jueves, 31 de enero de 2013

OSCURA EN TODO SENTIDO


Ideológicamente perversa, cinematográficamente excedida en metraje y moralmente repudiable.

Estas son algunas de las tantas definiciones, amables por cierto, que pueden escribirse sobre  La noche más oscura, la película de Kathryn Bigelow que cuenta con varias nominaciones para los próximos premios Oscar y la posibilidad concreta de alzarse con varios de ellos, probabilidad nada preocupante, ya que es sabido el criterio político que impera en cada voto de los miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

Lo que merece un serio estudio sociológico es que esta impresentable justificación fílmica de la cacería y muerte de Osama Bin Laden, esta burda apología de la violencia, sea una de las películas más vistas en este momento en los Estados Unidos. Que es el mismo país en el cual, cada dos o tres semanas promedio, algún desequilibrado, pistola o rifle en mano, ejecuta un buen número de  inocentes ciudadanos, en un cine, entrando a una escuela o disparando desde un edificio.

¿Es posible que una sociedad que, con películas como La noche más oscura, alienta la masacre del enemigo  se muestre sorprendida por los estallidos de violencia generados en su propio cuerpo social? Quienes al finalizar la película de Bigelow aplauden emocionados el supuesto triunfo del bien sobre el mal, aunque sea (en este caso, innecesariamente) a sangre y fuego, ¿tienen margen de sorpresa o de indignación cuando la espiral de violencia los azota en carne propia?

Desde ya que la responsabilidad del cine en este asunto es acotada, pero no se debe permanecer indiferente al nefasto mensaje que emana de esta película injustificadamente extensa (157 minutos), filmada con un cuantioso presupuesto y una cínica pretensión  cuestionadora (que nunca es tal), fundamentalmente porque el guionista (Mark Boal, también  productor) y la directora tienen menos sutileza que un Tiranosaurio Rex desfilando por la alfombra roja.

Los primeros sesenta minutos de La noche más oscura están compuestos por tres secuencias en las que exponen igual cantidad de sesiones de tortura (¿no bastaba con una?, en todo caso), con un criterio casi documental, en un fallido intento de tomar distancia del hecho.

Lo muestro tal cual es, pero no lo comparto, imagino que habrá pensado torpemente Bigelow, mientras rodaba este desfile de atrocidades inaceptable en una sociedad cada día más azotada por la violencia de todo género. ¿Supondrá esta mujer que su enrevesado y falaz  metamensaje resultaría de fácil acceso para un público como el norteamericano, más preocupado por el tamaño del balde de pochoclos que por la lectura moral de una historia fílmica? De paso, ¿subestima la capacidad intelectual y de comprensión del resto de los habitantes del planeta?

Cualquier espera de atisbo de denuncia se apaga rápidamente: ni mención siquiera de la posibilidad de un autoatentado, ni la complicidad de la CIA en el 11S (ambas cuestiones mencionadas, en su momento, por distintos medios de prensa). Todo es muy torpe y salvaje en esta película: directo y sin elaboración. No importa el costo del exterminio del enemigo. Daños colaterales es el eufemismo que enmascara los crímenes de hombres, mujeres y niños inocentes.

Si quien me lee percibe una volcánica indignación en mi prosa, está en lo cierto. A esta altura de la historia de la humanidad siendo –como soy- un tipo declaradamente antibelicista, enemigo de la lucha armada y de las dictaduras de cualquier signo, me asquea la impunidad con la que uno de los países con mayor participación en los peores crímenes de la humanidad, lejos de intentar una autocrítica y arrimar agua al incendio, le arroja combustible con total impunidad, contando con la complicidad de espectadores idiotizados por la hamburguerización cultural, y critiquejos cortesanos, que lo más osado que llegan a escribir o a decir es que estamos en presencia de una película polémica.  Hay que cuidar la quintita: los estudios recortan los comentarios, escuchan radio y ven tevé.  No sea cosa de perder un posible viaje a Hollywood, veladamente prometido y cíclicamente postergado. ¿Recuerdan la fábula del burro y la zanahoria?     

El final de la película, con la ejecución y masacre de Bin Laden y su familia, está filmado con nervio, ritmo sostenido y ese regusto por la violencia que Bigelow demostró en Vivir al límite, otra apología de la violencia (premiada con varios Oscar), que tanto le gusta a esta mujer a la que cuesta imaginar cenando a la luz de las velas, o recibiendo un ramo de rosas.

