miércoles, 23 de febrero de 2011

LUGAR COMÚN


Para quienes me conocen y me leen, no es novedad que uno de mis principales objetivos a la hora de escribir es gambetear los lugares comunes.

Sin embargo, no conviene dejarse tentar por extremismos. De ninguna índole.

Pasar las 4.000 visitas en un blog que, según me cuenta la información del web master, tiene numerosos lectores, entre otros países, en la Argentina, México, España, Italia, Estados Unidos, o en lugares insospechados –por los menos para mí- como los Países Bajos, es motivo de orgullo.

Orgullo. No vanidad, que se entienda bien.

Hay quienes se sienten identificados con lo que escribo y me lo hacen saber.

Hay quienes no y también, respetuosamente, me lo han comunicado. Y hasta hemos intercambiado ideas enriquecedoras.

Si alguno lo hizo en forma irrespetuosa, no lo reconozco ni siquiera en la mera estadística.

Un irrespetuoso es, en sí mismo, un tipo que insulta su inteligencia y la del prójimo.

Afortunadamente, en Cibercaminos abundan lectores sensibles y respetuosos, y otros que no sé qué característica tendrán, pero a los que también alcanza esta insoslayable e inevitable expresión de lugar común, que no por ello deja de ser –en este caso- valiosa y sincera.

Muchas gracias.

A todos.

martes, 15 de febrero de 2011

EL FIN DE LOS PRINCIPIOS


Recuerdo que hace unos años, en una histérica entrega de Premios Martín Fierro, un grupo de actrices y actores vernáculos se desgañitaban al grito de ¡Somos actores, queremos actuar! o ¡Aguante la ficción!

Puños crispados y ojos brillosos complementaban el justo reclamo de trabajo de uno de los gremios con mayor desocupación de la Argentina. La mayoría de los medios periodísticos se hicieron eco de la velada, fundamentalmente por la notoriedad de quienes blandían tales reivindicaciones.

No se me ocurre que se tratara de una difusión solidaria del gremio periodístico, cuyo índice de desocupación también es alarmante.

Apagados los ardores de entonces, algunas cuestiones invitan a la reflexión. En la actualidad, desde programas que combaten la obesidad, pasando por ciclos de entretenimientos y hasta envíos decididamente periodísticos son conducidos por actores o actrices. En algunos casos, paradójicamente, por algunos de los que pusieron su garganta al rojo en aquél aquelarre bizarro mencionado al comienzo.

Puede que no me haya enterado, pero hasta el momento no conozco que ningún conductor televisivo o periodista del medio se haya encadenado a la Pirámide de Mayo al grito de ¡Soy conductor, quiero conducir! o ¡Soy periodista, quiero trabajar!

Los gremios que agrupan a los trabajadores de prensa, siempre atentos a su rosca interna y a ser funcionales a sus propias ambiciones, ni siquiera se ocupan del asunto.

En general, la llamada farándula declama una solidaridad y un respeto que encubren hipocresía y envidia. De mis treinta años de ejercicio ininterrumpido en el periodismo, pasé buena parte de ellos dedicado a la Cultura y el Espectáculo. Creo tener autoridad para escribir sobre el tema.

Un reconocido actor y productor que participó de varias campañas solidarias, fundió su productora luego de emitir una parva de cheques sin fondos, que tuvieron como destinatarios a numerosos colegas suyos, directores y guionistas.

Lejos de ser apartado del medio, increpado por sus compañeros o llevado ante la justicia, increíblemente fue premiado con un protagónico en una tira diaria que debutó en pantalla esta semana. Comentarios viperinos que nunca faltan sugieren que habría recibido una apetitosa suma por parte del gobierno para paliar su quebranto. Sugestivamente, se lo vio y se lo ve muy seguido en actos oficiales, que no siempre –casi nunca- tienen que ver con la cultura.

Tampoco hay por qué ser mal pensado. Puede que la militancia, un virus que anida desde hace un tiempo entre nosotros –casi siempre acompañado por favores-, haya contagiado a este talento argentino.

La misma militancia que, según otro prohombre de la escena nacional, lo llevó a volver de España, imbuido por el entusiasmo que le despierta la segunda independencia argentina y la necesidad de decir presente en el supuesto proceso de transformación de nuestro país.

La casualidad, que a veces existe, quiso que sea el encargado de presentar un ciclo de cine en el canal oficial.

