jueves, 16 de agosto de 2007

PALABRAS


Desde que la candidata oficialista, Cristina Fernández de Kirchner, comenzó con sus actos de campaña, el comentario unánime de su grupo periférico de obsecuentes es la brillantez de su prosa.
Curiosa virtud para quien se enfrenta ante la posibilidad del ejercicio máximo de poder en la vida democrática. Allí donde mandan los hechos y se esfuman las palabras. O, por lo menos, donde es conveniente utilizarlas con moderación.
El gesto crispado, la voz cascada, el tono admonitorio son incuestionablemente “Kristinianos”. Y no coinciden con la idea que tenemos algunos de la moderación.
En los comienzos del siglo pasado, una oratoria política deslumbrante aseguraba un auditorio extasiado y un respeto de por vida para el expositor.
En tiempos en que la gente se aturde con i pods o celulares conectados con la NASA, se valoran más los contenidos que las formas.
Es probable que la Primera Dama tenga una verba florida.
En ese terreno, prefiero a Enrique Pinti pues, además de su formidable capacidad de observación y su brillante oratoria, me resulta divertido.
La Primera Dama no.
Si utilizarámos el parámetro de los obsecuentes kristinistas, Pinti sería Presidente de la República.
Votos no le faltarían.
Pero Pinti es un hombre sensato. Sospecho que no cambiaría el Maipo por Balcarce 50.
¿No resulta insultante para la inteligencia de millones de argentinos pensar que, porque una señora un tanto exaltada (en realidad me gustaría escribir otra cosa, pero hoy estoy moderado) maneja bien una prosa cuidadosamente estudiada, la alcanza para ser la indiscutible conductora de los próximos cuatros años de vida institucional?
Hasta el momento, no conozco una persona de mi entorno, o fuera de él, que haya manifestado su intención de voto por la actual senadora.
Aunque, como consigné en otro texto, sólo dos personas, hasta hoy, se hicieron cargo de su voto por un presidente que, en el pasado, ganó tres elecciones.
Una de las mayores miserias argentinas es la cobardía.
“Yo no sabía”. “Algo habrán hecho”. “Él se lo buscó”. “Mirá, yo no sé de qué se quejan; a mí me va bien”.
Si en nuestro ombligo no se producen turbulencias, la Argentina es un vergel.
No miramos hacia los costados ni en las bocacalles.
Así nos va.
Desviamos raudamente la vista en las estaciones de tren, subte o en las calles. Los que duermen sobre cartones, cobijados por frazadas mugrientas son los “excluidos del sistema”. Una definición economicista que obra como anestésico espiritual.
Y la vida sigue.
Chaco o Misiones están a demasiados kilómetros del Obelisco. Mientras en ésas, y en muchas otras provincias, hay gente muriendo por desnutrición, el oficialismo celebra el boom turístico que asuela Capital Federal y engrosa el Tesoro Nacional.
Contra sejemante asquerosidad, no existe oratoria posible.
En mi barrio natal, Villa Galicia (Temperley), se me ocurre que a mucha de la buena gente que la puebla, seguramente se le ocurrió que cualquiera de esas provincias conformarían un destino digno para el indigno contenido de la valija voladora.
Debo admitir que algunos de mis vecinos es probable que no hayan leído a Gramsci ni interpretado a MacLuhan, como me citó –patéticamente- durante una entrevista radial un diputado oficialista, cuando hablábamos de pobreza.
Se puede hablar sobre lo que se desconoce. Pero no se debe. En esos casos, el ridículo siempre está el acecho. Y gana la partida. Los oyentes se encargaron de ratificarlo aquella vez.
De modo que si vamos a elegir candidatos por la riqueza de su prosa, me quedo, simbólicamente, con Roberto Alrt.
El que se recostaba sobre su silla con los pies sobre el escritorio y despreciaba con virulencia los obscenos perfumes de la ostentación. El que, con el eterno pucho en los labios, miraba y retrataba. El que no pactaba con el sistema. El que señalaba y maltrataba con la palabra a quienes se lo merecían.
Los mismos que lo despreciaban a él, argumentando que escribía con faltas de ortografía y errores de sintaxis una literatura popular y pueril.
Hoy, “Los siete locos”, “Los lanzallamas”, “El juguete rabioso”, “El amor brujo” y las Aguafuertes Porteñas certifican la genialidad del escritor “al que le faltaba estilo”. Y condenan la debilidad de las argumentaciones de sus detractores.
Los tiempos no han cambiado demasiado.
Aunque el bombo haya desaparecido forzadamente y se admire a Silvio Rodríguez, la demagogia político-marketinera indica que, para la campaña, son más funcionales los acordes de Néstor en Bloque.
Por eso, el lanzamiento Kapitalino se pareció más a un recital de Shirley Bassey y Tony Bennett que a un acto proselitista.
Sobró glamour, megalomanía, arrogancia.
Faltó sensibilidad, sobriedad, respeto.
Imposible esperar que el olmo dé peras.
Hay que esforzarse por entender el giro de la historia.
El cambio recién comienza.
Carlos Algeri

