domingo, 6 de febrero de 2011

LA PESADILLA AMERICANA


De tanto en tanto, el cine norteamericano independiente entrega una película tan rotunda y asombrosa como Winters’ bone, estrenada en la Argentina como Lazos de sangre.
Desde la primera toma, el espectador intuye que se encuentra frente a algo diferente. Esta excursión descarnada hacia la marginalidad rural tiene, entre sus muchas virtudes, la de evitar el juicio moral de sus protagonistas. Bastante tienen estos hombres y mujeres con lo que son. Desclasados, expulsados del sistema o simplemente lúmpenes, deambulan por la vida orillando el delito o directamente dentro de él.
Sin embargo, toda regla tiene su excepción. En Winter´s bone es la joven Ree Dolly, a cargo de sus dos pequeños hermanos y de una madre que ha perdido la cordura, quien por motivos que no revelaremos aquí deberá tratar de ubicar a su padre.
El entramado de la película, la consistencia de los personajes, los diálogos lacónicos, dolientes como el azote de un látigo, denotan un origen literario. Lo hay: la novela homónima de Daniel Woodrell (que no leí), sobre la cual la directora Debra Granick y la guionista Anne Rosellini elaboraron un libro cinematográfico que cualquier (buen) escritor querría firmar.
Hay otro imán arrollador: Jennifer Lawrence, 19 años, encargada de ponerse en la piel y el alma de Ree en ese viaje del cual emergerá distinta. Sin el menor exceso, desprovista de tics, dando a cada gesto el valor del oro, esta joven bellísima compone un personaje inolvidable, en el que habrá que hurgar bien en el fondo de sus durezas para encontrar sus territorios más tiernos, casi amables.
Winter´s bone es una lacerante radiografía de los intestinos ocultos de un país mentiroso por naturaleza –sobre todo desde el cine- y cínico por conveniencia política. Definido magistralmente por un gigante literario hijo de ese suelo, Henry Miller en Trópico de Cáncer: “Estados Unidos es sólo una ilusión”.
No está la impostada y radiante belleza light de Sex and the city o subproductos similares. El film está en las antípodas de ese anticine. Sin recursos rimbombantes, en esta película aparece gente que no tiene ni siquiera para comer, y buitres con forma humana que trafican con la vida y también con la muerte.
El gran acierto de la directora Debra Granick (me disculpo por no conocer ningún antecedente fílmico suyo) es no subrayar ni apostrofar. Se dedica a contar, a retratar usos y costumbres, y lo hace de manera formidable. En la escena del lago –terriblemente inolvidable- ratifica que la mesura no es enemiga del sentimiento, y que una pizca de bienvenido pudor, en algunos momentos, beneficia al buen cine. El impacto fácil, justamente, es sencillo; conmover genuinamente es mucho más difícil.
Hace varios días ví Winter´s bone y no puedo sacármela de la cabeza.