Otras voces aseguran que su vuelta de España fue por un motivo menos patriótico y más terrenal: en la llamada Madre Patria no interesaban sus servicios.

En esta patética kermesse de desatinos, algunos autores se comportan a la altura de lo que son. La guionista de uno de los ciclos del actor-productor fundido reclamó la falta de pago de sus guiones vía Twitter.

Seguramente su juventud y su apego a las nuevas tecnologías alimentó una falsa y desmedida expectativa en la red social. Por lo general, una carta documento –herramienta a la que están apegados los autores con principios y dignidad- es el remedio más recomendable en estos casos.

Es probable que, de saberlo, haya preferido evitarlo, no sea cosa que en el futuro el medio televisivo le niegue trabajo. Aunque si no le preocupa cobrar, es evidente que no considera su labor como un trabajo.

Algo parecido a un pseudoproductor que conocí y que durante años mintió estar interesado en llevar a la pantalla grande una de mis novelas. Cada vez que hablábamos de reserva de derechos –o sea, de poner plata-, el interés se dilataba.

El mismo tipo contaba que presentó como guionista, junto con un grupo de amigos, un programa piloto a una reconocida empresa productora que, según su relato, al tiempo se apropió de algunos personajes para colocarlos en una telenovela de resonante suceso, que nada tenía que ver con la presentada por los muchachos.

En este caso no hubo Twitter, ni Facebook, ni mucho menos carta documento. El ambiente del espectáculo pierde la sonrisa cuando alguno de sus integrantes reclama por sus derechos.

Hoy, el sujeto dirige una empresa ligada con el gobierno, pomposamente anunciada como conectada a las industrias del espectáculo, sin que quien la dirige haya tenido el menor contacto con algún producto del medio, salvo el mencionado piloto, en el caso que haya existido.

El resentimiento y la decadencia de un actor reverberan con potencia. No entiendo la ingratitud de quienes hoy insultan y denuestan a colegas con los que departieron en el pasado sin ruborizarse, ni mucho menos esgrimiendo sus actuales y elevados principios morales, que los llevan a decir, por ejemplo, que hay gente de su gremio que defeca por la boca, expresión suavizada por el autor de esta nota, aunque la militancia exige (y espera) una metáfora más vulgar.

Estoy convencido que ninguno de nosotros puede tirar la primera piedra.

Es más: sugeriría que ni siquiera nos inclináramos a levantarla del suelo.