viernes, 10 de agosto de 2007

FUENTEOVEJUNA

Vivir en la Argentina requiere un cuidadoso estado atlético y emocional.
Cansa, agobia.
Uno no termina de reponerse del curioso reemplazo que la ex ministra de Economía, Felisa Miceli, hizo de la vieja Libreta de Ahorro por el baño contiguo al que era su despacho privado, cuando ya lo espera otra sorpresa . Un empresario venezolano previsor, que no confía (con razón) en los bancos argentinos, decidió traer 800.000 dólares en efectivo en un maletín.
El viaje no fue demasiado riesgoso: un vuelo charter desde Venezuela (que costó miles de dólares), y acompañantes argentinos con responsabilidades en ministerios o empresas estatales.
Alguno, forzozamente, tuvo que renunciar. Pero el hombre del maletín partió raudamente. Tanto, que los dólares quedaron esperándolo en el Banco Nación.
Es sabido que, en la Argentina, ningún lugar es más seguro que un banco para custodiar dinero ajeno. Los bonistas y ahorristas protestones,está comprobado, son conspiradores encubiertos.
Por las dudas, el presidente Néstor Kirchner aclaró en un acto que: “Si hay un gobierno que combate a la corrupción, es éste”. Es decir, el suyo.
Podemos quedarnos tranquilos, entonces.
Por si hiciera falta, Aníbal Fernández está dispuesto a repetir hasta el infinito que, cualquier imputación en contra del kirchnerismo, forma parte de una conspiración.
Suponemos que, con la misma celeridad con la que fue destituido el juez Tiscornia (quien copiaba citas textuales de causas judiciales en sus dictámenes), van a progresar otras investigaciones.
La de Miceli, o las acusaciones contra la Secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti que, como buena descendiente de italianos, pensó: “Lo primero es la familia”. Y allí aparecieron parientes (sanguíneos y políticos), cobrando suculentos salarios en la dependencia que orienta la ex asambleísta de Gualeguaychú.
Un dato insidioso: Tiscornia, además de copiar expedientes, ordenó una investigación sobre la Ministra de Defensa, Nilda Garré, por presunto tráfico de armas.
¿Ven? Otra especulación conspirativa. Ante cualquier duda, consultar con Aníbal Fernández.
Y eso que el caso Skanska ya se resolvió.
¿O se olvidó?
No todas son pálidas. La candidata oficialista, Cristina Fernández de Kirchner habló con la prensa.
Extranjera.
Fue en un reportaje con Carmen Aristegui para la CNN. Se realizó en México, donde la periodista y la senadora elaboraron en poses, actitudes y contenidos, una charla más apropiada para Cosmopolitan que para la señal informativa norteamericana.
Un colega se preguntaba, en estas horas, cuánto incidiría en la imagen de la candidata la vergonzante retahíla de escándalos de corrupción que, en un país civilizado, hubiesen terminado con el gobierno.
Pero estamos en la Argentina.
O en Fuenteovejuna.
Aquí las cosas pasan, pero no pasan.
Las calamidades no tienen responsables. La culpa es de todos. O sea, de ninguno.
Una docena de indígenas de una provincia del noroeste murieron por desnutrición, muy cerca de otra provincia en la que la hermana del presidente, hace unos meses, regalaba electrodomésticos a cambio de votos.
Un par de semanas antes de la muerte de los aborígenes, un periodista mostró las tremendas imágenes que preanunciaban la tragedia. En las esferas oficiales nadie se hizo cargo. Seguramente estaban muy atareados analizando las últimas encuestas.
En Fuenteovejuna-Argentina, conozco sólo dos personas que admiten haber votado a un ex presidente que ganó, no hace mucho, tres elecciones.
Sin embargo, ni los radicales más conspicuos reconocen haber votado a De la Rúa.
Los que gritaban “Que se vayan todos”, compraron con tarjeta de crédito un juego de modernas ollas Essen, con el que reemplazaron a las abolladas, viejas y silenciadas cacerolas.
La oposición está tan desconcertada que no sabe siquiera a qué oponerse o qué nueva excusa buscar para no encontrarse.
Los más jóvenes no creen en nada.
Es entendible.
Oteando el panorama, uno no puede hacer otra cosa que entenderlos.
Los más viejos, obscenamente, tratan de hincarle el diente al hueso de la política, intentando rescatar aunque sea un caracú que los salve para siempre.
De laburar, ni hablar. Eso es para los giles. La política es otra cosa.
La política es, por ejemplo, el INDEC, que difunde los índices de inflación de Canadá, porque en la Argentina de hoy un kilo de papas está cerca de equipararse con el costo de una pepita de oro.
Escépticos hubo siempre. Y los que se resisten al cambio son los peores.
La nueva política no es fácil de entender, pero es buena para los intereses del pueblo.
¿De qué pueblo?
¿De la Argentina o de Fuenteovejuna?
Algo huele a podrido.
Y no precisamente en Dinamarca.
Mucho menos en Fuenteovejuna.
Carlos Algeri