martes, 1 de febrero de 2011

LOS ESCRITORES, ESOS INÚTILES


-¿Usted de qué trabaja?- me preguntan algunas veces.
-Soy escritor –respondo, con tono a mitad de camino entre el horror y el fastidio.
-Ah…, escritor… - repite mi ocasional interlocutor. Hace una pausa y muestra cara de sorprendido, como si yo hubiese respondido astronauta, asesino serial o gladiador romano.
El silencio no dura demasiado.
-¿Y qué escribe? –insiste, por lo general.
-De todo – intento ser elusivo. Todo significa qué le importa.
-¿Por ejemplo? – continúa el desganado reportaje al paso.
Fatigosamente, enumero alguna novela, película u obra de teatro de mi autoría que, por supuesto, mi interlocutor no conoce porque no es del medio. Si lo fuera, tampoco la conocería.
Lo dicen los pibes en su jerga: hoy, un escritor no garpa, carece de valor, no significa nada. Escribí nada y quise decir eso: nada.
“Quien quiera convertirse en un escritor inútil no tiene más que ejercitarse. Se recomienda el ejercicio de los vicios, que son siete; hay que insistir con cada uno de ellos hasta que de pronto se obtiene una nueva visión y uno se queda allí mudo, blando, e incapaz de todo”, sostiene el italiano Ermanno Cavazzoni en su libro Los escritores inútiles.
Luego de leer a Cavazzoni entiendo por qué a Hank Moody, el vicioso escritor de Californication, ese ejercicio le costó –por lo menos hasta esta nueva temporada de la serie, que es la cuarta- su matrimonio, el amor de su hija, la cárcel, algunos golpes y el escarnio público por una acusación escandalosa.
Hank no parece demasiado atribulado: continúa muy ocupado con el alcohol, el sexo desenfrenado, el cigarrillo o las festicholas del ambiente. No le interesa ni por error sentarse frente a su máquina de escribir (Moody no usa computadora) para hacer lo que debería: escribir. Un vago, un consumado inútil, que confirma la teoría de Cavazzoni.
Cuidado con las simplificaciones: ser escritor no lo convierte a uno automáticamente en inútil. Sostiene Cavazzoni: “Tampoco es fácil volverse inútil, por más que uno estudie, aplique y se las ingenie; a menos que la vida, con sus eventualidades, venga en socorro nuestro”.
Conozco una considerable cantidad de inútiles que son autodidactas e incapaces de dibujar una o con el fondo de un vaso, por lo que me atrevería a afirmar que sería una ligereza atribuir el gremio de los escritores el liderazgo en las estadísticas de profesiones inútiles. Un estudio fiable al respecto aclararía tan controvertido tema. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) aparece como la herramienta más apropiada.
Además de inútiles, los escritores suelen ser (nótese el cobarde recurso de no escribir solemos ser, como si yo fuera astrónomo) vanidosos, insoportables, quejumbrosos.
“Los escritores son los seres más fastidiosos que existen. Conforman las personalidades sicopáticas más pintorescas. Muchos de ellos son latosos tanto en su vida personal como en lo que escriben. Por supuesto que debo incluirme por haber escrito una que otra babosada. No digo todo esto por humildad, sino más bien para tratar de saldar cuentas con un gremio que parece tener muy mal administrado el ego y la autoestima”, asegura el español Carlos Yusti en su esclarecedor artículo Pedagogía de la inutilidad.
Acertadamente, Yusti no adjudica esta molesta característica al hecho que, en las últimas décadas, el escritor haya perdido el predicamento social que injustamente supo tener en épocas pretéritas. Es posible que Poe, Flaubert o Conrad, por citar ejemplos al paso, hubieran realizado un aporte más positivo a la humanidad como material de estudio psiquiátrico que arremetiendo con poemas, cuentos y novelas con pretendido deseo de posteridad.