Una secuencia bastante similar a la de la magna Apocalypse Now, donde Francis Ford Coppola dejó muy en claro su pensamiento sobre la intervención norteamericana en Vietnam. Que, obviamente, no coincide con Bigelow por razones sencillas de explicar: Coppola es un artista; Bigelow, una cineasta mercenaria y obsecuente con la política exterior de su país, a la que en teoría dice criticar.  

Mientras tanto, el mundo sigue esperando el cierre de Guantánamo, promesa redoblada y olvidada por el actual presidente de los Estados Unidos, de quien se puede pensar que es olvidadizo o, lisa y llanamente, un mentiroso.

Desde hace varios años, lo mejor, más auténtico y cuestionador del cine norteamericano hay que buscarlo en películas  independientes, a las que Hollywood les otorga cierto impulso, no por convicción sino para evitar el ridículo de apostar solamente a historias maniqueas y filosóficamente reaccionarias como ésta,  aunque lleguen con un pretendido barniz demócrata.  

En el plano actoral, el elenco muestra todos los tics esperables en semejante contexto, pero lo más gracioso –digno de una película de los hermanos Coen- es que la hierática protagonista, Jessica Chastain (tan expresiva como un potus) está nominada como Mejor Actriz Protagónica por la Academia. Me gustaría hablar con ella para formularle una única pregunta: ¿el llanto del final es producto de un acto de autoindulgencia, o de una repentina –y ya tardía- toma de conciencia sobre el paso dado?      

Como antídoto a este producto repudiable, recomiendo la visión de la ya apuntada Apocalypse Now, y de un puñado de obras maestras de Constantin Costa-Gavras, el cineasta con mayor capacidad para otorgarle dimensión dramática a un hecho político, sin dejar de hurgar en lo profundo de los conflictos humanos. Allí están Z, La confesión, Estado de sitio, Missing (Desaparecido) o Music box (Mucho más que un crimen), para demostrar que mis aseveraciones no son producto de una piantadura, sino de la razón y de la emoción que provoca el cine cuando alcanza la dimensión de una obra de arte.

Respecto de La noche más oscura, me importa un rábano su performance comercial en la Argentina. Los comentarios de los critiquejos fueron fieles a su estirpe. Cobardes, como siempre.

Ahora, si a pesar de todo, usted insiste, la ve, y queda persuadido por lo que vio, no lo dude ni un segundo: tome su teléfono celular a las puertas del cine, llame al mejor psiquiatra que conozca y solicite un turno urgente.           

domingo, 6 de enero de 2013

INNECESARIA Y ARTIFICIAL


¿Era necesaria?

No, decididamente no.

Cloud Atlas, la red invisible es la prueba elocuente de que no basta con proponerse ser innovador, sino que la innovación –por lo menos en el cine- hay que sustentarla con una historia sólida y atrapante.

Muchos cinéfilos (si es que en esta época pochoclera se permite la subsistencia de los mismos) se restregaban las manos ante el matrimonio de los hermanos Wachowski (Matrix) y el alemán Tom Tykwer (Corre, Lola, corre). Suponían que la reunión de talentos potenciaría el producto, por simple suma de cualidades.

Me costó bastante dilucidar que eran seis las historias que se cuentan en la película, yendo y viviendo en el tiempo y el espacio, con el karma, la reencarnación y otros interrogantes metafísicos torturando a esos personajes que, alternativamente, van sufriendo desde el salvajismo de una época esclavista hasta los horrores de un futuro distópico.

A lo que vi, debí unir lectura para arribar a estas conclusiones, porque las dos horas con cincuenta y dos minutos que se toman los Wachowski y Tykwer para contar tan descomunal historia, no sólo es demasiado: es indigno.

Hay ocasiones en que las reglas de la narración pueden ser dinamitadas y el resultado bordea la excelencia, como en El árbol de la vida, del indefinible Terrence Malick . Y hay otras, como la que nos ocupa, en que esas señales son arrojadas a la cara del espectador sin la menor pista, sin el más elemental código que habilite la comprensión de lo que verá en el curso de casi tres horas. Historias supuestamente unidas por una red que es literalmente invisible.

El elenco se esfuerza por hacer lo suyo con dignidad: Tom Hanks, Halle Berry, Hugh Grant y Susan Sarandon, entre muchos otros, merecen un mejor envase para personajes que, en algunos casos, destilan una riqueza dramática que los realizadores no supieron explotar.

Patragruélica producción independiente, Cloud Atlas, La red invisible, insumió cien millones de dólares de producción, de los cuales en los Estados Unidos lleva recaudados unos veintiséis millones, esperando que en el resto del mundo la cifra redondee sesenta y cinco millones de dólares, como para recuperar una buena parte de lo invertido.

