martes, 19 de junio de 2012

DIVISMOS



En las antípodas de buena parte de cronistas cinematográficos, periodistas y escritores, Marilyn Monroe nunca me pareció un objeto de deseo (sex symbol es más cool), más allá que como actriz siempre fue muy limitada, como comediante carecía de gracia y como cantante apenas afinaba correctamente.
Lógicamente, no soy el indicado para presidir el Fans Club de Marilyn Monroe.
Reconozco, no obstante, que la leyenda en torno de Marilyn es poderosa, atractiva, ineludiblemente cinematográfica. Y que la áspera relación entre la rubia y el circunspecto Sir Lawrence Olivier durante la filmación de El príncipe y la corista constituía un tema seductor para abordar en una película.
El punto de vista de Mi semana con Marilyn lo da Colin Clark, quien en base a su tenacidad logró convertirse en uno de los asistentes de Olivier. Además de tenaz fue enamoradizo (tuvo un affaire con Marilyn) y previsor: lo contó en un libro que escribió con posterioridad y en el que basa este film.
En el verano de 1956 Marilyn Monroe quería demostrar y demostrarse a sí misma que podía ser una actriz con todas las letras. En una sintonía parecida, Lawrence Olivier pretendía dejar de lado (aunque fuera por unos meses) su condición de actor serio y arriesgarse con una comedia, que también dirigiría.
El resultado fue una calamidad, delante y detrás de las cámaras: El príncipe y la corista es una obra inclasificable, protagonizada por dos ególatras (Monroe y Olivier) que carecían por completo de la tan mentada química de pareja como de un mínimo de respeto profesional por el otro.
Según la película (y buena parte de crónicas de la época y algunos libros), la filmación fue un caos: la impuntualidad de Marilyn, sus abusos con las drogas y sus escapadas amorosas, por un lado; los delirios megalómanos de Olivier, su carácter inflexible y la irritabilidad que le producía su coprotagonista, por el otro. Un cóctel atronador que la película dirigida por Simon Curtis despliega sólo con buen ritmo, en parte gracias al preciso (aunque superficial) guión de Adrian Hodges y en parte –fundamentalísimamente- por la extraordinaria interpretación de Michelle Williams como Marilyn.
La esposa cuyo matrimonio se desmorona en Blue Valentine despliega un histrionismo contagioso, capaz de alternar dulzura, humor y angustia en un atrapante círculo de emociones que sólo una gran actriz puede poner en escena de esta manera.
La (desagradable) sorpresa es Kenneth Brannagh como Lawrence Olivier. Ver a semejante actor en una interpretación tan amanerada, superflua y vacua es, sin duda, achacable a uno de esos malos pasos que un intérprete da en su carrera en contadas oportunidades. No me arriesgaría a cargar las culpas al guionista o al director, porque actores como Brannagh se imponen a ambos.
Mi semana con Marilyn es un agradable pasatiempo que, de no haber contado con Michelle Williams en el protagónico, probablemente habría repetido en parte la catástrofe de la película cuya filmación refiere.