Otra característica del escritor es su desinterés por la masividad y su vocación provocadora. Experto contemplador de su ombligo, no trepida en arremeter contra lo que sea, simplemente porque cree que ésa es su obligación.
Relata Cavazzoni: “Un escritor de vanguardia odiaba escribir; entonces tomaba un libro y lo escribía al revés, de la última a la primera palabra; después iba al congreso permanente de los escritores de vanguardia muy excitado”.
Seguramente preso de los vahos de inmerecido prestigio que le procuró una novela como La insoportable levedad del ser, destacada por algunos críticos como vanguardista, su autor, el checo Milan Kundera confesó desafiante: “Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos”.
Inexplicablemente, aunque a Kundera probablemente le importe un rábano el lector, sus libros se venden por millones, se tradujeron a varios idiomas y se venera su figura como si se tratase de un respetable referente de la cultura y no como lo que es: un escritor, que bien podría ser un inútil.
Distinto es el caso de Ricky Martin, artista preocupado por el paladar de su público y atento a los deseos de las mayorías. Su libro Yo, Ricky vendió 10.000 ejemplares en un par de meses en uno de los locales de una importante cadena de librerías porteña. Son datos menores que el cantante portorriqueño no provenga del ámbito de las letras, y que el leit motiv de su libro sea la proclamación pública de su homosexualidad.
No es difícil imaginar la ira que el hecho produjo en numerosos inútiles que agotan madrugadas frente al teclado, acompañados por el icónico vaso con su bebida preferida, imaginando historias que suponen originales, trascendentes. El éxito de Yo, Ricky posiblemente despierte en este hato de inservibles una execrable purulencia moral: la envidia.
Sobre esta cuestión, Cavazzoni también arroja un poco de luz: “Los escritores, por principio se odian, pero no consiguen separarse el uno del otro. Se los ve caminando del brazo como amigos inseparables. En cambio se odian. Se los ve reunidos en el café; parecen de buen humor, y en cambio anidan pensamientos de destrucción recíproca y aniquilamiento”.
Jactanciosos, malhumorados y polémicos, los escritores distan de ser proactivos (adjetivo indispensable en la actualidad para el currículum vitae de la dama o del caballero, sobre todo si están en trance de búsqueda de empleo), no se destacan por su mesura o prudencia, y además gustan opinar de lo que les venga en gana, como si alguien esperase que lo hicieran.
Por fortuna, Carlos Yusti los coloca en su lugar: “Los escritores son tipejos de segunda. A nadie le importan sus opiniones. A ninguno de sus lectores le chiflan sus dictámenes fuera del recuadro de lo literario. Para nada sirven sus libros y sus ideas son la guinda rosa de ese gran marasmo, de ese gran pastel de subsidio que se llama Cultura sea de oficial, de izquierda, progresista, de derecha, nazi o vegetariana. Y esta aseveración tiene su base. Busque en cualquier diario alguna entrevista cuyo protagonista sea un escritor. Mire la televisión y diga cuál opinión reciente conoce emitida por alguno de ellos”.
“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, canta Joan Manuel Serrat, quien tal vez en algún momento sorprenda a la masa con un éxito editorial con forma de libro, en estilo símil Ricky Martin.
Aunque conociendo desde lejos los usos y costumbres del catalán, no correspondería esperar revelaciones de un tenor similar al de su colega (igualmente, nunca se sabe).
Lo que habrá que descontar es la iracunda reacción de los escritores ante ese potencial éxito.
Previsible y paradigmática manifestación de inutilidad.