No hay que ser Nostradamus para oler un mal pronóstico.

Los grandes estudios, a pesar del prestigio –sobre todo- de los Wachowski, decidieron que el film no valía el riesgo. Decisión lógica: leyeron el guión. De allí que los directores de Matrix invirtieran  capitales propios para poner en marcha la filmación de su propio capricho.

Desde el vamos se sabía que no sería una película fácil. Luego de verla, no quedan dudas que se trata de una película insoportable que, sin embargo, fue defendida con tibia vehemencia pretendidamente intelectual por ciertos critiquejos argentinos, mientras que algunos –empleados en los diarios de mayor circulación- le bajaron el precio solapadamente, cuidando escrupulosamente cada palabra, casi disculpándose ante el lector por no tener la valentía de escribir que lo mejor de los Wachowski hay que buscarlo en Matrix , mientras que el Tykwer más sutil está en Corre, Lola, corre.

Nada nuevo bajo el sol. Los critiquejos cinematográficos vernáculos –salvo una honrosa excepción- son, como los periodistas deportivos argentinos, de los peores de habla castellana. Tienen un respeto reverencial por los apellidos y tanto temor de escribir lo que piensan sobre Cloud Atlas, como los otros (los deportivos)  de reconocer, por ejemplo, que hace años que Riquelme es un ex jugador, gordo, viejo y fuera de forma, lo cual me ganará antipatías bien fundadas de varios seguidores bosteros de este blog.

En uno y en otro caso, escribo lo que pienso y siento. Y lo fundamento.

Para eso debería servir el periodismo; y mucho más, la crítica especializada.

Ello ocurre cuando la profundidad de análisis y la valentía de opinión conforman una unidad indisoluble.

Eso, hoy, en la Argentina no se consigue.