CARITAS


Hace un par de días, en un programa de FM en el que colaboro por vía telefónica y que conduce una amiga, empecé a construir mi despedida.
Deploro la palabra “crítico”. Me considero un periodista que, ocasionalmente, comenta películas. En este caso, hablé de “Tocar el cielo”, de Marcos Carnevale, a la que ubiqué dentro de un cine argentino popular que contrasta con el molde imperante en nuestros cineastas más jóvenes.
Concretamente: en lugar de fotocopiar modelos de marginalidad, y deleitarse con excesos delictivos y festines con estupefacientes, la película de Carnevale propone algunas preguntas que considero interesantes.
Por ejemplo: ¿Vivimos como queremos o como podemos? Si, como sabemos, la vida es casi un suspiro, ¿no podríamos transitarla un poco mejor y más livianos? ¿Qué legitima hoy en día a una familia? ¿Una rejunte de vínculos sanguíneos o una asociación de voluntades amistosas en las que no entra la careteada? ¿La piedad y el entendimiento no constituyen resonancias elevadas del amor?
Me emocionó el simbolismo naif de los globos: con forma de delfines e inflados con helio, los protagonistas los lanzan al cielo con un papel adosado al hilo y un deseo escrito en él.
Marcos Carnevale me contó que es una ceremonia que realiza todos los años con un grupo de amigos.
Para algunos, seguramente una cursilería. Si la emoción es cursi, entonces anótenme en ese club.
Además de Temperley, soy socio de “Luna de Avellaneda”, “Cinema Paradiso”, “Mediterráneo”, “El hijo de la novia”, “Dos estrellas y un café” y “El gran pez”, por citar algunos ejemplos de mis filiaciones cinematográficas.
Exponentes de lo que yo considero un cine popular.
Enemigos de divagues elitistas sin talento, como los que cultivan varios directores argentinos, que cosechan premios en festivales europeos, pero en la Argentina son una buena cura para el insomnio.
En la mitad de mi comentario, la conductora lanzó su primera perla: “Sabemos que, en materia de cine, la opinión es subjetiva”.
Lástima que André Bazin o Césare Zavattini no estén vivos para abrevar de tamaña revelación.
Al poco tiempo, lanzó la segunda: “Carolina No Sé Cuánto, que está aquí junto a nosotros, no opina lo mismo que vos. Pero, bueno, ya llegará el momento para que diga lo suyo”.
Desciendo de sicilianos, por lo cual la explosión era inminente. No tengo el gusto de conocer a Carolina No Sé Cuánto. En este minúsculo universo que es el periodismo y, mucho más, el “especializado” en cine, jamás la había oído nombrar.
Lejos estoy de creerme la reencarnación de Francois Truffaut, pero entiendo que casi treinta años de ejercicio profesional alimentan algunos derechos adquiridos.
Por ejemplo, que se respete mi opinión. Que, por otra parte, como tal, siempre es subjetiva. En cine o en la materia que sea. Y que Carolina No Sé Cuánto, en lugar de hacer “caritas” en el estudio, empiece a transpirar la camiseta y a instruirse mucho más allá de las modas imperantes.
Doble contra sencillo que si le mencionan a Griffith piensa en una disco o una marca de ropa. Difícil que asocie el apellido con “El nacimiento de una nación”.
Carolina No Sé Cuánto, como muchos otros “críticos”, imagina que un ejército de oyentes, televidentes o lectores está esperando, como el arquero frente al ejecutor del penal, que ella emita su juicio inapelable sobre la película.
Buena o mala (aunque se trate de categorías morales, impropias para una obra de arte), cinco estrellitas, cuatro dedos, tres asteriscos, dos butacas.
Me fastidia y me fatiga este matrimonio espeluznante entre la ignorancia y el arribismo. Y me irrita hasta niveles intolerables. Mis maestros me enseñaron que antes de opinar es preciso saber.
Actualmente, el saber no ocupa ningún lugar. Mucho menos en la cabeza de una buena cantidad de “opinadores”.
Aunque el vendaval estuvo a punto de desatarse cuando la conductora lanzó su inquietud menos refinada: “¿A qué llamás cine popular?”, me preguntó en un tono peligrosamente fronterizo con la chicana.
Un inoportuno corte de energía eléctrica interrumpió oportunamente el diálogo. Mi teléfono inalámbrico emitía un sonido gutural que mantuvo durante una hora, lapso que Edesur nos reservó, a mi familia y a mí, para instruirnos sobre la utilidad de las velas.
De paso, evitó la catástrofe verbal y el fin de una amistad, que estas líneas se encargarán de dinamitar. Existen mujeres especialmente susceptibles.
Considero la honestidad como un postulado fundamental. Creo que “Tocar el cielo” es una película honesta y conmovedora. Me llevó a repensar vínculos, revisar añejas intolerancias, despabilar sueños herrumbrados.
Todo esto conseguí decirlo antes que Edesur me impusiera un forzoso silencio de radio.
Imagino que, en ese momento, Carolina No Sé Cuánto dejó de hacer “caritas” en el estudio.
Carlos Algeri