miércoles, 9 de febrero de 2011

HORMIGAS


Una novela nueva (corta y premiada), primer título de catálogo de una editorial naciente (Mundos), con una campaña de prensa que le otorgó buena presencia en los medios, críticas favorables, una distribución comercial como nunca tuve (el libro está en todas las librerías), y una sensación de sueño concretado que se mantiene, aunque –lo sé por experiencia-, se irá apagando lentamente, hasta comenzar a urdir uno nuevo.
En momentos así, un autor se siente con amplios derechos, libre de miedos, capaz de atreverse al desafío más riesgoso. Supongo que será una de las efímeras manifestaciones de la felicidad que, algunas veces en la vida, nos tocan el hombro.
Profeso por Canción salvaje una debilidad poco explicable. Es mi primera novela corta y también, la única –hasta el momento- donde los que se juegan a todo o nada en la trama son dos personajes. Me gusta definirla como la historia “de una amistad difícil y dos amores improbables”. Los amores que los dos protagonistas evocan de manera diferente: en un caso, casi con pudor, como para que el lector no se entere; en el otro, con la extravagancia típica de quien lo enuncia.
Hay quienes aseguran con acendrado convencimiento que reconocen en Marcos Vega, el futbolista, rasgos propios del autor, que también lo fue. Con Aníbal Olarra, el supuesto mentalista, el molde estalla: es difícil asociarlo con algún otro personaje notable, aunque sospecho que se trata de un protagonista muy sorianesco, con lo tentador y riesgoso que resulta para mí homenajear a mi escritor de cabecera.
En un par de notas, enfatizaron que uno de los objetivos principales de la novela es reformular el concepto de realidad. No fue deliberado, pero si es así, lo celebro. Recuerdo que una vez, Eliseo Subiela me recomendó algo muy estimulante: “No conviene atarse al realismo”.
Otros reconocen en la historia, una novela de ruta bien marcada, una escritura y una estética muy cinematográficas. Inevitable para mí: crecí culturalmente entre el cine, la literatura y el fútbol. Simultáneamente. Las películas de la Hammer con Peter Cushing, mi veneración por Edgar Allan Poe y las gambetas de Alejo Escos (para los profanos, el ídolo más grande de la historia de Temperley) fueron mi cóctel predilecto durante años. Puede que en Canción salvaje el trago esté servido como en ninguna de las otras novelas.
Cuando me consultan por el origen de mis personajes, recuerdo una genialidad que respondió Robert Altman al respecto. “¿Vio a las hormigas?” –preguntó el formidable cineasta a su interlocutor. “Sí”- respondió el entrevistador. “¿Vio que van todas ordenadas, en fila?”, -repreguntó el cineasta. “Sí”- volvió a responder el periodista, expectante. “¿Vio que alguna hormiga a veces se sale de la fila?” –remarcó el entrevistado. “Sí, claro” –admitió el hombre de prensa. “Bueno –remató Altman-, ésa es la hormiga que me interesa a mí, la que se sale de la fila”.
No son los exitosos, por lo general, las hormigas que se salen de la fila. A pesar que Rudyard Kipling consideraba que “la victoria y el fracaso son dos impostores, y hay que recibirlos con idéntica serenidad y con saludable punto de desdén”, son los perdedores los que dan sentido a la vida literaria.
Y a la otra también.
Hay quienes se dejarían asesinar por tomar un café con Bill Gates. Yo sería capaz de animarme a viajar hacia Los Ángeles –con el recelo que me despiertan esas máquinas aladas-, si pudiera volver el tiempo atrás y compartir unos tragos con Raymond Chandler, en lo posible acompañado por el detective Philip Marlowe, su máxima creación literaria. Y sólo por ese día, para estar a tono, volvería a fumar.
Uno elige.
Siempre.
Pude haber sido hincha de Independiente o de San Lorenzo. Hubo ingentes esfuerzos para lograrlo. Pero elegí ser del Cele y es uno de mis mayores orgullos. Tanto como haber mandado al diablo el banco en el que trabajaba a disgusto, para pasar a percibir un tercio del sueldo que ganaba en una mugrienta redacción en la que aprendí a hacer periodismo, lo que después me ayudaría –y cómo- a convertirme en escritor. Lo escribo y me quiero convencer que, mucho antes de leer la definición de Altman, ya me salía de la fila.
Ojalá.
Puede, entonces, que todo lo que me señalan respecto de Canción salvaje sea demoledoramente cierto.

domingo, 6 de febrero de 2011

LA PESADILLA AMERICANA


De tanto en tanto, el cine norteamericano independiente entrega una película tan rotunda y asombrosa como Winters’ bone, estrenada en la Argentina como Lazos de sangre.
Desde la primera toma, el espectador intuye que se encuentra frente a algo diferente. Esta excursión descarnada hacia la marginalidad rural tiene, entre sus muchas virtudes, la de evitar el juicio moral de sus protagonistas. Bastante tienen estos hombres y mujeres con lo que son. Desclasados, expulsados del sistema o simplemente lúmpenes, deambulan por la vida orillando el delito o directamente dentro de él.
Sin embargo, toda regla tiene su excepción. En Winter´s bone es la joven Ree Dolly, a cargo de sus dos pequeños hermanos y de una madre que ha perdido la cordura, quien por motivos que no revelaremos aquí deberá tratar de ubicar a su padre.
El entramado de la película, la consistencia de los personajes, los diálogos lacónicos, dolientes como el azote de un látigo, denotan un origen literario. Lo hay: la novela homónima de Daniel Woodrell (que no leí), sobre la cual la directora Debra Granick y la guionista Anne Rosellini elaboraron un libro cinematográfico que cualquier (buen) escritor querría firmar.
Hay otro imán arrollador: Jennifer Lawrence, 19 años, encargada de ponerse en la piel y el alma de Ree en ese viaje del cual emergerá distinta. Sin el menor exceso, desprovista de tics, dando a cada gesto el valor del oro, esta joven bellísima compone un personaje inolvidable, en el que habrá que hurgar bien en el fondo de sus durezas para encontrar sus territorios más tiernos, casi amables.
Winter´s bone es una lacerante radiografía de los intestinos ocultos de un país mentiroso por naturaleza –sobre todo desde el cine- y cínico por conveniencia política. Definido magistralmente por un gigante literario hijo de ese suelo, Henry Miller en Trópico de Cáncer: “Estados Unidos es sólo una ilusión”.
No está la impostada y radiante belleza light de Sex and the city o subproductos similares. El film está en las antípodas de ese anticine. Sin recursos rimbombantes, en esta película aparece gente que no tiene ni siquiera para comer, y buitres con forma humana que trafican con la vida y también con la muerte.
El gran acierto de la directora Debra Granick (me disculpo por no conocer ningún antecedente fílmico suyo) es no subrayar ni apostrofar. Se dedica a contar, a retratar usos y costumbres, y lo hace de manera formidable. En la escena del lago –terriblemente inolvidable- ratifica que la mesura no es enemiga del sentimiento, y que una pizca de bienvenido pudor, en algunos momentos, beneficia al buen cine. El impacto fácil, justamente, es sencillo; conmover genuinamente es mucho más difícil.
Hace varios días ví Winter´s bone y no puedo sacármela de la cabeza.