sábado, 29 de enero de 2011

REBELDE, SOÑADOR Y FUGITIVO


“Acaso cometo el pecado de vestir a los perdedores con el ropaje de los sueños”, dijo en el momento en que sus novelas se esfumaban vertiginosamente de los anaqueles de las librerías argentinas. Podría tratarse de una defensa ante los virulentos ataques de colegas que nunca toleraron ni su éxito ni la fidelidad de sus lectores. También, si se quiere, de una declaración de principios en la que –muy a su manera- el pecado terminaba convertido en virtud.
Desde hoy son catorce los años en que se extraña a Osvaldo Soriano (Mar del Plata, 6 de enero de 1943), un escritor imaginativo, provocador, capaz de macerar la alquimia perseguida por todo narrador: la que consigue entretener, promover la reflexión y conmover.
Autor de una de las mejores primeras novelas que se recuerden, Triste, solitario y final (1973), donde se arriesgó a involucrarse como personaje junto a sus amados Stan Laurel, Oliver Hardy y el detective Philip Marlowe (creado por Raymond Chandler), lo que en otro autor hubiera resultado insolente, en Soriano rozó la genialidad.
Alérgico a los totalitarismos, hizo escala en Bélgica primero y en Francia después, durante los años de plomo de la Argentina. En el exilio se forjaron No habrá más penas ni olvido (1978), implacable vivisección del gen peronista de los ’70, y Cuarteles de invierno (1980), notable metáfora de la última dictadura vernácula, sin tics ni clichés, en la que dos perdedores en debacle (un cantor de tangos y un boxeador) rebuscan en los bolsillos sus últimos sueños.
La desopilante A sus plantas rendido un león (1988) se atrevió a redoblar la apuesta en cuanto a audacia: la Guerra de Malvinas como eco en medio de una revuelta en un inexistente país africano, donde un falso cónsul, Faustino Bertoldi, siente estallar su argentinidad.
En Una sombra ya pronto serás (1990), entre humor, nostalgia y poesía, puede bucearse en la dicha y la tragedia de ser argentino. Un ingeniero en informática sin nombre y un italiano apócrifo son las llaves para una magistral novela de ruta, en la que los protagonistas, a falta de efectivo, apuestan sus ilusiones en una partida de truco. O donde los caminos, sin señales, conducen a ninguna parte.
El ojo de la patria (1992), con su prócer momificado revivido por un chip, y un espía porteño en medio de la operación Milagro Argentino, antecedió a su novela más riesgosa y autobiográfica: La hora sin sombra (1995). Exquisita manifestación de madurez literaria, Soriano volcó en ella, sin pudores, sueños de infancia, el recuerdo de su madre y el reencuentro con la que siempre fue, en vida y obra, la figura trascendental: su padre.
Hubo cuatro libros con artículos periodísticos, cuentos y evocaciones: Artistas, locos y criminales (1984); Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988), Cuentos de los años felices (1993) y Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996), donde aprovechó, entre otras cosas, para ajustar cuentas con los detractores del fútbol (deporte que jugó y amó), dejando como herencia a un inefable entrenador, el Míster Peregrino Fernández, o el relato de El penal más largo del mundo.
“Un autor debe estar a la altura de sus personajes”, me aseguró en un bar porteño, una calurosa tarde de principios de los ’90. Porque este hombre que detestaba la frivolidad y aborrecía la ostentación, firmó contratos millonarios pero frente a su casa de la Boca estacionaba un Dogde 1.500. “En mi barrio no hay lugar para otro coche que no sea ése”, explicaba.
Desde ya.
Bertoldi, Rocha o Galván no lo hubieran permitido.