martes, 31 de julio de 2007

LA PASIÓN NO QUIEBRA


Aclaración (in) necesaria:
Soy hincha de Temperley. Fanático.
El pasado martes 24 de julio de 2007 se cumplieron catorce años de la vuelta al fútbol de mi club, después de más de dos años de suspensión, sin poder jugar oficialmente.
Más de dos años en los que fui hincha de una ilusión, de un recuerdo.
Un tiempo en el que se callaron los gritos, se esfumaron los papelitos, y el inconfundible ruido de los tapones sobre los escalones del túnel se convirtió en un eco fantasmal.
Hasta que la ilusión y el recuerdo se volvieron reales.
Puede que algunas cuestiones no hayan sido exactamente como las cuento. Eso sí: el sentimiento es absolutamente genuino. Miles de personas pueden atestiguarlo.
Alguna vez, Marco Denevi habló de la necesidad de contar historias de gente común en situaciones extraordinarias.
Me gustaría que el siguiente relato cumpliera con esa premisa.





En memoria de un día común,
que para algunos fue tan especial.
Como aquellas caminatas con mi viejo,
que dieron rumbo a mi vida.


Recuerdo que ese sábado caminé más de treinta cuadras. Las que separan mi casa del estadio Alfredo M. Beranger.
No guardo un solo detalle de la travesía. Duró un suspiro. Lo único que me importaba era llegar.
Sí recuerdo la intensa marca de la emoción cuando me encontré con la gente. Un mosaico generacional que levantaba la persiana a dos años, tres meses y once días de orfandad, de espantoso abandono, de vivir a la intemperie.
Los bebés con gorros; los más jóvenes con camisetas; los adultos con banderas; las mujeres con bufandas del color con el que la pasión nos embadurnó el corazón. Y los ancianos con gorras y boinas rescatadas del armario, quitándose cada tanto los lentes para enjugar las lágrimas.
El Tano, panzón y pelado, pero exultante. Como aquellas tardes en las que cruzábamos Finqui, en medio de la semana, soñando con ganarle a alguno de los grandes. O Tati, que ahora es cardiólogo, pero desconoce un tratamiento efectivo para nuestra taquicardia de hinchas.
Marisa, más hermosa que en ese ayer en el que enamoraba con sólo pronunciar una palabra. Un rubio con pinta de travieso que no llega a los cuatro años, grita y salta aferrado a una de sus piernas. Un bebé de unos seis meses y gorrito con pompón celeste, duerme entre sus brazos. Y Mario, que acumuló más amor que cualquiera de nosotros para capturar sus suspiros, la observa embelesado.
Me acomodé en la tribuna y miré en derredor, para confirmar que no es camelo eso de las lágrimas de hombre. Te desgarran las tripas, te duelen en la panza, te agujerean el pecho.
De pronto, giré la cabeza y un cartel casero, con caligrafía temblorosa, me tiró todo el álbum de recuerdos encima: “Cele: si no existís, me muero”.
Fue como proyectar una película fulminante con esos maravillosos momentos que, a lo mejor, uno se lleva a la tumba sin contárselos a nadie.
Como el Rosebud del protagonista de “El ciudadano”. El trineo que las llamas consumen en el final, cuyo valor atesoran solamente el espectador y el protagonista, muerto al principio de la inmensa película de Orson Welles.
La música de fondo no era de Michel Legrand ni de Nino Rota. Llegaba de los barrios vecinos, de Palermo, de Congreso, y de cada uno de los lugares desde donde se arrimaba la gente para armar la fiesta del retorno. Era un grito del corazón que el sentimiento transformaba en melodía.
Podían ser esas tres sílabas que componen el nombre, bien separadas y voceadas desde las entrañas: ¡Tem – per –ley! O el alargado: “Sooooy celeste...” O aquella canción perfumada de gloria, desempolvada después de tanto tiempo: “Porque este año de la Avenida, de la Avenida, salió el nuevo campeón..”
Otra vez los papelitos, las banderas enganchadas en el alambrado, la ubicación de siempre en la tribuna, que tanto extrañábamos. La charla espontánea con el vecino desconocido, el insulto al juez de línea por el off side que no fue, el abominable sabor del café de cancha, que disfrutamos como si lo tomáramos en Champs Ellyses.
La película podía titularse, simplemente, “24 de julio de 1993”, con el permiso del querido e inolvidable Negro Fontanarrosa. O quizá “El día del regreso”. O acaso, jugando con la metáfora, “Colapso de corazones”. Aunque la trama se imponía al título, que no importaba demasiado.
Como tampoco importó que mi camiseta de adolescente, raída por las polillas y demasiado estrecha para mis años, desentonara con la colorida prolijidad de la vestimenta futbolera de la mayoría de mis colegas de tribuna.