viernes, 2 de noviembre de 2012

SIMPLEMENTE TEMPERLEY




Hay temas, momentos, que sobrepasan las formas.
En este blog, es mi intención darle a cada nota la mayor elaboración posible, el mejor cuidado desde lo formal, desde lo artesanal.
Aunque hay temas que deben abordarse con la piel y no con el cerebro. Más corazón y menos razón.
Los escritores tenemos la (mala) costumbre de intentar ganar la posteridad con cada texto.
Esta vez será distinto. Puede que coquetee con el lugar común, con cierto sentimentalismo que me define e intento ocultar la mayoría de las veces. Que vulnere la sintaxis, que estropee la gramática, que bombardee la hilación. Puede ser. ¿Y qué?
El Club Atlético Temperley cumplió cien años y recibí más felicitaciones que si los hubiese cumplido yo.  Lo pienso mejor y me hincho de orgullo: hace años que el Cele y yo estamos asociados casi naturalmente. Es verdad que el periodismo y la presencia en los medios potencian ese fanatismo muy difícil de explicar a mi edad.
También podría ser un acto de demencia hablar de Temperley en un programa dedicado al cine y a la cultura en televisión por cable, como solía hacer en el año 2001 en “CinemaShow”, que conduje de lunes a viernes por el extinto CVN.  
De mis 56 años, llevo 54 viendo al Cele. Mi viejo me llevó a la cancha por primera vez cuando tenía dos años. Esa cancha fue el estadio Alfredo Beranger.  Estaba también mi abuelo, un siciliano reservado y taciturno que, según me contó mi padre mucho después, no entendía un rábano de fútbol pero le encantaba ir a la cancha.
Recordar estas anécdotas vale un lagrimón. Porque ese pibe fue creciendo (como muchísimos más) con el Cele en las tripas. Un buen padre hace que su hijo le siga los pasos en el amor futbolístico.  Ya lo escribí en otra nota en este mismo blog: en el fútbol no hay democracia. Esos padres que presumen de amplios porque ellos son de Boca y sus hijos  de River  hicieron mal su trabajo, diría mi querido Osvaldo Soriano.
Mi viejo también hizo una elección. Llegó a Villa Galicia siendo hincha de Independiente, hasta que un día empezamos a caminar por Pasco derecho y terminamos en el Beranger.
Cuando nos tocó ver Temperley e Independiente, nunca hubo dudas: nuestro lugar estaba entre las banderas celestes.
La mayor cantidad de mis amigos son hinchas de Temperley. “La bandera del campeón”, mi segunda novela, con tiraje absolutamente agotado, fue mi manera de agradecer tantos buenos momentos: las caminatas  hacia la cancha, el chori con tinto, las excursiones inimaginables a canchas que los finolis de los equipos grandes ni se imaginan que existen.
Los cuatro personajes principales son hinchas del Cele. La trama me vino a la cabeza  volviendo a casa en el Roca. La escritura fue placentera. Suele suceder cuando escribo sobre un tema que me emociona. En “La bandera…” hay muchos retazos de mí y de mi lugar en el mundo: Villa Galicia, el barrio en el que me crié y al que trato de no volver, siguiendo los caminos señalados por mi primo Joaquín (Sabina): “Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”.
Sin embargo, habitualmente también desobedezco a mi primo: vuelvo una y otra vez al Beranger, que para mí es el Bernabeu, el Centenario o el Maracaná. Tanto, que me incomoda ir a otras canchas. Cada partido, entro y empiezo a saludar gente. Y a recibir saludos. Eso, a mi edad, tiene un gran valor. Por lo menos para mí.
Esteban, mi hijo menor, un día me preguntó extrañado por qué sucedía eso. Por qué el afecto de mis amigos hacia él, las cargadas entre nosotros, aquella camiseta que el entrañable Norberto le regaló junto con una campera con el escudo.  No recuerdo qué le respondí, pero creo que tenía que ver con el amor a los colores, al origen, al barrio.
Al tiempo, Esteban dejó de lado su coqueteo a dos bandas: tachó a Boca del casillero y se quedó con el Cele. “En la cancha de Temperley soy alguien”, me explicó con una naturalidad muy parecida a la lucidez, sobre todo viniendo de un pibe que no había cumplido nueve o diez años, no recuerdo bien.   
Cada vez que me cruzo por la calle con alguien que lleva puesta la camiseta, no puedo evitar el comentario fraterno, la chanza cómplice, el guiñó entre pares.
Hace bastante tiempo, viajando en el Roca, pasó un vendedor con la camiseta de Temperley  y le compré. No recuerdo qué vendía, ni siquiera si me servía lo que estaba adquiriendo. “Con esa camiseta no puedo dejar de comprarte”, le dije. El tipo sonrió, porque entendió.
Eso es lo mejor de las pasiones: no hay que explicarlas. Basta con vivirlas, con dejarlas ser.
A menudo me preguntan qué hice durante la época de la quiebra. Era hincha de una ilusión, respondo. Y acompañaba a Pablo, mi mejor amigo, a ver a su equipo para no perder estado, y con la secreta esperanza de que algún día fuera él quien me acompañara a mí. Sucedió. Y el primer mensaje de felicitación por el Centenario fue de Pablo.
¿Tiene explicación todo esto?
No.
O tal vez sí.
Los que somos hinchas de Temperley no buscamos explicaciones, sino motivos para no enamorarnos del Cele.
Hasta el día de hoy, no encontramos ninguno. 