miércoles, 9 de mayo de 2012

LA VERDAD, NADA MÁS QUE LA VERDAD


Vuelvo a escribir en caliente, como se debe cuando de fútbol se trata.
El  rotundo papelón del equipo de Marcelo Bielsa ante el Atlético de Madrid, de Diego Simeone (un hecho digno ser considerado surrealista, dado que ambos llegaron a la final de una Copa), certifica lo que vengo sosteniendo acerca del ex entrenador de la Selección Nacional.  
Seguramente el Locutor Oficial o el Relator del Relato y sus obsecuentes adláteres, sostendrán a viva voz que murió con las botas puestas, ensayando todo tipo de prédica vacua y sofista a la que son tan afectos el filopensador oriental y su troupe.
La verdad es que Bielsa y los suyos se toparon contra la realidad: comerse tres goles contra el impresentable equipo de Simeone es una renovada muestra de la tozudez bielsística. Para el deprimido rosarino los esquemas están primero, los jugadores después y si ambos no armonizan, que los segundos se adapten a los primeros. Algo similar a poner a nadar a un basquetbolista en los Juegos Olímpicos. Si es atleta, ¿cómo no va a poder competir?
Por enésima vez, Bielsa volvió a asumir toda la responsabilidad en el fracaso.  Y no hablo del resultado (justo yo, declarado antiresultadista), sino de una forma irracional de plantear el bellísimo juego del fútbol, que es muy sencillo en su esencia: pasarle la pelota al compañero, buscar los claros (o fabricarlos si el rival no los deja) y ensayar una movilidad permanente. El Barcelona ya demostró que esto (y mucho más) es posible.
De esta arrolladora sencillez, pasemos a la lectura bielsiana de la derrota 0-3: “El resultado fue justo y la diferencia exagerada. Lo que lamento es que las diferencias que se vieron en el campo no son las que existen y que el escenario se parecía más al que aspiraba el Madrid que al que queríamos nosotros".
¿?
Ahá (escribo por escribir algo).
 "Era una actuación que no esperábamos –siguió discurriendo el estudioso- , una diferencia entre lo que creíamos que podíamos producir y lo que finalmente generamos. No defendimos bien, no fuimos claros para atacar y jugamos menos de lo que estamos en condiciones de producir, eso tiene que ver directamente con mi responsabilidad".
En el discurso se advierten claramente influencias de Rousseau, Marx, Heggel y Umberto Ecco, pero también muy poco apego a la realidad futbolística (y a la otra).
La realidad, como no recuerdo quién reflexionó, es lo más cercano a la verdad.
Últimamente el fútbol ha sido tomado por estos pretendidos sesudos intelectuales  sin diploma que, paradójicamente, cada día vacían más de contenido la belleza de este deporte.
Ir para adelante en masa no es lo mismo que atacar. Jugar la pelota para atrás nada tiene que ver con controlar el balón. Obcecarse con la idea de que dos formidables centrodelanteros goleadores no pueden jugar juntos porque chocarían, además de ser - lisa y llanamente- una imbecilidad futbolística, es ofender la inteligencia de dos jugadores de formidable  jerarquía.
Bielsa no cambia sus conceptos, lo cual para algunos es una muestra de coherencia.  Y así le va. Y no hablo de los resultados, sino de los métodos, de las herramientas. Le ocurrió en Chile, ahora en el Bilbao y mucho tiempo atrás en la Selección Nacional. En todos esos lugares les quemó la cabeza a los jugadores que nunca lo entendieron, porque en este bello y simple juego que es el fútbol (que practiqué durante muchos años) no hay nada más difícil que jugar sencillo.
Así lo demostraron el Ajax de Cruyff, Holanda del 74,  Huracán del 73 y la Selección del 78 del Flaco Menotti, el Globo 2009 modelo Ángel Cappa, y el genial, inimitable e inalcanzable Barcelona de Pep Guardiola, con ese pibe Messi que no canta el himno, ni ganó nada con la Selección…
Andáaaaaaaaaaaaa….
Perdón. Tengo demasiada tribuna encima y, a veces,  las cosas se me mezclan. Trataré de guardar las formas.
Repito: no intento hacer leña del árbol caído (de eso se encargará Fernandito), simplemente  deseo  seguir defendiendo el fútbol que me gusta y le gusta a mucha gente.
Y, también, de dejar de adorar mitos de barro, falsarios decididamente desequilibrados mental y emocionalmente.
La cuestión no está en poses demagógicas (no saludar a Piñera, negarse a dormir en una pieza cinco estrellas –como si hubiera firmado un contrato por el mínimo de convenio-, no atender a la prensa en privado), sino en demostrar con hechos lo que se pregona con palabras.
Pero, claro, la Tierra no es cuadrada, ni la luna se tiñe de verde.
Todas las mañanas sale el sol.
Batistuta y Crespo podían (y debían) jugar juntos.
A no perder la esperanza: el Barcelona, ya sin el Gran Pep, volverá a demostrarnos que el fútbol puede ser un juego simple y bellísimo, sin filosofía barata y zapatillas de goma (Permiso, Charly).
Los refranes, como las normas, tienen su excepción: no siempre los locos dicen la verdad.
A veces están simplemente locos.