martes, 1 de febrero de 2011

LOS ESCRITORES, ESOS INÚTILES


-¿Usted de qué trabaja?- me preguntan algunas veces.
-Soy escritor –respondo, con tono a mitad de camino entre el horror y el fastidio.
-Ah…, escritor… - repite mi ocasional interlocutor. Hace una pausa y muestra cara de sorprendido, como si yo hubiese respondido astronauta, asesino serial o gladiador romano.
El silencio no dura demasiado.
-¿Y qué escribe? –insiste, por lo general.
-De todo – intento ser elusivo. Todo significa qué le importa.
-¿Por ejemplo? – continúa el desganado reportaje al paso.
Fatigosamente, enumero alguna novela, película u obra de teatro de mi autoría que, por supuesto, mi interlocutor no conoce porque no es del medio. Si lo fuera, tampoco la conocería.
Lo dicen los pibes en su jerga: hoy, un escritor no garpa, carece de valor, no significa nada. Escribí nada y quise decir eso: nada.
“Quien quiera convertirse en un escritor inútil no tiene más que ejercitarse. Se recomienda el ejercicio de los vicios, que son siete; hay que insistir con cada uno de ellos hasta que de pronto se obtiene una nueva visión y uno se queda allí mudo, blando, e incapaz de todo”, sostiene el italiano Ermanno Cavazzoni en su libro Los escritores inútiles.
Luego de leer a Cavazzoni entiendo por qué a Hank Moody, el vicioso escritor de Californication, ese ejercicio le costó –por lo menos hasta esta nueva temporada de la serie, que es la cuarta- su matrimonio, el amor de su hija, la cárcel, algunos golpes y el escarnio público por una acusación escandalosa.
Hank no parece demasiado atribulado: continúa muy ocupado con el alcohol, el sexo desenfrenado, el cigarrillo o las festicholas del ambiente. No le interesa ni por error sentarse frente a su máquina de escribir (Moody no usa computadora) para hacer lo que debería: escribir. Un vago, un consumado inútil, que confirma la teoría de Cavazzoni.
Cuidado con las simplificaciones: ser escritor no lo convierte a uno automáticamente en inútil. Sostiene Cavazzoni: “Tampoco es fácil volverse inútil, por más que uno estudie, aplique y se las ingenie; a menos que la vida, con sus eventualidades, venga en socorro nuestro”.
Conozco una considerable cantidad de inútiles que son autodidactas e incapaces de dibujar una o con el fondo de un vaso, por lo que me atrevería a afirmar que sería una ligereza atribuir el gremio de los escritores el liderazgo en las estadísticas de profesiones inútiles. Un estudio fiable al respecto aclararía tan controvertido tema. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) aparece como la herramienta más apropiada.
Además de inútiles, los escritores suelen ser (nótese el cobarde recurso de no escribir solemos ser, como si yo fuera astrónomo) vanidosos, insoportables, quejumbrosos.
“Los escritores son los seres más fastidiosos que existen. Conforman las personalidades sicopáticas más pintorescas. Muchos de ellos son latosos tanto en su vida personal como en lo que escriben. Por supuesto que debo incluirme por haber escrito una que otra babosada. No digo todo esto por humildad, sino más bien para tratar de saldar cuentas con un gremio que parece tener muy mal administrado el ego y la autoestima”, asegura el español Carlos Yusti en su esclarecedor artículo Pedagogía de la inutilidad.
Acertadamente, Yusti no adjudica esta molesta característica al hecho que, en las últimas décadas, el escritor haya perdido el predicamento social que injustamente supo tener en épocas pretéritas. Es posible que Poe, Flaubert o Conrad, por citar ejemplos al paso, hubieran realizado un aporte más positivo a la humanidad como material de estudio psiquiátrico que arremetiendo con poemas, cuentos y novelas con pretendido deseo de posteridad.