viernes, 6 de julio de 2012

CRITIQUEJOS



“Salvo Pablo Trapero, el cine argentino se suicidó”, dictaminó con contundente conocimiento de un mercado geográfico lejano el Director del Festival de Cannes, cuyo nombre no recuerdo.
 Es verdad que el director de la monumental Elefante blanco tiene entre los coproductores de su película varios aportes franceses y que su relación con Cannes es fluida, lo cual no resta méritos a su obra ni verosimilitud al diagnóstico.
Leí por allí un artículo de un bisoño proyecto de opinator argentino en el que fundamentaba que la producción de más de cien películas locales durante el año anterior, debía tomarse poco menos que como el renacimiento del séptimo arte vernáculo. Citaba luego (el bisoño opinator) la opinión estrambótica y delirante de un consultor oficialista, que adjudicaba el hipotético Milagro Argentino a la entrada en escena de la Ley de Medios.
Ni el escriba ni el consultor analizaban el fondo de la cuestión: cuántas de ese centenar de películas se estrenaron con la mínima distribución que merece un film (cantidad y calidad de salas); cuántas de esas películas fueron vistas por el público en un número cuanto menos decoroso, y cuántos espectadores se enteraron de esos estrenos, que la mayoría de las veces resultan una novedad hasta el día jueves hasta para los que comentamos películas profesionalmente.  
La nota es, por lo tanto, falsa de toda falsedad: si se estrenan películas en forma inadecuada, sin promoción ni difusión para alentar la participación de los espectadores  locales, estamos en serios problemas.
Ni hablar de la escasa calidad de las propuestas que ofrece el cine argentino en los últimos años. Salvo excepciones de rigor, la mayoría se parecen a tesis mal terminadas de escuelas de cine, pésimamente escritas, peor interpretadas y dirigidas con una pretensión que ni el mismísimo Leonardo Favio tuvo en Crónica de un niño solo.
La responsabilidad no es sólo de los realizadores debutantes. En la actualidad, una de las carreras con más aspirantes en nuestro país es la de cine. Con un pequeño detalle: la mayoría de los egresados pone un pie en la calle con el título en la mano y ya quiere dirigir. Pretende  jugar en Primera sin haber pasado por las divisiones inferiores. No saben pegarle a la pelota, pero se sienten capacitados para jugar un Mundial. Son contados los casos en los cuales egresan de esas escuelas editores, iluminadores, jefes de producción, directores de fotografía, eléctricos (como se los conoce en la jerga), sin los cuales es imposible filmar una película.
El entusiasmo nunca es medida. La capacitación es necesaria, pero la experiencia es imprescindible.  Para no crear antipatías, me abstendré de dar nombres, pero propongo al lector que investigue la biografía de cualquiera de nuestros grandes directores y comprobará que, antes de hacer su primera película, pasó por todos los estamentos anteriores al preciado sillón con forma de tijera.
Los optimistas (ocultando una gran dosis de fariseísmo) mencionan El secreto de sus ojos,  de Juan José Campanella como la punta del iceberg del Milagro del Cine Argentino. Los efluvios del Oscar llevan a lecturas equivocadas (o interesadamente sesgadas): fue la excepción que confirma la generalidad. Al año siguiente enviamos a Hollywood: Aballay, el hombre sin sombra, una película impresentable hasta para un Festival de Cine Realizado por Vecinos. La consecuencia fue lógica: ni siquiera fue aceptada por la autoridades de la Academia, que se inclinaron por premiar Una separación, una apenas correcta película iraní. El premio, como siempre en el rubro de Mejor Película Extranjera, fue político: en Irán impera una impenetrable censura cinematográfica, que no se priva de encarcelar cineastas disidentes. Lo concreto es que Aballay, que ni siquiera estuvo en la conversación, retrotrajo los pergaminos ganados en la edición anterior a la mismísima nada.
Girando el dial una de estas mañanas, un otrora sobrevalorado relator deportivo y frustrado escritor (su novela recientemente relanzada, no logró entusiasmar ni a sus familiares directos, como en el momento de su lanzamiento inicial), comentaba un documental estrenado el pasado jueves destacando que estaba bien iluminado. Hacía rato que en mis muchos años de cronista cinematográfico no escuchaba un análisis tan sesudo. Seguí jugando con el dial hacia la derecha (sin ninguna connotación política, aclaro) y me topé con un insigne desconocido que recomendaba ver El sorprendente hombre araña, otro de los estrenos del pasado jueves, porque a diferencia de X Men o Transformers, “en ésta película se entienden las peleas”.  
Hice lo más sano que podía hacer: apagar la radio.
Ese mismo día, en mi comentario en uno de los programas radiales de los que participo,  expuse en forma rápida y sucinta (como el medio requiere) mis fundamentos contenidos en esta nota. Al terminar la emisión, el productor del programa siguiente (con quien trabajé hace veinte años) me comentó frente a quien supongo que realiza la misma tarea que yo (una jovencita agradable, con pose cool y lentes estilo Mia Farrow cuando noviaba con Woody Allen): “Ella piensa que el cine argentino está en su mejor momento”.  Sonreí, condescendiente y extrañamente pacífico. Ella hizo lo mismo, pero sorpresivamente deslizó: “Entre colegas no vamos a andar discutiendo”.
Esperé que se fuera y le pregunté a mi amigo productor cuántos años tenía mi colega. “Treinta y dos”, me ilustró. Los mismos que llevo trabajando ininterrumpidamente en periodismo, y que me permitieron –entre otras cosas- vivir en carne propia lo que ocurrió con el cine argentino desde 1983 hasta la fecha. Descuento que, por una razón meramente práctica (o de calendario), mi colega no haya podido hacerlo, aunque opine sin fundamentos semejante barrabasada. Seguramente se basa en el relato de lo que aconteció. Está claro que es tiempo de relatos y no de hechos.
No es su responsabilidad. Hoy no se efectúan controles de capacidad ni a periodistas ni a  ningún tipo de trabajadores de la comunicación. Un locutor abyecto habla de lo que se le ocurre con más ínfulas que Calígula, otro improvisado confunde una película con un video-game.
Y mi colega, que seguramente piensa que racconto es un perfume y flashback una nueva banda pop, tratará enjundiosamente de convencer a la audiencia que el cine argentino está más vivo que nunca.
Aunque se haya suicidado, sacando con fritas películas con temáticas fotocopiadas y políticamente correctas para asegurarse el subsidio, desempolvando figuras históricas que hoy garpan según los vientos de la conveniencia hiustórica de turno, y dejando sin la posibilidad de filmar a inmensos directores que, con cierta fatiga,  esperan que, de una vez por todas, el cine nuestro vuelva a ser argentino.        