martes, 24 de abril de 2012

AHORA MÁS QUE NUNCA


Escribo en caliente, contra lo que pregonan los académicos.
Porque el fútbol –por fortuna- no es académico.
Yo tampoco.
Después de la eliminación del Barcelona de la Champions, del clásico perdido unos días antes con el Real Madrid, los adalides del antifútbol se frotan las manos y comienzan a asomar la cabeza que tenían enterrada cuatro metros bajo la tierra desde hacía años. Los años que lleva el Barsa imponiendo su juego fenomenal, artístico, inimitable
Si ya no lo dijeron estarán por hacerlo. Fernandito, el Locutor Oficial (o el Relator del Relato, como prefieran), el Doctor,  las viudas de Bielsa y otros mediocres menos conocidos que los tres primeros, desempolvarán el discurso fariseo: el fútbol es trabajo, lo único que importa es ganar, hay que anular al rival como sea.
Todas estas frases cimentaron el antifútbol que se enseñoreó sobre la Tierra desde Italia en la década del ’60. Años en los que recuerdo que un equipo (es un decir) argentino fue directo del vestuario a la comisaría. Durante el “partido” (es otro decir) varios de sus jugadores (de alguna manera hay que llamarlos) habían desfigurado a algunos de sus rivales, que integraban –paradoja del destino- una formación italiana .
Es verdad que ese equipo (¡cómo me cuesta escribir esta palabra para identificar a un grupo de asesinos seriales!) logró títulos nacionales e internacionales y eso es lo único que hoy recuerda la historia. Fueron solamente animadores de estadísticas.
En el Mundial de 1974 algunos ni recuerdan que el campeón fue Alemania, embelesados por la selección de Holanda del magno Johann Cruyff, que salió segunda. No es un dato menor, sobre todo porque la Naranja Mecánica perdió 2 a 1 contra los germanos.
Más cerca en el tiempo, en 2009, un abominable latrocinio le impidió al Huracán de Ángel Cappa (por lejos el mejor equipo argentino de los últimos años) que se coronara campeón. Los métodos no fueron nada sutiles: un gol lícito del Globo anulado apenas comenzado el partido a Federico Domínguez (por presunta posición fuera de juego, que no existió) y un gol convalidado al rival con el arquero de Huracán en el piso tras un planchazo criminal en la jugada inmediatamente anterior.
Ese año 2009 recuerdo la cancha de Huracán repleta, con abuelos llorando de alegría con los regates de Pastore, Defederico, Toranzo y toda la troupe. Ni yo ni nadie se olvidará de esas emociones.
Es verdad que hubo un campeón. Las estadísticas siempre necesitan alimento.
Hoy más que nunca hay que bancar al Barsa, al genial Messi, al sensacional Guardiola y al resto de los integrantes de un equipo que es el mejor que me tocó ver en los años que llevo en el fútbol como espectador, que son muchos.
Hay que agradecerles lo felices que nos hicieron a los que aún conservamos intacto el paladar y esperar que sigan (porque van a seguir) por la misma senda: haciéndonos felices jugando con belleza el más bello de los deportes.
Los pregoneros del antifútbol ya tuvieron su merecido. Y si ahora pretenden volver con su prédica del bidón con agua podrida, ya saben hacia donde pueden dirigir sus pasos. Las caretas se cayeron y pesan demasiado para volver a calzarlas.
Aunque seguramente insistirán.
Tienen el cinismo, la vocación de lacayos del poder y el espíritu de mercenarios como elementos constitutivos de su adn.
En estos tiempos de borrasca, de mentiras pregonadas como verdades absolutas, es atendible que sea el fútbol el que vaya reordenando la grilla: los artistas por un lado y los farsantes por el otro.
Mi deseo es que los demás estamentos de la sociedad imiten al fútbol.
Y que el Barcelona siga jugando como hasta ahora.
O mejor.   