martes, 22 de diciembre de 2009

TODO SIGUE PEOR


Falta un día para cumplir un mes desde la última nota publicada.
¿Por qué el silencio? No sé muy bien. Acaso por el hastío de estar repitiendo temas: gobernantes que no escuchan (o no quieren hacerlo), opositores que hablan y se quedan en eso, más muerte que asusta y acobarda, cada vez menos alegría (y eso que se vienen las fiestas).
Por momentos tengo la sensación que la Argentina es un país resignado a aceptar su condición de sufriente fracasado.
En casi un mes de silencio en el blog, moviéndome en otros ambientes sin dejar de captar sensaciones (¿cómo hace un escritor y periodista para conseguirlo?), mi percepción se agudizó.
Escucho: “Por poco menos que esto, en Francia dan vuelta el país”. Es cierto. Y acá ocurren iguales o peores cosas que en Francia y nadie da vuelta el país.
Ni siquiera lo intenta.
¿Es necesario aclarar que lo de “dar vuelta el país” es en sentido figurado, metafórico, simbólico? Peco de obvio para no activar el detector de “destituyentes”. Por este lado van mal, muchachos.
Todavía no salgo de mi asombro sobre el bochorno del pasado 10 de diciembre. Un ex presidente y la Presidenta a pura discusión telefónica: “Bajen al recinto”, ordena ella. “Si bajamos, ganan ellos y después vienen por todo”, argumenta él.
Aunque luego el hombre bajó al recinto y tuvo que respetar un acuerdo previo (cosa que debe haberlo indigestado por varios días), me queda la duda: ¿Qué es ése todo por el que va a ir la oposición? ¿El patrimonio nacional es de alguien? ¿Fue usurpado? Respuesta teórica según la Constitución: no. Respuesta práctica según la realidad argentina 2009: sí.
La Presidenta pronostica un 2010 donde la venta de automotores será tan espectacular como los fuegos de artificio de fin de año.
Analizando las escuálidas cifras del plan canje de automotores, que ella misma anunciara hace unos meses, con los habituales bombos y platillos de la cadena nacional de la que tan enamorada está, uno duda del pronóstico.
El ministro de Economía afirma que las arcas oficiales no podrían estar más sólidas. Pero los compromisos con los acreedores se afrontan con las reservas. No hay que ser diplomado en Chicago para sospechar que algo no anda bien.
El Jefe de Gabinete frena a la Policía para que no cumpla con una orden judicial, aunque reivindica la Constitución. La Presidenta exige que el Poder Judicial sea prescindente del poder económico. El Poder Judicial se enoja con ambos pero no esboza una autocrítica a partir de la cual se pueda edificar una reforma que, a muchos funcionarios de ese poder, pareciera no convenirles.
El ex presidente, verdadera alma política en pena, anda paseándose por los rincones denunciando desestabilizaciones, planes macabros y objetivos ruines trazados por la oposición, en lugar de asumir que, desde el 10 de diciembre, deberá comandar una minoría.
El patagónico está dispuesto a tapar el sol con las manos, a vender humo en cuotas, o a tratar de fumar debajo del agua, para disimular algo absolutamente común en la vida cotidiana: haber perdido.
Para él, perder es morir (políticamente hablando). Nada más fundamentalista ni antidemocrático que ese pensamiento.
Entonces, para seguir disimulando, lo reta a duelo a Duhalde; y por Duhalde responde su esposa, Hilda “Chiche”, a quien le contesta Reutemann, quien a su vez sintió que Hilda “Chiche” le mojó la oreja.
Gente grande, aunque no parezca.
Mientras tanto, Moyano hijo bloquea plantas petroleras, aumentan los piquetes porteños (ya nadie sabe por qué), se vino el tarifazo en el transporte de larga distancia y sospechamos que seguirán otros en los demás servicios. Todos convenientemente disimulados en esa suerte de siesta social que se da entre las fiestas y las vacaciones de los que pueden tomarlas y salir.
Los comunicadores pronostican un 2010 políticamente “caliente”. El ciudadano común está cada vez más (peligrosamente) desinteresado con lo que pasa, y siente que nadie lo escucha ni lo entiende. Ni siquiera las personas que él votó en 2009 para que lo escucharan y entendieran.
Los argentinos no sabemos perder.
Le pasa a la Presidenta, al ex presidente, a la oposición y a los hinchas de fútbol.
En La Plata, simpatizantes de Estudiantes pintan frases contra Messi porque festejó el golazo del triunfo del Barcelona en la final del Mundial de Clubes, en lugar de reconocer la superioridad del rival y los méritos de los muchachos comandados por Alejandro Sabella, que con un juego destacable fueron borrando, en parte, la ignominia futbolística de aquellas épocas de un equipo al que algunos consideraban con “mística copera” y yo una horda de salvajes, mentores fundamentales del antifútbol argentino.
Somos así.
Nos vamos de vacaciones a una casa para dieciseis personas en Mar del Plata, que pagamos a la romana con la familia unita, comemos fiambre durante quince días, y a la vuelta mentimos: “Punta del Este estuvo genial. No hay como un chalet íntimo para disfrutar del descanso”.
Al cansancio de esta época del año, creo que le sumo la fatiga de ser argentino. Esa que proviene de creer que estás de vuelta de donde nunca llegaste; de convencerte que sos mejor que aquel que, si compitiera con vos, te dejaría en zona de descenso directo; de comerte todos los amagues y pensar que siempre te quedás con la pelota.
Somos los únicos que podemos cambiar esta historia.
Pero siempre estamos esperando que lo haga otro.