viernes, 29 de junio de 2012

VOS NUNCA TE ENTERASTE, JUAN



Si  esa tarde de principios de los ’80 en un centro cultural que no recuerdo si fue el Borges o el San Martín, me hubiera animado a hablar, esta nota hoy sería distinta. O no existiría.
Recuerdo que estaba observando una fotografía de John Lennon en una muestra-homenaje, cuando se paró junto a mí un hombre y me dijo con naturalidad: “Qué bella fotografía, ¿no?”.
Giré la cabeza y, en principio, me quedé mudo. Luego alcancé a balbucear algo que no me acuerdo si fue solamente “sí” o “sí, claro”, exhibiendo una timidez que de haber conservado me habría impedido trabajar, como lo hago, desde hace 31 años en el periodismo. 
Si el protagonista de ese comentario no hubiera sido Juan Alberto Badía y yo su interlocutor, que lo admiraba desde siempre, la anécdota carecería de valor alguno, y acaso lo tenga solamente para mí.
Durante todos los años posteriores me pregunté por qué en ese momento y en ese ámbito, en el que el diálogo era posible, me quedé mudo.
Hoy me sigo preguntando por qué aquel que era en ese momento no habló, no dijo más que “sí” o “sí, claro” (recuerden que no me acuerdo si fue una cosa o la otra). Por qué no me atreví a confesarle al sujeto de mi admiración que mi anhelo era hacer radio con ese estilo cálido, de tono justo, con la música adecuada. Por qué no le pregunté la fórmula para extraer de boca de cada entrevistado el secreto más íntimo, el recuerdo más emotivo.
Cada vez que evoco la anécdota (que por primera vez cuento públicamente) pienso que de haberla compartido con mis compañeros de estudios de la Escuela de Periodistas del Círculo de la Prensa, probablemente no la hubieran creído. En el curso, para algunos había perdido mi nombre y apellido para pasar a ser el chico al que le gusta Badía.
Una de las dos cosas no era cierta (no era tan chico); la otra sí: Juan Alberto Badía era y será por siempre mi modelo de conductor radial. El que marca pautas, el que da ejemplo de cordial anfitrión, el que asombra por su manejo del aire y de los tiempos.
Era único y –como tal- inimitable.
Aunque seguramente traté de imitarlo más de una vez, tal vez como disculpa por mi silencio ochentoso o quizá como pudoroso agradecimiento por los inolvidables momentos que vendrían, no sólo en la radio. Me recuerdo en familia disfrutando de “Badía y Compañía”. Eran tiempos de bolsillos flacos, con televisor usado blanco y negro con el Beto presentando a Virus, La Torre, Jairo o a Facundo Cabral, entre muchos otros.
Una radiofonía argentina integrada por mayoría de improvisados, de gente que ni siquiera sabe modular la voz, se rasga hoy hipócritamente las vestiduras por la muerte de un tipo que les pasaba el trapo a todos ellos juntos y que antes de su enfermedad  –paradójicamente- no tenía laburo en radio. De allí que decidiera instalar una radio web en su propia casa para hacer lo que más le gustaba: comunicarse con los otros.
Los que tengamos ganas, deberemos preguntarnos qué pasa en este país en el que le rinden homenajes pero le retacean trabajo a un tipo como Badía, que inventó y reinventó la radio una y mil veces. Y que revolucionó la televisión como pocos, con programas tan serenos, intensos y luminosos como él.
Además, por donde andaba Badía siempre había música. Una buena señal.
Malditos 29. En uno de enero de 1997 se fue el Gordo Soriano. En otro de 2012, el Beto. Benedetti tiene razón: “Habría que matar a la muerte”. Y aunque sé que la partida es inevitable, también lo son las lágrimas cada vez que despedimos a uno de los buenos, de los nuestros, de los que hacen que el mundo sea un poco menos peor.
Con el Gordo no cometí el mismo error, Juan. A él sí le dije todo lo que me callé con vos. Tampoco me puedo quejar demasiado: hago radio, soy escritor, nunca abandoné el periodismo; pero me queda esa asignatura pendiente de no haberme animado a hablarte. Igual, vos nunca te vas a enterar, del mismo modo que era imposible que recordaras con el tiempo a aquel muchacho silente que contemplaba la fotografía de Lennon y que soñaba conducir en radio un programa como los tuyos.
Si hasta para morirte tuviste talento artístico, Juan. El tema de Los Muchachos dice Cuando tenga 64 años. La edad en que empezaste el viaje.  Imagino que ya te recibieron John y George, allá donde seguramente comenzaste a armar el escenario para que la fiesta continúe. Porque donde anda Badía siempre hay música.
En este mamarracho estilístico  y gramatical, donde la emoción vulnera la sintaxis, y en el que no pienso correr una coma o modificar una palabra, aunque lo impongan las reglas de la Real Academia Española, me gustaría que -si esto puede leerse allá- entiendas que ese muchacho tímido de los ‘80 te pide, hoy más que nunca, que nos sigas haciendo compañía.