miércoles, 4 de enero de 2012

LA SUMA DE LAS PARTES


El buen cine logra cualquier objetivo, por imposible que parezca.
Pensar que una película sobre Adam, un joven de 27 años que contrae cáncer, pueda resultar divertida, amena, sensible, respetuosa y esperanzadora, suena a imposible.  Los prejuicios son duros de erradicar.
50/50 derrumba todos los miedos, ratificando que hay un movimiento más que atractivo en el nuevo cine independiente norteamericano.  Una trama sólida (mérito de un excelente guión), un director sobrio e imaginativo y un grupo de intérpretes excepcionales son el pasaje para una excursión sentimental inolvidable. 
Si Terms of endearment (La fuerza del cariño) -citada irónicamente por el protagonista en el momento en que anuncia la enfermedad a sus padres- fue una exposición lastimosa, lacrimógena y exacerbada del golpe bajo sobre el mismo tema, 50/50 es su exacta contracara.
Por terrible que sea, todo en este film extraordinario fluye con la simpleza de lo cotidiano. La enfermedad del protagonista, el amigo fiestero pero fiel, la novia dubitativa, la madre desorientada (una espléndida Anjelica Houston), el padre con Alzheimer y hasta Huesudo, el perro callejero que rebosa una fidelidad incondicional que algunos humanos desconocen.
Hay momentos en los que el cine imita a la vida.
El humor (a veces negro) es una magnífica herramienta para que el drama no consuma ni al protagonista ni al espectador. No sobran diálogos: los personajes dicen sólo lo indispensable. No faltan silencios. Un botón de muestra: la entrada de Adam al hospital y su primer contacto con el universo de los enfermos de cáncer es, sencillamente, prodigiosa.
Sin la moralina pretendidamente aleccionadora del cine hamburguesa o pochoclero, 50/50  (en referencia a las posibilidades primigenias de cura; luego la cosa se complicará), eligió una cuidada y verosímil progresión dramática, que estalla cada vez que debe hacerlo. Las discusiones con el mejor amigo, el (entendible) cargoseo materno, el miedo ante la cirugía inevitable y definitoria, la explosión  emocional del enfermo cuando siente que no puede más, simplemente porque  no puede más,  engrandecen los alcances de una obra que va mucho más allá de una película sobre enfermedades terminales.
50/50 es un vehículo formidable para reflexionar acerca de lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. Es una reivindicación del sentimiento y la tenacidad sobre la inexperiencia (la psicóloga de Adam), un replanteo sobre los vínculos familiares y afectivos (¿es necesario estar en una camilla, a punto de entrar al quirófano, para verbalizar el amor a los padres?) y –en tiempos de proactividad y eficiencia a la carta- un grito pelado a favor de lo fabulosamente imperfectos y falibles que somos los seres humanos cuando tenemos miedo.
 Y, también, de lo tremendamente vulnerables que nos volvemos cuando falta alguien a nuestro lado.   
Por fortuna, la película termina con el único final posible para semejante maratón de sentimientos.
Hace una punta de años, cuando escribí en un matutino sobre Mediterráneo, aquella joya italiana de Gabriele Salvatores, expresé que “las grandes películas ayudan a entender mejor la vida”.
50/50 también tiene esa maravillosa cualidad.    