Era la camiseta que me había acompañado en partidos memorables: en esa misma tribuna o en los desafíos barriales que, inevitablemente, comenzaban con los pies y terminaban con las manos. La que llevé cuando le ganamos a Boca y a River en nuestro estadio; y también, en aquél epopéyico 3 a 3 contra los xeneixes en cancha de Independiente, cuando a Alejo Escos no le podían quitar la pelota ni a escopetazos.
Entre gritos, apretujones y euforia enfermiza, caí en la cuenta que, para llegar a la cancha había caminado de más.
Dí una vuelta innecesaria desde lo práctico, pero indispensable desde lo emotivo: recorrí el mismo camino que, siendo pibe, hacíamos con mi viejo, cuando no existía el paso bajo nivel y –para evitar el interminable cruce por las infinitas vías y sus cambios- subíamos por el puente de 14 de Julio, y bordeábamos la calle paralela a la estación hasta la Avenida 9 de Julio.
Eran tiempos de fiesta, coronados por los Sugus que el viejo me compraba en el kiosco de Coiro, al costado de la estación. Caminatas con su mano sobre mi hombro, abriéndome la puerta imaginaria de una adultez tan lejana como enigmática.
Y yo, sintiendo como nunca la intensidad de ser hijo de ese tipo melancólico y taciturno que, a su manera, me estaba transmitiendo sus sentimientos de padre.
Imposible olvidarme mientras viva del calor de aquella mano. Aun hoy, después de tantos años, en momentos borrascosos vuelvo a sentir su tibieza sobre el hombro que, a menudo, llega para rescatarme del naufragio.
De aquella tarde me queda, además, el orgullo de descubrir en la cancha las cámaras de “Simplemente Fútbol”, cuando el calor futbolero pasaba por el programa de Quique Wolff.
Sí, orgullo: por nuestro origen, por transformar el sufrimiento en esperanza, por la desaparición del maldito cartel de ese banco de cuyo nombre prefiero olvidarme. Porque el programa de fútbol más importante del momento nos abría una ventanita.
Porque estábamos vivos.
Increíble e inexplicablemente vivos.
Y aquella frase que merecería ser de Shakespeare: “La pasión no quiebra”, eternizada en decenas de trapos y estandarte del movimiento que posibilitaba la vuelta.
Ignoraba que, en medio de ese frenesí de locos de atar, estaban desparramados Enrique, Alberto, Cacho, Charly, Pepe, el Gallego, o el Negro Jorge, el único referí al que –por amigo- no me atrevería a insultar.
Años después llegaría el momento de reunirnos. El tiempo es lento, pero inexorablemente coloca todo en su lugar.
El cielo lucía despejado, sin una sola nube. Era una inmensa bandera que nos cubría a todos. Imaginariamente, le coloqué un escudo con la franja cruzada y sonreí con picardía, pensando que no existía otra en el mundo que se pudiera desplegar tan naturalmente en cualquier parte del planeta.
Nos olvidamos de la categoría infame en la que nos tocó volver. No lamentamos desconocer los apellidos de esos jugadores que –paradójicamente- se estaban metiendo en la historia. Ni siquiera importó el rival.
Lo importante era que estábamos volviendo. Adentro y afuera. Y que ganamos 1 a 0, con gol de alguien (Walter Céspedes) que, con el tiempo, se colocaría al frente de las divisiones inferiores del club para llevarlas a lugares insospechados.
Esas inferiores de las que surgieron, entre otros, el Nene Miramontes, el Tonga Aguirre, el Pitu Cejas y el Torito Hauche. Céspedes iba a continuar siendo protagonista de un partido mucho más largo que aquél del 24 de julio de 1993, cuando hizo el gol del triunfo contra Tristán Suárez en Primera C.
Años después, celebro la posibilidad de escribir estas líneas, imprimirlas, colocarlas dentro de una botella sellada y hacer unos cuantos kilómetros para tirarlas al mar.
Quizá, en el fin de los tiempos, alguien rescate este testimonio del oceáno y se ponga a estudiar con dedicación y profundidad esa enfermedad que nos hizo así: nostálgicos, fanáticos, utópicos.
Quien lo desee, puede investigar y cerciorarse. Las conclusiones resultarán tan irrefutables como un ADN.
Cuando el planeta se convierta en anécdota, se descubrirá que, algún día, pasó por él un grupo de lunáticos idealistas, siempre rendidos al hechizo de una camiseta única e inimitable.
Tanto que, en aquellos tiempos en que el mundo era mundo, cualquiera podía contemplar su belleza e inmensidad alzando, simplemente, la vista hacia el cielo diáfano.