martes, 19 de junio de 2012

DIVISMOS



En las antípodas de buena parte de cronistas cinematográficos, periodistas y escritores, Marilyn Monroe nunca me pareció un objeto de deseo (sex symbol es más cool), más allá que como actriz siempre fue muy limitada, como comediante carecía de gracia y como cantante apenas afinaba correctamente.
Lógicamente, no soy el indicado para presidir el Fans Club de Marilyn Monroe.
Reconozco, no obstante, que la leyenda en torno de Marilyn es poderosa, atractiva, ineludiblemente cinematográfica. Y que la áspera relación entre la rubia y el circunspecto Sir Lawrence Olivier durante la filmación de El príncipe y la corista constituía un tema seductor para abordar en una película.
El punto de vista de Mi semana con Marilyn lo da Colin Clark, quien en base a su tenacidad logró convertirse en uno de los asistentes de Olivier. Además de tenaz fue enamoradizo (tuvo un affaire con Marilyn) y previsor: lo contó en un libro que escribió con posterioridad y en el que basa este film.
En el verano de 1956 Marilyn Monroe quería demostrar y demostrarse a sí misma que podía ser una actriz con todas las letras. En una sintonía parecida, Lawrence Olivier pretendía dejar de lado (aunque fuera por unos meses) su condición de actor serio y arriesgarse con una comedia, que también dirigiría.
El resultado fue una calamidad, delante y detrás de las cámaras: El príncipe y la corista es una obra inclasificable, protagonizada por dos ególatras (Monroe y Olivier) que carecían por completo de la tan mentada química de pareja como de un mínimo de respeto profesional por el otro.
Según la película (y buena parte de crónicas de la época y algunos libros), la filmación fue un caos: la impuntualidad de Marilyn, sus abusos con las drogas y sus escapadas amorosas, por un lado; los delirios megalómanos de Olivier, su carácter inflexible y la irritabilidad que le producía su coprotagonista, por el otro. Un cóctel atronador que la película dirigida por Simon Curtis despliega sólo con buen ritmo, en parte gracias al preciso (aunque superficial) guión de Adrian Hodges y en parte –fundamentalísimamente- por la extraordinaria interpretación de Michelle Williams como Marilyn.
La esposa cuyo matrimonio se desmorona en Blue Valentine despliega un histrionismo contagioso, capaz de alternar dulzura, humor y angustia en un atrapante círculo de emociones que sólo una gran actriz puede poner en escena de esta manera.
La (desagradable) sorpresa es Kenneth Brannagh como Lawrence Olivier. Ver a semejante actor en una interpretación tan amanerada, superflua y vacua es, sin duda, achacable a uno de esos malos pasos que un intérprete da en su carrera en contadas oportunidades. No me arriesgaría a cargar las culpas al guionista o al director, porque actores como Brannagh se imponen a ambos.
Mi semana con Marilyn es un agradable pasatiempo que, de no haber contado con Michelle Williams en el protagónico, probablemente habría repetido en parte la catástrofe de la película cuya filmación refiere.