lunes, 8 de agosto de 2011

ANTIARTISTAS



Existe una coincidencia más o menos generalizada que el artista es, ante todo, un ser libre.
Sin libertad no hay creatividad, ni mucho menos cuestionamiento, ni por lejos crítica que merezca ser tenida en cuenta.
Podríamos hacer una extensa lista de artistas que sufrieron la incomprensión  o la indiferencia de su época y que muchos años después (a veces hasta siglos) se tomaron revancha con la sociedad ignorante que ni siquiera los tuvo en cuenta.
Por citar dos ejemplos que me vienen a la mente en forma instantánea: Franz Kafka o Vincent Van Gogh.
Si el amigo del autor de La metamorfosis hubiese seguido al pie de la letra las instrucciones del formidable escritor checo, ésa y otras obras maestras como El proceso habrían sucumbido bajo el fuego.
En el caso de Van Gogh, fue su hermano Theo  quien, a partir de una de las más maravillosas historias fraternales que recuerde la humanidad, mantuvo viva la llama de la genialidad del gran Vincent para la posteridad.
Hoy, en las antípodas de las atormentadas existencias de Kafka o Van Gogh, sin atravesar ni un céntimo de las dificultades de aquéllos, cualquiera cree que puede convertirse en artista a partir de la más grosera de las herramientas: la fama. O de una sucursal no menos repugnante: la obsecuencia.
El genial Facundo Cabral decía en uno de sus maravillosos espectáculos: “La fama, esa prostituta que se vende al mejor postor, aunque sea el peor”.
Desde cantantes románticos hasta cocineras y conductores televisivos tienen sus compactos o libros autobiográficos que a alguien deben de interesar pues se venden. Algunos, demasiado bien para la vulgaridad que ofrecen.
En la sala de espera quedan compositores, bandas y autores de poesía o narrativa que, con fundadas dotes artísticas, deben cultivar otro arte, el de la paciencia, para evitar el desánimo y soñar con la llegada de su oportunidad.
Acabo de ver y escuchar por televisión al Ministro de Economía, Amado Boudou, tocando la guitarra eléctrica con sus amigos del grupo ultra K La Mancha de Rolando, e intentando algo parecido al canto.
Lo más encomiable de Boudou es su falta de temor al ridículo, algo imposible de disimular ante su evidente carencia de dotes para estar sobre un escenario.
A él no le importa. Es moderno. Es cool. Es, para algunos, un triunfador.
El futuro puede ser más asombroso que lo que vi en televisión: ese malogrado cantante y guitarrista puede llegar a ser vicepresidente de la República.
Sandra Russo, una de las panelistas del hiperobsecuente programa oficialista “6,7,8” es “autora” (¿o sería más prudente escribir “oyente”?)  de La Presidenta, algo con forma de libro que avergüenza dos profesiones a la vez: el periodismo y la literatura.
Escribir una pseudobiografía (en realidad, un soliloquio sin el menor rigor biográfico) corregida por la protagonista de la historia, es una de las bajezas más intolerables a las que puede denigrarse una amanuense, que supongo no pretenderá que la llamen ni periodista ni escritora.
Un periodista y escritor legítimo, honesto, verdaderamente profesional, no acepta ni una línea de censura sobre sus textos. Mucho menos una supervisión de lo escrito por el sujeto de su historia.
Son otras épocas.
Algunos logran demasiado con muy poco, mientras los que merecen el lugar continúan en la sala de espera.
El poder, la fama y la obsecuencia han determinado la aparición de una nueva raza: los antiartistas. Pretenden ser lo que no son a fuerza de prebendas o de componendas políticas.
Contrariamente a Kafka o Van Gogh, el olvido devorará rápidamente sus engendros.
Mi admirado, y ya citado, Facundo Cabral dio en Pateando tachos la más formidable definición de lo que debe ser un artista. Dijo: “Soy el único ciruja profesional; a mí la gente me paga para que diga y haga lo que no se debe, que es lo que se debería”.
Los antiartistas llegan al escenario, al libro o a al compacto por el camino inverso, a cambio de hacer exactamente lo que se espera de ellos, sin la menor pizca de rebelión.
La comparación es tremenda, lo sé.
En este rincón: Franz Kafka, Van Gogh, Facundo Cabral.
En el otro…, mejor olvídenlos.
Como canta Enrique Pinti, otro que está para el cuadro de honor:
“Pasan los mecenas, pasan los censores,
pasan los hipócritas y los moralistas,
tiempos peores y tiempos mejores,
quedan los artistas”.