lunes, 23 de noviembre de 2009

LOS GUARDIANES DEL MODELO


Son hombres y mujeres que aseguran defender un modelo nacional (¿o nacionalista?) y popular (¿o populista?).
Se definen como democráticos, pero execran sin miramientos a quienes osen poner en duda la vocación patriótica y la transformación de la Argentina que el admirado (por ellos) matrimonio habría puesto en marcha desde hace seis años.
Repiten, como el peleador callejero o el ministro hiperparlante, el gastado discurso que -variantes más, variantes menos-, adjudica todas las calamidades propias a responsabilidades ajenas: la derecha, la prédica destituyente, los medios de comunicación, los monopolios o los famosos de la televisión.
En general, reivindican un pasado poco comprobable de militancia, lucha popular y fidelidad por una causa que ni siquiera pueden explicar con claridad. Son idénticos a sus mentores.
Unos pocos participan de alguna que otra marcha, pero la mayoría consume hectolitros de mate, mientras escucha con militante atención la radio AM más oficialista.
Periodistas infieles a la causa u oyentes descarriados sufrirán la ira de estos insignes revolucionarios, bramando en el contestador telefónico de la producción de los programas para poner orden.
Suelen confundir inconformismo con resentimiento e imaginar que, entre los palos de la yerba mate, se abren camino por la Sierra Maestra, blandiendo sus armas para combatir al enemigo.
Compran, sin revisar ni la fecha de envase ni de vencimiento, el discurso vacío e incoherente de quienes aseguran luchar contra la pobreza y amasan fortunas personales dignas de figurar en la revista Forbes.
No existe familiar, amigo o conocido que no sea merecedor del escarmiento en caso de contrariar el dogma innegociable.
Anacrónicos, patéticos y contradictorios, están decididos a embestir contra todo aquello que ponga en peligro el triunfo final, que (de producirse) será de unos pocos y ni siquiera los contará entre los festejos.
Pontifican como sabihondos y se oponen rabiosamente a admitir un solo error.
Jamás reconocerán que la pantomima que sostienen y protagonizan se alimenta de un odio absurdo, absolutamente funcional para quienes se aseguraron el botín, aun a costa de dividir a una sociedad sin reflejos y a una oposición política desmembrada y confundida.
Fieles a sus líderes, seguirán en la lucha, a la espera de esa jornada jubilosa que nunca llegará, y que los encontrará abandonados, frustrados y resentidos, intentando el camino de vuelta desde la Sierra Maestra, en medio de los palos de la yerba mate.

martes, 10 de noviembre de 2009

HABLA, HABLA, Y NO PARA DE HABLAR


Habla, habla, y no para de hablar.
Fusilamientos mediáticos, goles secuestrados, plan canje de calefones en cadena nacional.
La pobreza molesta si es televisada. ¿Si no es televisada no existe? Razonamiento poco “cinéfilo”. ¿O tenía razón Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”?
Si se cuestiona la inseguridad, allí subyace una campaña de la derecha.
No se puede hablar de la falta de timón, pues estaríamos frente a una prédica destituyente.
Entonces, ¿todo está genial y no nos damos cuenta?.
“La envidian porque es linda e inteligente”, opina un peleador callejero cuyos elogios son salvavidas de plomo.
¿Envidia? ¿Linda? ¿Inteligente? Mejor, la Gran Coco Basile: “No comments”.
Mientras tanto, habla, habla, y no para de hablar.
¿Incontinencia verbal? ¿Retórica estéril?
Ambas cosas.
Y un aplazo en gramática: “denostan al estado”. Tal vez la intención fue decir “denuestan al estado”. Vieja verdad: los libros no muerden. Y las conjugaciones verbales son implacables.
No hay subtes, la calle es un pandemónium de irascibles conspiradores, en auto o a pie, que desearían embestir furiosamente a quien se le cruce en el camino.
A veces lo consiguen.
No importa.
Hay que reorganizar los partidos políticos, aunque no se sepa qué hacer con los otros partidos “reorganizados”: el Fútbol Para Todos que, según parece, no lo va a pagar ninguno.
Tinelli, Susana y Mirtha opinan y, automáticamente, son descalificados.
Protestan porque tienen plata, dicen.
Lo bueno es que quienes los descalifican no la tienen.
¿O sí?
Los ricos no pueden opinar y a los pobres no hay que mostrarlos por televisión.
La clase media, que es la que queda, se gasta los dedos escribiendo imprecaciones antioficialistas en los foros de la web.
No hay que creerles. Los destituyentes no descansan. Una dosis diaria de “Seis en el siete a las ocho” y otra semanal de “Televisión Registrada”, y ahí verán lo que es bueno para los que, parece, no son tan buenos.
Habla, habla, y no para de hablar.
Y le hace coros uno de los muchachos del elenco estable: denuncia una conspiración desestabilizadora, da nombres y apellidos.
¿Es responsable en este momento crear semejante clima de temor? ¿O habrá que jugarle unos boletos (ojalá que no) a una maniobra maquiavélica y autovictimizante?
El subsidio por hijo (eufemismo que se coloca en lugar de “pobreza”) muestra a los pobres sometidos a la indignidad de la demagogia.
Alguna madre, entonces, se quiebra y llora.
Pero, atención, no hay que creerle: lo hace frente a una cámara de televisión. Los fusiles mediáticos están siempre al acecho.
Muerte, delito, paranoia, incompetencia, irritación social, diarios a domicilio por avión, exabruptos, secretarios enriquecidos, patrimonio sospechoso (y sospechado), corrupción desembozada e intolerable, represión a los “obscenos” desnudistas de la Plaza, un corte por aquí, un piquete por allá.
Algo parecido a la locura.
El “desborde emocional” del entrenador patrio y la jueza discriminadora es contagioso. Y no hay vacuna.
¿Entonces?
Habla, habla, y no para de hablar.
¿Alguien escucha?

