde el timón lo maneja algún inescrupuloso capitán, que hoy es oficialista y cuando cambie el gobierno seguirá siéndolo.
El probable “anciano sabio” pasa de sus intrincadas metáforas borgeanas a la más llana de las boberías. Lejos quedó aquella década de los '90 en la cual secundaba a otro patrón, por ese entonces menemista y dueño del multimedios en el que trabajaba. Se supone que su viraje al kirchenerismo y su aborrecimiento a la concentración de medios deben interpretarse como un signo de evolución. Los intelectuales, en el caso de que lo fuera, no cometen el pecado de ser oportunistas. ¿O sí?
Algo similar sugiere la morocha de mirada dura y rictus denunciante de tránsito lento. Luego de un comienzo gráfico en revista progre, tuvo su mejor cuarto de hora en un diario otrora vanguardista y hoy oficialista, que alguna vez, según se dijo, fue "tonificado" por el aporte del grupo empresario al que Don Néstor prefiere combatir antes que al capital. Un repentino ataque de disciplinamiento pingüino la envalentonó para señalar conspiradores por todas partes, recordar apolillados apotegmas y tensar la mandíbulas en inequívoca advertencia de “no pasarán”. Y de puro modesta y abnegada en su labor, decidió renunciar a la foto de prensa del canal, que ilustra el presente texto. ¿O se olvidaron de avisarle?
La rubia panelista es otra muestra de curiosa metamorfosis mediática. Antes de dedicarse a detectar periodistas infieles al modelo, sus obsesiones investigativas eran más mundanas: desde el cunnilingüis, pasando por el travestismo, sin olvidar el fetichismo o el masoquismo, entre otras "delicias" terrenales. Cualquiera puede tener la saludable cualidad del deseo de progreso. Como también la imperiosa necesidad de colgarse de lo que venga para tener pantalla. Vaya uno a saber.
De los muchachos que faltan, uno pintaba bien, manejando con criterio la actualidad en la informalidad matutina, pero ahora se la creyó. Es muy probable que si Tom Wolfe quisiera entrevistarlo, le pidiese al creador del Nuevo Periodismo que le enviara previamente su currículum.
El restante es tan indefinible e inexplicable como el sistema de juego de la Selección Nacional de Fútbol. Tiene menos imagen televisiva que King Kong durante el incendio de Nueva York, no se le entiende lo que habla y hasta que redondea una idea (es un decir) ya están con la tanda encima (obviamente, comerciales panfletarios sobre la conveniencia de la Ley de Medios y la pavorosa maldad de aquellos que osen querer discutir un punto o una coma de la misma).
El ciclo más bizarro de la televisión vernácula nunca incluye en sus informes críticos algún programa de la grilla de la Televisión Oficialista. Sería digno de Ripley: antes de sancionada la Ley de Miedos (no hay error de digitación), cuando solamente se mencionó la posibilidad de hablar sobre el escandaloso crecimiento patrimonial del matrimonio imperial durante 2008, el programa salió abruptamente del aire para dar paso a una publicidad. Al regresar al estudio, se prometió la continuidad del tema al día siguiente y se bajó la persiana, aunque faltara media hora de programa. Huelga decir que en la siguiente emisión ni siquiera se mencionó la buena suerte con que los Kirchner manejan sus negocios particulares.
Tal vez por todo esto, Maradona, que siempre está un paso adelante del común de los mortales, aceptó el convite. Porque estos muchachos y muchachas son como él. Nadie les impone nada. Como a él, nadie se atreve siquiera a sugerirles nada.
En “6 en el 7 a las 8“ se respira tolerancia, pluralidad y optimismo. No se pone en tela de juicio ni a la Presidenta ni a Don Julio, con quienes Diego compartió la foto cuando Don Néstor, el inesperado aliado del mandamás del fútbol argentino, tramó junto con él la socialización del balompié televisado.
Era el ámbito apropiado para que Maradona, quien ratificó la semana pasada que entre él y Bilardo reinaba la más absoluta armonía, denunciara que el actual manager de la Selección está complotando contra Grondona (Julio, no Mariano) para quedarse con el preciado sillón de la Asociación del Fútbol Argentino.
Nada es casual y todo tiene que ver con todo.
¿O no?