Otra característica del escritor es su desinterés por la masividad y su vocación provocadora. Experto contemplador de su ombligo, no trepida en arremeter contra lo que sea, simplemente porque cree que ésa es su obligación.
Relata Cavazzoni: “Un escritor de vanguardia odiaba escribir; entonces tomaba un libro y lo escribía al revés, de la última a la primera palabra; después iba al congreso permanente de los escritores de vanguardia muy excitado”.
Seguramente preso de los vahos de inmerecido prestigio que le procuró una novela como La insoportable levedad del ser, destacada por algunos críticos como vanguardista, su autor, el checo Milan Kundera confesó desafiante: “Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos”.
Inexplicablemente, aunque a Kundera probablemente le importe un rábano el lector, sus libros se venden por millones, se tradujeron a varios idiomas y se venera su figura como si se tratase de un respetable referente de la cultura y no como lo que es: un escritor, que bien podría ser un inútil.
Distinto es el caso de Ricky Martin, artista preocupado por el paladar de su público y atento a los deseos de las mayorías. Su libro Yo, Ricky vendió 10.000 ejemplares en un par de meses en uno de los locales de una importante cadena de librerías porteña. Son datos menores que el cantante portorriqueño no provenga del ámbito de las letras, y que el leit motiv de su libro sea la proclamación pública de su homosexualidad.
No es difícil imaginar la ira que el hecho produjo en numerosos inútiles que agotan madrugadas frente al teclado, acompañados por el icónico vaso con su bebida preferida, imaginando historias que suponen originales, trascendentes. El éxito de Yo, Ricky posiblemente despierte en este hato de inservibles una execrable purulencia moral: la envidia.
Sobre esta cuestión, Cavazzoni también arroja un poco de luz: “Los escritores, por principio se odian, pero no consiguen separarse el uno del otro. Se los ve caminando del brazo como amigos inseparables. En cambio se odian. Se los ve reunidos en el café; parecen de buen humor, y en cambio anidan pensamientos de destrucción recíproca y aniquilamiento”.
Jactanciosos, malhumorados y polémicos, los escritores distan de ser proactivos (adjetivo indispensable en la actualidad para el currículum vitae de la dama o del caballero, sobre todo si están en trance de búsqueda de empleo), no se destacan por su mesura o prudencia, y además gustan opinar de lo que les venga en gana, como si alguien esperase que lo hicieran.
Por fortuna, Carlos Yusti los coloca en su lugar: “Los escritores son tipejos de segunda. A nadie le importan sus opiniones. A ninguno de sus lectores le chiflan sus dictámenes fuera del recuadro de lo literario. Para nada sirven sus libros y sus ideas son la guinda rosa de ese gran marasmo, de ese gran pastel de subsidio que se llama Cultura sea de oficial, de izquierda, progresista, de derecha, nazi o vegetariana. Y esta aseveración tiene su base. Busque en cualquier diario alguna entrevista cuyo protagonista sea un escritor. Mire la televisión y diga cuál opinión reciente conoce emitida por alguno de ellos”.
“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, canta Joan Manuel Serrat, quien tal vez en algún momento sorprenda a la masa con un éxito editorial con forma de libro, en estilo símil Ricky Martin.
Aunque conociendo desde lejos los usos y costumbres del catalán, no correspondería esperar revelaciones de un tenor similar al de su colega (igualmente, nunca se sabe).
Lo que habrá que descontar es la iracunda reacción de los escritores ante ese potencial éxito.
Previsible y paradigmática manifestación de inutilidad.