lunes, 2 de noviembre de 2009

SALAMES


Muchos tenemos la sensación, por no decir la seguridad, que en esta Argentina campea la injusticia, el miedo y la muerte.
Hace un tiempo, el más mediático de los ministros kirchneristas, Aníbal Fernández, dijo que en el país no existe inseguridad sino “una sensación de inseguridad”.
Lo dijo sin que se le moviera un solo pelo de su inefable bigote. Lo llamativo es que, en una nación seria, pero en la que mueren por día varios ciudadanos víctimas del delito, el ahora Jefe de Gabinete hubiese saltado como una llave térmica ante un exceso de tensión.
En un país serio, puede ser. Pero Fernández siguió, sus amigos del gobierno no lo amonestaron (seguramente hasta lo deben haber felicitado) y el quilmeño lenguaraz continuó con su retórica vacua, primero como Ministro del Interior, luego en la cartera de Justicia y Derechos Humanos, y ahora en la jefatura de Gabinete.
Algo tendría que preocuparnos más: la tolerancia ciudadana ante lo que, por lo menos, puede considerarse un agravio a la inteligencia de los argentinos.
En el círculo kirchnerista justifican las multidesignaciones de Fernández por su lealtad al matrimonio gobernante. ¿Para ejercer un cargo no será necesaria también una pizca de decoro y prudencia?
Este personaje arrogante, altanero y provocador, que trató de “vago” a Mauricio Macri, que cada tanto se trenza dialécticamente con Magdalena Ruiz Guiñazú en la mañana de Radio Continental, tiene la función de hablar en representación de un gobierno silente.
Los Kirchner son tan excéntricos que, primero Néstor y luego Cristina, tuvieron un vocero presidencial, Miguel Núñez, a quien los ciudadanos no le conocen la voz. Es verdad que Núñez renunció a su cargo hace un tiempo, aunque seguramente de haber permanecido como funcionario tampoco hubiese hablado, función primordial en todo el orbe para un vocero presidencial.
La última genialidad de Aníbal F. fue cuando dijo que en el Gobierno de la Ciudad “se están haciendo todos los salames” (mal construida sintácticamente la oración, ministro: lo correcto es decir “todos se están haciendo los salames”), en alusión al problema que enfrenta a la Policía Federal con el poder macrista, interna que tiene el tufillo de estar siendo atizada por el gobierno kirchnerista, al que le espanta la idea de una Policía Metropolitana autónoma.
Todo, en aras de viles y asquerosos intereses políticos. Mientras tanto, se mata, se viola, y se lastima gente en cualquier barrio de cualquier punto del país, sin que nuestros representantes hagan otra cosa que “hacerse los salames”.
No quisiera pensar que en lugar de “salames” pudieran ser cómplices. Sería mucho más grave. Se puede ser cómplice por acción o por omisión, por desidia o por incapacidad.
El reciente paso por el Taj Mahal no parece haber sacudido la sensibilidad presidencial. Cristina Fernández de Kirchner se preocupa más por abrazar en público a Milagro Sala, una suerte de comandante piquetera jujeña, que de prestar atención a la terrible sucesión de muertes que su gobierno errático e ineficaz no es capaz de frenar, y mucho menos de evitar.
Es verdad que los aviones no paran frente a un semáforo donde puede estar agazapada la muerte. Pero suponemos que la Presidenta lee los diarios y ve televisión, aunque se declare “cinéfila”.