lunes, 18 de julio de 2011

MEDIOCRIDADES


En un mundo mediocre, las mayores posibilidades son para los que transitan por ese territorio.
Sucede en el arte, en la política y –por supuesto- en el fútbol.
La eliminación de la Copa América de cuatro selecciones que proponían un juego más arriesgado, más vistoso, más ligado con la esencia de este hermoso deporte, resucitó a los resultadistas de este continente, que estaban exiliados en las entrañas de la tierra cuando el Barcelona hizo trizas su prédica sofista.
Por encima de sus defectos o aristas criticables, Brasil, Argentina, Chile y Colombia profesan un respeto por el destino del balón que emparenta al deporte más popular con el arte y no con la estadística.
La avidez consumista produjo una de las frases más nefastas de las que tengo memoria: “Si no ganas, no existís”.
Un fariseísmo que no soporta el menor análisis: nada tiene que ver el conseguir con el ser.
Sin embargo, los mediocres necesitan razonar desde el conseguir (donde las cosas se compran o se obtienen especulando) y no desde el ser (más ligado con la creatividad, con la existencia, con valores morales).
Estos mercaderes de la mediocridad y el panquequismo (Fernandito, El Locutor Oficial, quien, aunque dedicado profusamente al felpudismo K, no olvida el balompié) hacen su negocio comercial lejos de la pasión del hincha que dicen defender.
El periodismo deportivo argentino acompaña esta oleada de mediocridad desde hace décadas. Es uno de los más pobres del mundo, salvo las excepciones de rigor. Resulta titánica la tarea de hallar en gráfica, radio o televisión exponentes con buena escritura, rica verba  y –ya poniéndonos demasiado exigentes- reflexiones sesudas y atractivas.
Hoy basta contar cuántos “jugadores hay en cancha” o repetir “números telefónicos” (4-3-1-2; 4-4-2) que, supuestamente, explican la “estrategia” o la “táctica” de equipos amarretes, despiadados en la destrucción del rival y sin otro objetivo más altruista que evitar que les hagan un gol y luego “ver qué pasa”.
Si para tan mediocre objetivo los diez jugadores deben colgarse del travesaño junto a su arquero, eso será un triunfo de la “táctica”. Si lo disimulan un poco y juegan algo más adelante del travesaño, estos falsarios de la palabra y de la moral futbolera hablarán de “un equipo ordenado”.
Veo mucho fútbol y, además  -y es aquí donde le saco kilómetros de ventaja a muchos periodistas, opinadores o locutores- lo jugué con intensidad durante muchos años.
La mayoría de los que no entienden “cómo Tévez pudo errar ese gol”, la única que vez que se pusieron pantalones cortos fue para ir a la playa. No tienen idea de cómo es un vestuario de fútbol, ni se bancaron puteadas a veinte centímetros del alambre, y desconocen las “bondades” de un baño de gargajos, por ejemplo.
Parece una chicana, pero no lo es. Define. Para el análisis, lleva ventaja el que conoce el terreno.
Hablar de Uruguay como un gran equipo es, ante todo, un signo de haber visto poco fútbol y, después, una muestra de un paladar repugnante.
Equipo espantoso, con marcadores centrales duros como estatuas, mediocampistas con físico y actitudes de rugbiers, y delanteros que lo único que pueden hacer es aguantar la pelota, porque se le tiran con forma de ladrillazo desde atrás, es una selección que provoca dolor de ojos y –desde ya- de tibias, tobillos y peronés rivales. Es un “equipo que sabe a qué juega”, según los vendedores de resultadismo.
Juega a no dejar jugar, que es lo más detestable que un amante de este deporte puede encontrar en una cancha. Resalto lo de “amante de este deporte”, pues los que festejan a este Uruguay no son amantes de nada. Se acomodan cuándo y dónde les conviene, y en los momentos en los que su prédica falaz no germina, se esconden bajo la tierra, como dije.
Brasil lo tuvo 120 minutos contra las cuerdas a Paraguay. Inexplicablemente, cuando fueron a los penales, tres brasileños erraron y un cuarto fue atajado por el arquero Justo Villar. Lo diarios brasileños destacaron que fue el mejor partido que jugó su seleccionado, incluyendo los de Eliminatorias para Sudáfrica 2010 y hasta los del mismo Campeonato Mundial de ese año.
En la Argentina, la discusión pasa por saber por qué Messi (que jugó una Copa América fabulosa) no canta el himno, o en desesperarse para pedir la cabeza del entrenador Sergio Batista. Tenemos una insustancialidad para el análisis profundo que resulta alarmante.
Nos perdemos en los detalles anecdóticos o directamente abominables. Burdisso, uno de los peores zagueros centrales que me ha tocado ver en mi vida (no sabe anticipar, no cabecea, no cruza con exactitud) sabe que en nuestro país el tribuneo funciona. De allí que increpara a Messi en el vestuario, sabiendo que la prensa deportiva carroñera iba a reproducir su exigencia de “poner más”.
Lionel Messi, que es un pibe ejemplar en todo sentido, seguramente la dejó pasar y, a su turno, hizo su trabajo como él sabe hacerlo: magistralmente. Burdisso, llamado a actuar, hizo su parte acorde con su falta de jerarquía: sus actuaciones fueron deplorables, a un paso del ridículo, coronadas por un penal pateado con las pantuflas puestas.
Hace muchos años, el hoy director técnico Mario Finarolli (quien jugó entre muchos otros equipos en mi querido Temperley), me dio una definición magistral de la cuestión: “Se juega al fútbol como se vive”.  
Miremos a nuestro alrededor en todos los ámbitos y comprobaremos que los mediocres no se resignan a tratar de imponer su prédica purulenta, viscosa, repugnante.
Desde 1973, con el memorable Huracán de César Luis Menotti, hasta la fecha, les vengo dando batalla y ni se me ocurre capitular.
Por lo que me dijo Finarolli aquélla vez.
Lo que está en juego es mucho más que un partido.
Es una idea, una ética, una forma de vida.