sábado, 29 de enero de 2011

REBELDE, SOÑADOR Y FUGITIVO


“Acaso cometo el pecado de vestir a los perdedores con el ropaje de los sueños”, dijo en el momento en que sus novelas se esfumaban vertiginosamente de los anaqueles de las librerías argentinas. Podría tratarse de una defensa ante los virulentos ataques de colegas que nunca toleraron ni su éxito ni la fidelidad de sus lectores. También, si se quiere, de una declaración de principios en la que –muy a su manera- el pecado terminaba convertido en virtud.
Desde hoy son catorce los años en que se extraña a Osvaldo Soriano (Mar del Plata, 6 de enero de 1943), un escritor imaginativo, provocador, capaz de macerar la alquimia perseguida por todo narrador: la que consigue entretener, promover la reflexión y conmover.
Autor de una de las mejores primeras novelas que se recuerden, Triste, solitario y final (1973), donde se arriesgó a involucrarse como personaje junto a sus amados Stan Laurel, Oliver Hardy y el detective Philip Marlowe (creado por Raymond Chandler), lo que en otro autor hubiera resultado insolente, en Soriano rozó la genialidad.
Alérgico a los totalitarismos, hizo escala en Bélgica primero y en Francia después, durante los años de plomo de la Argentina. En el exilio se forjaron No habrá más penas ni olvido (1978), implacable vivisección del gen peronista de los ’70, y Cuarteles de invierno (1980), notable metáfora de la última dictadura vernácula, sin tics ni clichés, en la que dos perdedores en debacle (un cantor de tangos y un boxeador) rebuscan en los bolsillos sus últimos sueños.
La desopilante A sus plantas rendido un león (1988) se atrevió a redoblar la apuesta en cuanto a audacia: la Guerra de Malvinas como eco en medio de una revuelta en un inexistente país africano, donde un falso cónsul, Faustino Bertoldi, siente estallar su argentinidad.
En Una sombra ya pronto serás (1990), entre humor, nostalgia y poesía, puede bucearse en la dicha y la tragedia de ser argentino. Un ingeniero en informática sin nombre y un italiano apócrifo son las llaves para una magistral novela de ruta, en la que los protagonistas, a falta de efectivo, apuestan sus ilusiones en una partida de truco. O donde los caminos, sin señales, conducen a ninguna parte.
El ojo de la patria (1992), con su prócer momificado revivido por un chip, y un espía porteño en medio de la operación Milagro Argentino, antecedió a su novela más riesgosa y autobiográfica: La hora sin sombra (1995). Exquisita manifestación de madurez literaria, Soriano volcó en ella, sin pudores, sueños de infancia, el recuerdo de su madre y el reencuentro con la que siempre fue, en vida y obra, la figura trascendental: su padre.
Hubo cuatro libros con artículos periodísticos, cuentos y evocaciones: Artistas, locos y criminales (1984); Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988), Cuentos de los años felices (1993) y Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996), donde aprovechó, entre otras cosas, para ajustar cuentas con los detractores del fútbol (deporte que jugó y amó), dejando como herencia a un inefable entrenador, el Míster Peregrino Fernández, o el relato de El penal más largo del mundo.
“Un autor debe estar a la altura de sus personajes”, me aseguró en un bar porteño, una calurosa tarde de principios de los ’90. Porque este hombre que detestaba la frivolidad y aborrecía la ostentación, firmó contratos millonarios pero frente a su casa de la Boca estacionaba un Dogde 1.500. “En mi barrio no hay lugar para otro coche que no sea ése”, explicaba.
Desde ya.
Bertoldi, Rocha o Galván no lo hubieran permitido.