APARECIÓ EL SER NACIONAL

La búsqueda que, durante años desveló a los militares, finalizó el jueves 19 de julio de 2007. El tan mentado y desconocido ser nacional apareció en medio de curiosas mixturas que atraviesan la historia argentina.
En el recoleto escenario del Teatro Argentino de La Plata, la candidata oficial se lanzó al ruedo electoral con fondo de cumbia K. Lejos quedaron aquellos tiempos en los que la senadora cantaba extasiada las canciones de Silvio Rodríguez, escuchando al trovador cubano en el escenario de Plaza de Mayo.
El ser nacional impone raíces más autóctonas que el tango y el folklore. Se viene la era de la cumbia pingüina, ojalá que sin Aníbal y Alberto Fernández haciendo coros. Puede que aparezcan para los tonos de fondo León Gieco, Teresa Parodi o Víctor Heredia, entre otros intelectuales que votaron por Daniel Filmus en la elección porteña. El propio Filmus destacó que su mayor orgullo fue haber recibido el sufragio de “la gente que piensa”.
Pero ahora que el cambio recién comienza, no debe extrañar que adhieran a la candidatura presidencial de Cristina Kirchner grupos como Damas Gratis, Los Pibes Chorros, Néstor en Bloque, o cantantes como Leo Mattioli o el devaluado Daniel Agostini. Los nuevos intelectuales vienen marchando.
El ser nacional, descubrimiento del progresismo K cuya paternidad seguramente pronto conoceremos, se alimenta de la diversidad. Y no sólo musical. Que las apariencias no nos sigan engañando. Un champagne extra brut no sabe tan auténtico y argentino como un tinto de damajuana. París y Villa Soldati no se diferencian tanto como algunos nos quieren hacer creer. El más delicado de los perfumes franceses sucumbe ante el ácido, pero honesto, tufillo a sudor de cualquier operario argentino que sueña con veranear en Santa Teresita.
Hoy, por fin, hallamos la esencia del ser nacional en nuestro máxima neurosis deportiva: el fútbol. Bilardo o el fracaso. Volvé, pedían los carteles que ese mismo 17 de julio tapizaban la Capital Federal. La única verdad es la realidad. El agua cristalina de una pileta de Maracaibo no le llega ni a los talones, en lo que a resultados se refiere, al bidón con agua podrida que originó colapsos intestinales varios a los jugadores brasileños en aquél partido mundialista en el que ganamos uno a cero.
Basta de esa tontera del fair play, de entrenadores que desdramaticen todo, que no generen una ola de triunfalismo deportivo capaz de llevarse de la playa de Mayo algunos vidrios en la arena.
¡Qué distinta hubiese sido una segunda quincena de julio con la gente recibiendo a un seleccionado campéon de América, recorriendo en ómnibus descapotable las calles porteñas sin piquetes!
Felisa Miceli hubiese podido renunciar en paz, mientras el plantel saludaba en el balcón. Los medios periodísticos hubieran exaltado los valores de nuestros players, en lugar de andar hurgando detrás de Romina Picolotti o de averiguar si la Ministra de Defensa, Nilda Garré, está involucrada o no en un contrabando de armas.
El fin justifica los medios. Para qué tanta cantinela de jugadores con la familia, de rostros sonrientes y relajados, de deportistas atentos con la prensa. Nuestro ser nacional pide otra cosa: profesionales insomnes de tanto mirar videos de equipos adversarios, rostros crispados como el de Russell Crowe en Gladiador, y el cuchillo entre los dientes para salir a combatir. Porque de eso se trata el fútbol: de una batalla por el honor. Si no, ¿para qué tocan los himnos antes de cada partido? De paso, con el advenimiento de la cumbia pingüina, ¿se viene un remixado al tono del clásico de Vicente López y Planes y Blas Parera?
Era inevitable. Algún día el ser nacional iba a aparecer. Ese día llegó. Podemos festejarlo o ignorarlo.
Los argentinos somos capaces de soportar cualquier cosa.
Inclusive, el ridículo.