miércoles, 9 de mayo de 2012

LA VERDAD, NADA MÁS QUE LA VERDAD


Vuelvo a escribir en caliente, como se debe cuando de fútbol se trata.
El  rotundo papelón del equipo de Marcelo Bielsa ante el Atlético de Madrid, de Diego Simeone (un hecho digno ser considerado surrealista, dado que ambos llegaron a la final de una Copa), certifica lo que vengo sosteniendo acerca del ex entrenador de la Selección Nacional.  
Seguramente el Locutor Oficial o el Relator del Relato y sus obsecuentes adláteres, sostendrán a viva voz que murió con las botas puestas, ensayando todo tipo de prédica vacua y sofista a la que son tan afectos el filopensador oriental y su troupe.
La verdad es que Bielsa y los suyos se toparon contra la realidad: comerse tres goles contra el impresentable equipo de Simeone es una renovada muestra de la tozudez bielsística. Para el deprimido rosarino los esquemas están primero, los jugadores después y si ambos no armonizan, que los segundos se adapten a los primeros. Algo similar a poner a nadar a un basquetbolista en los Juegos Olímpicos. Si es atleta, ¿cómo no va a poder competir?
Por enésima vez, Bielsa volvió a asumir toda la responsabilidad en el fracaso.  Y no hablo del resultado (justo yo, declarado antiresultadista), sino de una forma irracional de plantear el bellísimo juego del fútbol, que es muy sencillo en su esencia: pasarle la pelota al compañero, buscar los claros (o fabricarlos si el rival no los deja) y ensayar una movilidad permanente. El Barcelona ya demostró que esto (y mucho más) es posible.
De esta arrolladora sencillez, pasemos a la lectura bielsiana de la derrota 0-3: “El resultado fue justo y la diferencia exagerada. Lo que lamento es que las diferencias que se vieron en el campo no son las que existen y que el escenario se parecía más al que aspiraba el Madrid que al que queríamos nosotros".
¿?
Ahá (escribo por escribir algo).
 "Era una actuación que no esperábamos –siguió discurriendo el estudioso- , una diferencia entre lo que creíamos que podíamos producir y lo que finalmente generamos. No defendimos bien, no fuimos claros para atacar y jugamos menos de lo que estamos en condiciones de producir, eso tiene que ver directamente con mi responsabilidad".
En el discurso se advierten claramente influencias de Rousseau, Marx, Heggel y Umberto Ecco, pero también muy poco apego a la realidad futbolística (y a la otra).
La realidad, como no recuerdo quién reflexionó, es lo más cercano a la verdad.
Últimamente el fútbol ha sido tomado por estos pretendidos sesudos intelectuales  sin diploma que, paradójicamente, cada día vacían más de contenido la belleza de este deporte.
Ir para adelante en masa no es lo mismo que atacar. Jugar la pelota para atrás nada tiene que ver con controlar el balón. Obcecarse con la idea de que dos formidables centrodelanteros goleadores no pueden jugar juntos porque chocarían, además de ser - lisa y llanamente- una imbecilidad futbolística, es ofender la inteligencia de dos jugadores de formidable  jerarquía.
Bielsa no cambia sus conceptos, lo cual para algunos es una muestra de coherencia.  Y así le va. Y no hablo de los resultados, sino de los métodos, de las herramientas. Le ocurrió en Chile, ahora en el Bilbao y mucho tiempo atrás en la Selección Nacional. En todos esos lugares les quemó la cabeza a los jugadores que nunca lo entendieron, porque en este bello y simple juego que es el fútbol (que practiqué durante muchos años) no hay nada más difícil que jugar sencillo.
Así lo demostraron el Ajax de Cruyff, Holanda del 74,  Huracán del 73 y la Selección del 78 del Flaco Menotti, el Globo 2009 modelo Ángel Cappa, y el genial, inimitable e inalcanzable Barcelona de Pep Guardiola, con ese pibe Messi que no canta el himno, ni ganó nada con la Selección…
Andáaaaaaaaaaaaa….
Perdón. Tengo demasiada tribuna encima y, a veces,  las cosas se me mezclan. Trataré de guardar las formas.
Repito: no intento hacer leña del árbol caído (de eso se encargará Fernandito), simplemente  deseo  seguir defendiendo el fútbol que me gusta y le gusta a mucha gente.
Y, también, de dejar de adorar mitos de barro, falsarios decididamente desequilibrados mental y emocionalmente.
La cuestión no está en poses demagógicas (no saludar a Piñera, negarse a dormir en una pieza cinco estrellas –como si hubiera firmado un contrato por el mínimo de convenio-, no atender a la prensa en privado), sino en demostrar con hechos lo que se pregona con palabras.
Pero, claro, la Tierra no es cuadrada, ni la luna se tiñe de verde.
Todas las mañanas sale el sol.
Batistuta y Crespo podían (y debían) jugar juntos.
A no perder la esperanza: el Barcelona, ya sin el Gran Pep, volverá a demostrarnos que el fútbol puede ser un juego simple y bellísimo, sin filosofía barata y zapatillas de goma (Permiso, Charly).
Los refranes, como las normas, tienen su excepción: no siempre los locos dicen la verdad.
A veces están simplemente locos.