martes, 22 de diciembre de 2009

TODO SIGUE PEOR


Falta un día para cumplir un mes desde la última nota publicada.
¿Por qué el silencio? No sé muy bien. Acaso por el hastío de estar repitiendo temas: gobernantes que no escuchan (o no quieren hacerlo), opositores que hablan y se quedan en eso, más muerte que asusta y acobarda, cada vez menos alegría (y eso que se vienen las fiestas).
Por momentos tengo la sensación que la Argentina es un país resignado a aceptar su condición de sufriente fracasado.
En casi un mes de silencio en el blog, moviéndome en otros ambientes sin dejar de captar sensaciones (¿cómo hace un escritor y periodista para conseguirlo?), mi percepción se agudizó.
Escucho: “Por poco menos que esto, en Francia dan vuelta el país”. Es cierto. Y acá ocurren iguales o peores cosas que en Francia y nadie da vuelta el país.
Ni siquiera lo intenta.
¿Es necesario aclarar que lo de “dar vuelta el país” es en sentido figurado, metafórico, simbólico? Peco de obvio para no activar el detector de “destituyentes”. Por este lado van mal, muchachos.
Todavía no salgo de mi asombro sobre el bochorno del pasado 10 de diciembre. Un ex presidente y la Presidenta a pura discusión telefónica: “Bajen al recinto”, ordena ella. “Si bajamos, ganan ellos y después vienen por todo”, argumenta él.
Aunque luego el hombre bajó al recinto y tuvo que respetar un acuerdo previo (cosa que debe haberlo indigestado por varios días), me queda la duda: ¿Qué es ése todo por el que va a ir la oposición? ¿El patrimonio nacional es de alguien? ¿Fue usurpado? Respuesta teórica según la Constitución: no. Respuesta práctica según la realidad argentina 2009: sí.
La Presidenta pronostica un 2010 donde la venta de automotores será tan espectacular como los fuegos de artificio de fin de año.
Analizando las escuálidas cifras del plan canje de automotores, que ella misma anunciara hace unos meses, con los habituales bombos y platillos de la cadena nacional de la que tan enamorada está, uno duda del pronóstico.
El ministro de Economía afirma que las arcas oficiales no podrían estar más sólidas. Pero los compromisos con los acreedores se afrontan con las reservas. No hay que ser diplomado en Chicago para sospechar que algo no anda bien.
El Jefe de Gabinete frena a la Policía para que no cumpla con una orden judicial, aunque reivindica la Constitución. La Presidenta exige que el Poder Judicial sea prescindente del poder económico. El Poder Judicial se enoja con ambos pero no esboza una autocrítica a partir de la cual se pueda edificar una reforma que, a muchos funcionarios de ese poder, pareciera no convenirles.
El ex presidente, verdadera alma política en pena, anda paseándose por los rincones denunciando desestabilizaciones, planes macabros y objetivos ruines trazados por la oposición, en lugar de asumir que, desde el 10 de diciembre, deberá comandar una minoría.
El patagónico está dispuesto a tapar el sol con las manos, a vender humo en cuotas, o a tratar de fumar debajo del agua, para disimular algo absolutamente común en la vida cotidiana: haber perdido.
Para él, perder es morir (políticamente hablando). Nada más fundamentalista ni antidemocrático que ese pensamiento.
Entonces, para seguir disimulando, lo reta a duelo a Duhalde; y por Duhalde responde su esposa, Hilda “Chiche”, a quien le contesta Reutemann, quien a su vez sintió que Hilda “Chiche” le mojó la oreja.
Gente grande, aunque no parezca.
Mientras tanto, Moyano hijo bloquea plantas petroleras, aumentan los piquetes porteños (ya nadie sabe por qué), se vino el tarifazo en el transporte de larga distancia y sospechamos que seguirán otros en los demás servicios. Todos convenientemente disimulados en esa suerte de siesta social que se da entre las fiestas y las vacaciones de los que pueden tomarlas y salir.
Los comunicadores pronostican un 2010 políticamente “caliente”. El ciudadano común está cada vez más (peligrosamente) desinteresado con lo que pasa, y siente que nadie lo escucha ni lo entiende. Ni siquiera las personas que él votó en 2009 para que lo escucharan y entendieran.
Los argentinos no sabemos perder.
Le pasa a la Presidenta, al ex presidente, a la oposición y a los hinchas de fútbol.
En La Plata, simpatizantes de Estudiantes pintan frases contra Messi porque festejó el golazo del triunfo del Barcelona en la final del Mundial de Clubes, en lugar de reconocer la superioridad del rival y los méritos de los muchachos comandados por Alejandro Sabella, que con un juego destacable fueron borrando, en parte, la ignominia futbolística de aquellas épocas de un equipo al que algunos consideraban con “mística copera” y yo una horda de salvajes, mentores fundamentales del antifútbol argentino.
Somos así.
Nos vamos de vacaciones a una casa para dieciseis personas en Mar del Plata, que pagamos a la romana con la familia unita, comemos fiambre durante quince días, y a la vuelta mentimos: “Punta del Este estuvo genial. No hay como un chalet íntimo para disfrutar del descanso”.
Al cansancio de esta época del año, creo que le sumo la fatiga de ser argentino. Esa que proviene de creer que estás de vuelta de donde nunca llegaste; de convencerte que sos mejor que aquel que, si compitiera con vos, te dejaría en zona de descenso directo; de comerte todos los amagues y pensar que siempre te quedás con la pelota.
Somos los únicos que podemos cambiar esta historia.
Pero siempre estamos esperando que lo haga otro.