Imaginemos que el problema de la inseguridad expone groseramente la falta de ideas y la incapacidad kirchnerista. Sobran ejemplos en el mundo para bucear de qué manera combatir el crimen. Con un poco de humildad e interés por la consulta, pueden avanzarse unos cuantos pasos hacia adelante.
Las cortinas de humo que se arrojan desde el oficialismo para no hacerlo son varias: el supuesto garantismo, la inimputabilidad de los menores o la creciente marginalidad, que alimentan fundamentalmente los gobiernos deshonestos.
Que la gilada se coma esas galletitas, mientras el oficialismo gana tiempo para diseñar la Reforma Política, movida tan imprescindible para la salud de la República como la Ley de Medios.
Señora Presidenta, doctor Kirchner, doctor Fernández: ¿Cuánto vale para ustedes una vida en la Argentina? O, dicho más crudamente: ¿Cuánto les importa a ustedes que muera tanta gente inocente a la que deberían brindarle seguridad? ¿Cómo se califica el accionar de quienes deben proteger a una sociedad y, en cambio, la sumen en la más profunda indefensión?
Y ustedes, provectos miembros de la Justicia, ¿también se “están haciendo los salames”? Si, con semejantes urgencias sociales, para la Suprema Corte de Justicia la prioridad es la despenalización por la tenencia de marihuana para uso personal, estamos en serios problemas.
¿Dónde están los jueces, los fiscales o los abogados, que bien podrían actuar de oficio en cualquiera de estos casos de inseguridad, e incluso exigir al gobierno que custodie la vida de los ciudadanos que solventan sus abultados sueldos?
No, claro. Es mejor “hacerse los salames”, seguir cobrando puntualmente el sueldo, mover algunos papeles de lugar durante la semana, quejarse por la falta de medios y esperar el ansiado día en que llegue la voluminosa jubilación por los servicios prestados a la sociedad.
Será el momento de abandonar el Juzgado, para pasar a disertar en el Colegio de Abogados más cercano a sus domicilios sobre alguna insípida modificación procesal. Ya estarán grandes (y cansados) para hacer lo que no hicieron cuando debieron hacerlo.
La pata de la mesa que falta es la Policía, sobre la que huelgan los comentarios. Un cóctel de incapacidad (nuevamente), corrupción y corporativismo nunca será sano para el cuerpo de una nación.
¿Y la oposición política? La definición de Roberto Pettinato en “Clarín” (disculpen ustedes, compatriotas kirchneristas) del viernes 30 de octubre es exquisita: “Una reflexión: ¿puede ser que tengamos un Gobierno que hace las mil y una para que la oposición se una contra ellos, y así y todo… no lo pueden lograr?
Textos como éste, desde el apolillado ideario kirchnerista (en el caso que existiese) pasará a ser considerado un “panfleto de derecha”, como si la vida humana debiera ser garantizada o defendida según su ideología.
Lo saben, pero prefieren “hacerse los salames”.
Es cierto que había una época en la que quienes se decían de derecha parecían acumular todos los pecados, mientras los que se reconocían de izquierda o de centro-izquierda, ofrecían, por lo menos, una cierta imagen de honestidad y decoro. Hoy, la codicia los unió en matrimonio.
Los hijos de esa pareja deambulan por esta sociedad indefensa, temerosa y a punto de ebullición.