jueves, 14 de julio de 2011

COMBO


“Tenés que aceptar el combo entero; de lo contrario, no sirve”, le explicaba un simpatizante kirchnerista a mi mejor amigo, en un intento de justificar -con una suerte de obediencia debida- todas las aristas del modelo: las buenas (algunas tendrá, sobre todo los proyectos birlados a la Coalición Cívica) y las malas (que son incalculables).
En buen criollo: el modelo no se discute, a la Jefa no se le planta nadie y todo está pum para arriba.
Las publicidades (falsas) del Fútbol para Todos son absolutamente verdaderas.
Es una calumnia que, un cantautor que despreció a la ciudadanía porteña, tenga –como se comenta- seis dígitos de buenas razones (nacionales) para su felpudismo K.
Los sueños siempre fueron compartidos: los sueños para la gente y el dinero para los que estafaron a la gente. Un manera, cuanto menos inequitativa, de compartir.
En el Mercado Central no se puede vender ni Clarín ni Olé. Lo que no se ve no existe. Lo que no se vende, tampoco.
Los brillantes y jóvenes profesionales de La Cámpora deben controlar los excesos contrarios al modelo, por lo tanto hay que colocarlos en las listas para octubre y distribuirlos en empresas estratégicas del  Estado. Que sus sueldos sean escandalosamente oligárquicos, es lo de menos.
Había una época en que los supuestos revolucionarios intentaban predicar con el ejemplo.
No es ésta.
Si el organismo que debe combatir la discriminación es un conventillo, que terminó con la renuncia de sus dos máximas e impresentables autoridades, a las que sólo les faltó tomarse a golpes de puño, es otra campaña de las corporaciones multimediáticas.
Que Filmus no ganara en primera vuelta revela que  los porteños son reaccionarios, desagradecidos, ignorantes, nazis, fascistas, franquistas, onanistas y siguen las firmas.
Si una diputada se proclama stalinista no hay nada que objetar: unos cuantos millones de muertos, y para colmo en el pasado, no es motivo para distraernos de lo esencial.
Lo esencial sería el modelo.
Reconozco que ignoro cuál es el modelo.
No soy el único.
Aunque no haya modelo, si se quiere ser un disciplinado kirchnerista, “hay que aceptar el combo entero”, como sostiene un amigo de mi mejor amigo.
El Pensamiento Único es el único pensamiento que no debemos permitirnos.
A esta altura de la historia, el combo entero huele a sopa de Goebbels.
Somos muchos los que vamos armando nuestras ideas con distintos pensamientos, aún con errores y contradicciones a los que no vale temer.
Aceptar hoy la idea de un “combo entero” como si se tratara de una virtud, es dejar en evidencia una brutal ignorancia.