EJEMPLOS

Los hipócritas de la moral mediática armaron su festín.
Los noticieros de la tevé argentina difundieron las imágenes de Pitty Álvarez, cantante del grupo Intoxicados, y de un amigo, saliendo mambeados de una comisaría en la que estuvieron detenidos por posesión de drogas.
Seguramente, la misma seccional que convocó a la prensa para que registrara tan resonante acontecimiento.
Para colgarse medallas de lata, la policía tiene una celeridad inversamente proporcional a su capacidad para resolver sus labores específicas.
Pero la carnada era buena para los cuervos de ese pseudoperiodismo que avergüenza y ofende a los genuinos periodistas.
Escuché hasta donde aguanté (poco, por cierto) al del Proyecto..., levantando el índice para presentar un abominable informe sobre los peligros que Álvarez y la prédica de su grupo representan para la juventud argentina que, como todos sabemos, consume merca, se mata a trompadas cada vez que puede, y se coloca al borde del coma alcohólico sólo cuando escucha las declaraciones de Pitty, o alguna canción de Intoxicados.
Nadie más autorizado moralmente que el del Proyecto... para bajar línea.
Hombre de intachable trayectoria, nunca transó con la dictadura, ni dirigió revistas frívolas, ni engaño a millones de lectores anunciando en tapa Estamos ganando una guerra absurda de la que nadie se hizo cargo.
No, esas labores sucias las cumplieron otros. Armando cortinas de humo con publicaciones que mostraban tetas y culos hasta donde permitía la incorruptible moral castrense, y diseñando tapas con los personajes del año. Algunos, tan proclives a la falopa como Pitty, pero carentes de la sinceridad y el desparpajo del músico.
Para colmo, Pitty consume paco, la droga de los marginales, de los limados, de los que están más del otro lado que de éste.
De una estrella de rock uno debe esperar, por lo menos, un consumo más chic: cocaína, algo de ácido, acaso éxtasis.
Hoy, la globalización exige que los artistas guarden cierto glamour a la hora de darse.
Tiene razón el del Proyecto... en advertirle a usted, señor televidente, que tenga cuidado con las canciones que escucha su hijo. El peligro es la imitación de la conducta de los ídolos.
El verdadero riesgo es ése y no los que manejan el gran negocio, sus cómplices, y una sociedad que observa aliviada cómo la fatalidad toca a las puertas de otro y no a la propia.
En la Argentina de hoy, los ejecutivos sólo consumen agua mineral, los políticos saborean jugos de frutas, los gremialistas devoran antiácidos de tanto tomar mate, y los periodistas (aún los que bastardean la profesión) son consumidores compulsivos de yogurt bajas calorías.
Todos ellos, lo más blanco que vieron en sus vidas fue una servilleta de papel.
En contra de lo intelectualmente correcto, no comparto ni celebro el universo de la drogas. Ergo, detesto su apología.
Eso sí: le daría un destino menos televisivo y un poco más vulgar al índice del conductor del Proyecto...
Poco me importa si Pitty se droga o ingiere comida podrida.
Canciones como Está saliendo el sol o Fuego, me conmueven cada vez que las escucho.
Del mismo modo que me invade un asco irrefrenable cuando algunos personajes siniestros apostrofan delante de una cámara, o los hipócritas de siempre (y los nuevos) aseguran desde un escenario que hoy estamos mejor que ayer. O prometen que mañana nos irá mejor que hoy.
Contra ésos habría que prevenir no sólo a los televidentes, sino a todos los ciudadanos.
Llevaría mucho tiempo y esfuerzo encontrar peores ejemplos que ellos para los hijos de este suelo.

EL VERDADERO FENÓMENO

Cuentan que en las librerías más renombradas de la calle Corrientes es imposible conseguir un libro de Roberto Fontanarrosa.
No se puede dudar que la muerte infunde un respeto reverencial. Doble contra sencillo que, entre los voraces compradores, la pulsión de esnobismo supera ampliamente a la curiosidad literaria.
En la Argentina se venden libros que escasas veces se leen.
Me animaría a afirmar con mínima posibilidad de error que, en muchos de esos compradores compulsivos, la ignorancia de la obra literaria del Negro es total. Para algunos, era sólo el creador de Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso.
Pero, crónicas periodísticas de por medio, los tipos y tipas se enteraron que el rosarino fanático hincha de Central escribía cuentos y novelas. Enhorabuena si su muerte (maldita muerte, que siempre gana la partida) sirve para agigantar su legión de lectores y acercar su obra a los neófitos.
Aunque tengo mis reparos. J. K. Rowling, una pésima escritora que nunca pretendió serlo, un día garabateó en un bar las primeras líneas de un bodrio pseudoliterario que la convirtió en multimillonaria: Harry Potter.
Mientras su fortuna se incrementaba, hubo una acusación de plagio que –mágicamente, para estar de acuerdo con la trama de sus libros- desapareció. O fue silenciada.
Podemos suponer cómo.
Y por qué.
Bien.
Harry Potter está considerado un fenómeno. Destinado a los chicos pero que también disfrutan los grandes, según el marketing editorial.
Con qué poca cosa se construye un fenómeno comercial.
Pensar que Emilio Salgari con Sandokán, el Tigre de la Malasia, o Jack London con El llamado de la selva tuvieron que pensar a destajo y sudar la gota gorda para construir dos obras imponentes para quien las quiera leer, sin distinción de edad.
Pero, claro, ni Salgari ni London generaban filas extra large en las librerías dos o tres días antes de la salida de sus novelas. Eran otros tiempos, con otra calidad de escritores. Y de lectores.
Hoy, la televisión, la radio, internet y el cine, son capaces de hacernos creer que Rowling es una escritora, mote que comparte con, por ejemplo, Jane Austen y Virginia Woolf, por citar dos ejemplos calificados.
Un exceso, sin duda. O una desvergüenza, quizá.
Tanto como considerar que la venta de los libros del Negro Fontanarrosa en estos días pueden constituir un fenómeno literario.
Con su talento, con su sencillez, con su prosa engañosamente simple y profunda, el Negro excede cualquier especulación periodística facilista.
Mucho sudor y bastante tableteo van a tener que correr por las computadoras para superar una maravilla como 19 de diciembre de 1971. Sí, el cuento del viejo Casale, personaje que no existió pero que, a esta altura del partido, es inútil remarcarlo. No faltarán quienes aseguren que lo conocieron y hasta lo acompañaron en el viaje hacia la cancha de River, cuando Rosario Central le ganó uno a cero a Newells Old Boys con la palomita de Aldo Pedro Poy.
¿Quién podrá recrear la maestría descriptiva, el clima de insoportable tensión de La observación de los pájaros? Un domingo con Rosario en silencio, respirando apenas a través de los potenciales sonidos que genera el clásico rosarino (Central-Newells) en las exclamaciones de la gente, por la radio o por un petardo que estalla.
Cité dos cuentos de fútbol porque siempre me disparo para ese lado. Soy un bicho de tablón, no hay caso.
Sin embargo, el Negro tiene en la atmósfera alucinante de Desde el foso un cuento que Joseph Conrad y Edgard Allan Poe hubiesen aplaudido de pie y al unísono. Por momentos, uno piensa que está leyendo El corazón de las tinieblas. Después duda, y cree que se trata de El pozo y el péndulo.
Pero no, nada de eso: es un Fontanarrosa puro. De cabo a rabo.
Si un uno por ciento de estos compradores se convierte en lectores, tendrá razón otro rosarino. Ése que canta ¿Quién dijo que todo está perdido...?
Por las dudas, estas próximas semanas prescindiré de andar con Nada del otro mundo, Te digo más o El rey de la milonga en los viajes en tren, algo habitual en mí.
Entre novela y novela, alterno con un libro de cuentos del Negro, para oxigenarme y reirme sin pruritos en medio de vagones atestados.
Entonces, aprovecho la pausa. En estos días, estoy saldando una vieja deuda con otro coloso, Ernest Hemingway: Por quién doblan las campanas.
Prescindiré, por el momento, de Fontanarrosa. Nunca se sabe cuán cerca pueden estar los lunáticos. No seré yo quien contribuya a alimentarles la confusión de este fenómeno marketinero, artificial y sofista.
El verdadero fenómeno es el Negro.